Estuvimos en El templo de Sharlin, dentro del Centro Cultural Borda, donde todo pende de un hilo.
Por Florencia Parodi. Fotos: flitz.
El término “art brut” se utiliza para describir el arte en estado puro creado fuera de los límites de la cultura oficial. Suena a lejos: “fuera de los límites de la cultura oficial”, pero es cuestión de cuadras, desde la inmensa estación de Constitución. Y una vez en el Borda, sobre la avenida Ramón Carrillo, parece que los límites ya están transpuestos y el neuropsiquiátrico es un mundo particular, hasta con calles internas, nombradas como quienes hace tiempo ayudaron a edificar una forma de contención para los pacientes: Ramón Melgar, por ejemplo, o Pichon-Rivière.
Justamente, el sábado pasado Enrique Pichon-Rivière hubiera cumplido 104 años, así que era una buena ocasión para hacer una muestra de lo que hace un año están creando dentro del Centro Cultural Borda. Organizaron un festival: una exhibición multiartística de pintura, escultura, instalación y música; una mega performance, continua, sin cortes, en la que intervinieron pacientes del hospital y artistas de diferentes disciplinas. El evento se había puesto como objetivo quebrar la barrera entre “el adentro” y “el afuera”, desmitificar los temores sociales y continuar trabajando para la integración del paciente con la sociedad. Y fue bautizado “El templo de Sharlin” por Adrián, un paciente que un día que apareció una periodista coreana en el centro, empezó a gritar “¡El templo de Sharlin!”. Y quedó.
Antes de las 12 del mediodía del sábado eran varios los que esperaban frente a la fachada del centro cultural, un edificio de 1910 al fondo del predio del hospital, donde ya se podían ver algunas manifestaciones de lo que andan haciendo ahí: un árbol pelado con ramas pintadas de colores, de las que colgaban papelitos con deseos escritos en marcador (nada menos que el árbol de los deseos) y una escultura en proceso: la estructura metálica de un gran elefante, que dentro de poco van a cubrir con cemento y pintar, aparentemente en honor al famoso elefante que Banksy pintó de rosa y sumó a una exposición de arte en Los Ángeles.
Nos recibió en la puerta Pedro Cuevas, el director artístico del centro, vestido de traje verde y galera marrón de felpa, con megáfono y antiparras, y se disculpó por la demora: “estamos con un retraso mental que hace que esto vaya a empezar unos minutos después de las 12”. Nos distrajo del frío y de la espera contándonos sobre el art brut, un movimiento que nació en Francia y que ellos llevaron al Borda para seguir explorando la relación entre arte y psiquiatría y “porque el arte está en una etapa de aburrimiento, entonces hay que hacer algo, algo, para despertarlo”. Mientras él hablaba, se asomó por una de las ventanas del primer piso un hombre con un antifaz dorado que empezó a gritar: “Dale, Pedro, basta con el salmo, abrí la puerta”.
El coordinador del centro también se llama Pedro, y fue quien recibió al camión de bomberos en la explanada de la entrada. “Un aplauso para la autobomba por la seguridad”, nos pidió, “ya vamos a abrir”. Él vestía un chaleco con un prendedor de pajarito (con eso se distinguían varios de los partícipes de la muestra: pajaritos en las solapas y pajaritos en la cabeza, además de los mencionados antifaces y los disfraces) y llevaba un manojo de llaves colgado al cuello.
Los dos Pedros junto con el Doctor Daniel Camarero, que es el representante del cuerpo médico en la dirección del centro cultural, extendieron una cinta de las rojas y blancas de “peligro” frente a la puerta y luego invitaron a Javier Karad a cortarla. Karad es un artista argentino que hace 25 años reside en el hospital y tiene más de 5.000 obras en su haber. Lo que inauguraron fue la sala que a partir del sábado lleva su nombre, donde se ubica una selección de esta gran cantidad de pinturas suyas.
Pero no son sólo pinturas suyas. Una vez que la cinta estaba cortada y mientras Cuevas seguía advirtiendo a grito de megáfono: “Cuidado que acá ¡todo es anormal!, ¡todo pende de un hilo!”, tuvimos acceso. Adentro nos encontramos con una sala inmensa enteramente cubierta por cuadros, esculturas, fotos, letreros y banderas que hicieron de ese edificio que había estado abandonado, un ambiente completamente vivo, lleno de colores por donde se lo mire, al que tanto los pacientes como cualquier persona interesada puede acudir. Cuevas asegura que ahí se siente “una energía artística que no se ve en muchos lugares llamados ‘casas de arte’”, y de entrar nada más se puede dar fe. “Con una estética distinta –aclara– a la de esos lugares, sobre todo en cuanto a la pulcritud”. Esta contribución colectiva de obras se consiguió a través de un proyecto que se llama Dadores de arte, que convoca a la participación abierta y libre de artistas y voluntarios de cualquier lugar (dadores de arte de cualquier grupo o factor) con la idea de hacer del Centro Cultural Borda un museo con obras de artistas internos y externos.
Había dos salas más, aparte de la principal. En el sótano esperaban Las catacumbas del Borda, una ambientación multisensorial realizada por el grupo Al Ver Verás con proyecciones visuales, efectos sonoros y performances, se atravesaba un pasillo de humo y haces de luz, y al fondo había una sala en donde se proyectó un documental sobre el trabajo en el C. C. Borda.
Arriba, en el primer piso, habían armado con restos de persianas un laberinto en homenaje a Borges, con algunos de sus poemas y cuentos (uno en el que habla de un laberinto que fue “un escándalo, porque la confusión y la maravilla son operaciones propias de Dios y no de los hombres”) pegados en las paredes y varias instalaciones lumínicas. En una de ellas, en el medio del laberinto, había un muñeco de tamaño real detrás de rejas, vestido como un clérigo, con la cara iluminada.
El recorrido por las distintas salas e instalaciones, en vez de ser un recorrido arrastrado y silencioso como los de museo, fue una fiesta constantemente agitada por los músicos, por los enmascarados, por los pacientes y por Cuevas, que tiraban papel picado y estrellas de origami desde el balcón del primer piso, regalaban globos rosas con helio y pedazos de torta, contaban chistes o hacían trucos de magia en todos los rincones. Se alternaba, entre las cabezas de los invitados, un sombrero con un cartel que decía “Elige tu propia aventura” y en el medio de la sala Karad, un esqueleto de colchón de resortes se ofrecía como un instrumento para “sacudir tu mente” que todos, tarde o temprano, fueron probando. En otra punta del lugar, sobre una mesa, había una urna con un cartel que decía: “deposite sus miedos”, con papel y marcadores a un costado para redactarlos y dejarlos. Ahí quedaron.
Mareados por momentos de trencito o chacarera la misión de quebrar la barrera ente el adentro y el afuera pareció bastante cumplida y la designación entre locos y no locos en El templo de Sharlin se definió aleatoriamente, mediante una repartija de pins negros que decían “soy loco” y pins blancos que decían “no soy loco”. Al que toca, toca. Cada cual se llevó el suyo.



Hermosa nota…me emocionó y seguramente era imposible distinguir a un loco de un cuerdo. Yo pienso que el arte y el juego están intimamente relacionados con la igualdad y paradojicamente con la individualidad. No existe nada más cuerdo que un montón de gente expresando y disfrutando del arte. Tal vez el Borda, no queda adentro del Borda, sino afuera.
La foto del sombrero y las manos levantadas, es simplemente impresionante y maravillosa.
Tenían razón. Muy bueno el equipo de escritura y fotografía Vidal!
Acabo de volver del Borda. La crónica de Parodi, además de bella, es precisa.
Todos somos Borda, aunque no todos tenemos la libertad de dejar nuestros deseos en un árbol.
Un verdadero viaje alucinante. Muy buena nota, Flor.
“nada menos que el árbol de los deseos”! que maravillosa crónica que realizó la periodista (como las de Leila Guerriero), que excelente la experiencia de arte del Borda. “soy loco”, “no soy loco”!!!
Muy buena la nota, Florencia ! y aunque me gustaría creer en eso de “¿dónde estan los locos, adentro o afuera?”, a nadie escapa que así como este exquisito relato de una tarde “artística en el Borda” es sólo una cara de la moneda, la otra, lamentablemente es la residencia del mismísimo infierno.