Un carta escrita en pésimo inglés esconde la causa de un misterioso viaje de Glenn Gould a Buenos Aires.
Por Jorge Consiglio.
En general, los hechos clave de una vida pasan desapercibidos. Después, el azar y el tiempo, o mejor el azar en el tiempo, hacen el resto. Mi abuelo tenía una carpintería en la calle Argerich. Trabajaban con él cinco personas. Era un galpón enorme en el fondo de una propiedad horizontal. Además, había un cuartito en el que el viejo y un ebanista se pasaban meses enteros dibujando la madera. Usaban gubias que guardaban en un estuche forrado de franela. Se metían ahí y se eclipsaba el mundo. La atención del artesano lleva a un estado parecido al de la meditación del zen. Mi abuelo y el ebanista permanecían arrobados contemplando un trazo, olvidados de sí mismos, hasta que la última luz del día imponía el descanso. Mis padres y yo vivíamos en un departamentito a un costado del taller. Me crié alterado por el ruido de la sierra.
La carpintería tenía clientes chicos; aunque de vez en cuando una familia aristocrática o la embajada de Canadá encargaban algún trabajo. Una vez, recuerdo que el viejo diseñó el marco de una bañadera para Victoria Ocampo. Yo tendría seis años. Obviamente no sabía quién era la escritora cuando mi familia hablaba de ella. En otra oportunidad, llamaron a mi abuelo de la embajada de Canadá. Le pidieron que se reservara la tarde para ellos. Iban a llegar a las 15 con un encargo. Dijeron que sería un trabajo simple pero de alta precisión. A la hora anunciada se detuvo en Argerich un auto largo con patente diplomática. Era un día helado de julio de 1970. Bajaron cuatro tipos con sobretodo. El más alto -tenía cara angulosa, pelo escaso y ojos quemados por la obsesión- cargaba una sillita desvencijada. No hablaba castellano. Tenía la voz oscura y potente. A través de un intérprete le pidió al viejo que encolara la silla. Esperó parado en el cuarto chico. Mi abuela le sirvió un té del que tomó un sorbo. Después nos enteramos de que era un pianista, una especie de genio, cuyo apellido, en aquel momento, me resultó rarísimo. Años más tarde, ese hombre se convertiría para mí en uno de los músicos más enormes de la historia: Glenn Gould.
Tengo un amigo que trabaja como chelista en la Orquesta Estable del Teatro Colón. Compartimos muchas pasiones, pero creo que la que más valoramos es la de reunirnos a comer con vino y charla de por medio. De pura casualidad, hace un mes lo vi tocando en la calle junto con la Orquesta: era una protesta gremial. Se sorprendió cuando salí de entre el público a saludarlo. Le prepuse ir a comer a Pipo. En total fuimos cuatro: se engancharon los dos primeros violines. En la sobremesa, los músicos se pusieron hablar sobre instrumentos. Discutieron sobre marcas; mencionaron los pianos Steinway. A propósito de ese dato, hice la relación: conté el episodio de Gould con mi abuelo. Antes de que terminara de hablar, uno de los violistas me preguntó si tenía idea acerca de qué había venido a hacer Glenn Gould a Buenos Aires. Todos sabíamos que jamás había ofrecido conciertos en nuestra tierra. Negué con un gesto. El tipo dijo que sabía algo de esa visita secreta y que el dato que le acababa de dar le servía para confirmar, por lo menos, que el pianista había pasado por aquí en julio de 1970. Después contó que el representante de Gould había recibido una carta tan estrafalaria, escrita en pésimo inglés, que en vez de tirarla se la pasó al pianista. Imaginó que Glenn se reiría un rato antes de arrojarla al tacho, pero sucedió lo contrario: le dedicó una atención extraordinaria. Al día siguiente Gould anunció su viaje a la Argentina. La carta la había escrito un poeta que llevaba internado varios años en el Hospital Psiquiátrico J. T. Borda. Se llamaba Jacobo Fijman. El pianista estuvo menos de una semana en Buenos Aires, lo suficiente para lograr su cometido. Permaneció una hora y cuarto reunido con Fijman en el despacho del director del Borda. El poeta estaba completamente quemado por los electroshocks y sufría ataques terribles de tos; sin embargo, la reunión fue iluminadora para Gould, por lo menos así se lo dijo a Fijman cuando se despidieron. Después de su fugaz estadía en Buenos Aires, Gould realizó sus documentales contrapuntísticos para radio, pequeños tramados esquizofrénicos de voces, música y efectos de sonido. Nadie puede asegurar que su charla con Jacobo Fijman tuviera relación con esto.
El violinista terminó uniendo cabos sueltos con una copa en la mano. Yo me quedé con la imagen de los dos hombres reunidos en un despacho del Borda. Más tarde me enteré de que Fijman murió en diciembre de ese mismo año. Sufrió un edema pulmonar agudo. Lo velaron en la SADE. No sé si será un mito, pero los que lo conocieron aseguran que silbando podía imitar a casi todos los pájaros.
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Excelente relato