Una lectura sobre el ensayo del historiador Niall Ferguson que compone una historia virtual entre 1646 y 1989.
Por Guillermo Belcore.
Básicamente (y no se tome este juicio sino como una rudimentaria simplificación), el abordaje de la Historia ha atravesado tres grandes momentos: el estudio de los acontecimientos, el análisis estructural y la indeterminación histórica. Este último paradigma –revisionista y útil pues nos inmuniza frente a cualquier tipo de determinismo racial, socialista o religioso– engendró brillantes ejercicios de imaginación razonada, por lo que nada cuesta emparentarlo tanto con las teorías de la relatividad y del caos como con esa rama de la literatura fantástica que nunca me cansaré de elogiar, la ucronía (Véase en este blog ‘El asesinato de la reina Virgen‘).
Naturalmente, el indeterminismo histórico ha sido tachado de “posmoderno” por aquéllos adoradores del dogma, que todavía existen, claro. Se trata de pensar en términos de contrafactuales, aplicar lo que Robert Musil llamaba “el sentido de la posibilidad”. “El historiador –escribió Johan Huizinga– tiene que situarse constantemente en un punto del pasado en el que los factores conocidos parezcan permitir resultados diversos. Si escribe sobre Salamina, tiene que hacerlo como si fuera aún posible una victoria persa; si escribe del golpe de Estado del 18 Brumario debe ser aún incierto que Napoleón vaya a ser ignominiosamente rechazado”.
¿No es lo que hacemos todos cuando exploramos con un dejo de nostalgia nuestro pasado? ¿Qué hubiera ocurrido si no me casaba? ¿O si cambiaba de empleo en el ‘94? Hoy vengo a recomendar una obra fundamental de esta corriente de pensamiento que combina rigor histórico con talento narrativo. Días pasados estuve releyendo ‘Historia virtual… ¿Qué hubiera pasado si…’ (Taurus, 1998, 458 páginas) y corroboré que el libro no ha perdido la magia.
El volumen incluye una introducción esclarecedora de Niall Ferguson, historiador de Oxford, y diez preguntas hipotéticas que otros tantos eruditos intenta responder: ¿Y si no hubiera habido guerra de independencia de Estados Unidos? ¿Y si España no hubiera tenido guerra civil? ¿Y si JFK no hubiese sido asesinado? ¿Y si Hitler hubiera invadido Gran Bretaña? ¿Y si hubiera derrotado a la Unión Soviética? La Argentina no queda fuera del juego. Juan Carlos Torre medita sobre lo que hubiese ocurrido en nuestro país si fracasaba el 17 de octubre. Fascinante, ¿verdad?
El mundo que no fue
El último ensayo del libro, creo, tiene valor literario. Niall Ferguson compone una ingeniosa historia virtual entre 1646 y 1989. Es una reflexión, en primera persona, sobre el colapso de Occidente en 1989-1990, a pocos años del 300 aniversario de la llegada de los Estuardo al trono de Inglaterra. Advierte, de entrada, que nunca debemos subestimar la acción de la contigencia, del azar; de lo que los matemáticos llaman “comportamiento estocástico”.
Es posible, conjetura, que una acción menos decidida de los británicos en América del Norte a fines del siglo XVIII o el mantenimiento de los detestados impuestos hubiera desembocado en una guerra planetaria a gran escala. Aunque parezca fantasioso imaginarlo, Inglaterra pudo haber perdido las colonias americanas. Lo mismo con Francia: sin las reformas financieras de Luis XVI y el aumento del nivel de vida gracias a la rápida industrialización y al comercio trasatlántico con Canadá y Luisiana el descontento social podría haber conducido al derrumbe de la monarquía borbónica. De todos modos, lo que más impresionó a los hombres del pasado fue el renacer religioso que provocó en Francia y España brotes de anticlericalismo violento e incluso iconoclastia (un hecho repetido en Rusia en 1905 y 1917); mientras en Europa Central el profeta milenarista Karl Marx atraía a un número considerable de seguidores con sus predicciones sobre un Apocalipsis cercano. Marx fue, claro está, encarcelado en Mainz en 1847 y pocos de sus escritos han llegado hasta nosotros. Pero influyo directamente en una legión de imitadores rusos, entre ellos el sacerdote ortodoxo Vladimir Ulianov, desemascarado como espía alemán y fusilado en 1917. El enfrentamiento clásico del siglo XIX entre centralistas y particularistas desembocó en una guerra civil en la América británica. A raíz de la victoria de Lee en Gettysburg, los estados del Norte (presionados por el gobierno imperial de Londres) debieron aceptar un compromiso: emancipación oficial de los esclavos negros pero sin ningún derecho político. El poder del virrey Abraham Lincoln quedó deshilachado y la Norteamerica posbélica fue dividiéndose cada vez más en Norte y Sur, como Irlanda.
La era de los reformas no sólo reforzó a los Habsburgo que bajo la égida de Francisco José de Viena lograron conformar un imperio alemán desde Lombardía hasta el Mar del Norte (aunque su poder dentro de los estados principales era como el poder británico en América más teórico que real) sino que convirtió al patriotismo -el sentimiento de lealtad hacia el propio reino histórico- en el principal motor de las conductas. Los pocos intelectuales que defendieron lealtades “nacionales”, alternativas basadas en la lengua y la cultura, pasaron inadvertidos. Pero también el patriotismo fue una de las causas de la primera gran guerra del siglo XX, que hoy se considera inevitable por el expansionismo francés y ruso y el sentimiento de peligro del Reich. Como se sabe, Gran Bretaña quedó al margen y el triunfo alemán en 1915 permitió la creación de una Unión Europea con el Imperio Alemán, Bélgica, Holanda, Piamonte, Francia y Suecia.
Felizmente, la catástrofe económica de una guerra prolongada no se hizo realidad. La llegada del joven economista John Maynard Keynes al Banco de Inglaterra resultó providencial, pero la victoria militar cambio a Alemania. El eje de poder se desplazó de la monarquía y la burocracia hacia los partidos políticos. Así llegó al poder el demagogo austríaco Adolf Hitler del Partido Nórdico Centralista Germano (NZDAP). El reto alemán tomo desprevenidos a los angloamericanos. Nadie esperaba la invasión a Gran Bretaña que siguió a la ocupación alemana de París en 1940. Con Churchill exiliado en Nueva York, la capital del Norte, las colonias angloamericanas ni siquiera se mosquearon cuando el Imperio Japonés se apoderó de India, Birmania, Malasia y Singapur. Hubiera sido peor si hubiesen bombardeado Pearl Harbor, afirmaba a los suyos el primer ministro del Norte, Franklin Delano Roosevelt. El del Sur, Huey Long abogó por el aislacionismo… La Segunda Guerra Europea, no obstante, se definió en el Este, después de que un sacerdote de origen georgiano, Josef Yugachvili, se alzara con el poder en Moscovia tras el derrocamiento de los zares en 1943. Otros historiadores creen que lo que realmente perdió al Tercer Reich fue la muerte de Hitler el 20 de julio de 1944, a causa de una bomba colocada en un cuartel de Prusia Oriental. Los alemanes estaban hartos de guerrear y ni siquiera la explosión nuclear en Volvogrado logró frenar la invasión rusa a Europa occidental. El desastroso desembarco angloamericano en Normandía en 1951 selló la historia reciente. Desde aquel momento, toda Europa, con la excepción de París (que Yugachvili dividió magnánimente en zona Oriental y Occidental) quedó la bajó la órbita de la teocracia rusa…
La hipótesis que defiende Ferguson es que el mundo no está ordenado por la divinidad, ni gobernado por la Razón, la lucha de clases o cualquier otra ley de acero. Lo único que podemos decir con certeza es que está condenado a un progresivo desorden por entropía. Me resulta muy dificil refutarla. ¿A ustedes no? Miren a su alrededor.
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