Hacerse odiar no es menos laborioso que hacerse querer.
Por Martín Kohan.
El héroe doliente del tango está tan establecido que ya es difícil distinguirlo de sus habituales estereotipos, si es que no de su caricatura. El primer verso del primer tango cantado, es decir lo primero que en el tango se dijo, lo señala con nitidez: “Percanta que me amuraste / en lo mejor de mi vida”: es el hombre abandonado, víctima de la mala mujer, al empezar “Mi noche triste”. De ahí en más, la secuencia se multiplica hasta hacerse lugar común; en parte por la incomparable amplificación que supone la voz de Gardel, que insistió particularmente con el tópico, desde el “cotorro abandonado” de “La cumparsita” hasta la pena de “Yo no quiero que nadie a mí me diga / que de tu dulce vida tú ya me has arrancado” de “Soledad”, pasando por la sabiduría intermachos de “Tomo y obligo”: “de las mujeres mejor no hay que hablar / todas amigos dan muy mal pago, y hoy mi experiencia lo puede afirmar”. La colección de hombres abandonados por las pérfidas mujeres ocupa un espacio que parece casi total. Aun la posterior aparición del hombre que obra mal en perjuicio de la muchacha buena (el canta “quien te hizo tanto daño”, “sin importarme que eras buena” en “Gricel”) concluye con el resultado consabido: la mujer inalcanzable y perdida, y el hombre gimiente.
Pero en el tango habita otra clase de héroe, que no es ya el habitual héroe-víctima al que han abandonado, ni mucho menos un héroe de la revancha que se adelante a abandonar. Es éste: el que se hace dejar por la mujer. Sabedor a veces críptico de la necesidad perentoria de un desenlace, declina ocuparse él mismo de esa tarea, y la cede a la mujer bajo la forma de consejo. ¿Lo hace por bueno, por cobarde o por perverso? En vez de dejar, se hace dejar. Lo recomienda o hasta lo exige, lo pide o más bien lo provoca. Procede como si descontara que a una mujer no se la abandona sin más; o mejor, con más certeza, que abandonar sin más es asunto de mujer. En vez de lamentar, entonces, las penas de su partida, o antes de ponerse a lamentarlas en todo caso, lo que le encarga es que se aleje. Así como otros, muchos, casi todos, se van a quedar esperando que la mujer regrese, éste se queda esperando lo contrario: que se vaya. Con sufrimiento en un caso y con sufrimiento en el otro.
En este rubro del género se destaca “Confesión”, de Enrique Santos Discépolo. Lo bueno del hombre de “Confesión” consiste en hacerse pasar por malo (se las arregla para que la mujer lo recuerde “como un malvao”), aunque en esa ficción de maldad que por pura bondad se pergeña, al fin de cuentas un trasfondo de maldad verdadera y no fingida existe realmente en el que enuncia (es un fracasado, está en plena caída, va a rodar, ya rodó). Este hombre malo, pero que pasa por bueno, se hace pasar por malo porque es malo de veras; al hacerlo, no obstante, adquiere cierta bondad: no se diga después que el moralismo discepoliano es sencillo y sin torsiones. Este hombre lo que quiere es salvar a la mujer (porque es bueno), pero de lo que quiere salvarla es de sí mismo (porque es malo). Obra entonces como si fuera malo (dispensa crueldad, incluso le pega) para hacer su obra buena, sabiendo “que vivirás mejor / lejos de mí”.
Hacerse odiar no es menos laborioso que hacerse querer, y su resultado retórico no es menos sentimental. Sacrificio y salvación (“¡Nada más que por salvarte!”); sacrificio de sí para salvar a la mujer, sacrificio de la mujer para salvarla de sí: “Porque te quise tanto, tanto que al rodar / para salvarte sólo supe hacerme odiar”. Hacerse odiar, hacerse dejar, duelo paradojal del abandono inducido, ¿qué es lo que confiesa “Confesión”? Probablemente esta asimetría, la de “Fue a conciencia pura que perdí tu amor”, la disparidad irresuelta entre el hombre que sabe todo y la mujer que no.
¿No está en juego esa misma clase de disparidad en “Fuimos”, cuando el hombre insiste en señalar todo aquello que según parece la mujer no comprende? Homero Manzi enumera una lista de perjuicios y salvoconductos (el hombre es malo: perjudica; pero también es bueno: advierte y salva), convenientemente precedido de la sabia aunque sufriente prescripción del abandono: “Vete, ¿no comprendes que te estás matando?”, “¿No comprendes que te estoy salvando?”. La mujer no comprende, hay que explicarle. No se salva, hay que salvarla. Ni atina tampoco a dejar al hombre por sí misma, precisa que el hombre se lo haga hacer. El instructivo tiene su crescendo, y por ende su elocuente dramatismo: “¡No me sigas, ni me llames, ni me beses / ni me llores, ni me quieras más!”. La negación del querer de Manzi es en algún sentido equivalente, pero en otro sentido más dolorosa, que el hacerse odiar de Discépolo. Suspensión, cesación, abstención, renuncia; no produce nada, no activa nada, tan sólo interrumpe, apenas se apaga en el salto tramposo del dejar de hacer al dejar de sentir: de no llamar, no besar, no seguir, a no querer más; como si fuese igualmente accesible disponer sobre una cosa que disponer sobre la otra; como si una decisión de la misma especie fuera capaz de resolver tanto una cosa como la otra.
“No me quieras más”: el hombre que se hace dejar por la mujer, para salvarla y para sufrir, encuentra su lugar en el tango entre las coordenadas de Discépolo y de Manzi, entre otras referencias posibles. Un paso más que se dé, y ya se estará pisando otro territorio: el territorio del bolero. Ese paso fue efectivamente dado, y lo dio Homero Expósito. Proveniente del tango, resuelve ese suplemento convirtiendo el “Vete” de Manzi en “Vete de mí”. El detalle de esa especificación, hablar de uno como si uno fuese un sitio, decir “Vete de mí” como si no bastara solamente con irse, hace al todo de esta tragedia amorosa. Y si hay tragedia es por una sola razón: que es seguro que la mujer obedecerá lo que se le dice.
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Que bueno!!!!! los temas, el analisis, excelente!!
En el mejor de los casos la mujer obedecera, hoy se queda padeciendo.
Cariños, Claudia
¡PAVADITA DE POETAS TIENE EL TANGO!