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Sólo nos queda el coraje

25-10-2011 |

Sobre Sascha, de Alina Bronsky.

Por Carmen Cáceres.

Eso que se ve en la imagen es la ceniza de un cigarrillo. Eso, en el centro de la foto, es el efecto colateral de algo que tuvo otra forma y que se consumió en un hecho ajeno: la ceniza es el resto del incendio.  Bueno, eso que se ve en la foto es exactamente lo opuesto a la novela de la ruso-alemana Alina Bronsky. La protagonista, Sascha, tiene diecisiete años y también pudo consumirse en un hecho ajeno: el momento en que su padrastro decidió acribillar a su madre en el living de la casa. Pudo quedarse ahí pero, a diferencia de las cenizas, Sascha no languidece sobre una superficie de plástico ni se desarma al tacto porque ella es ese tipo de personas que nacieron para devorarse el mundo. Soy mi propio hombre, dice primero. Soy mi propia hermana mayor, un poco después. Soy mi propio amo. Y hacia el final: Sascha no se arrastra.

 

Hace dos años Vadim, un ex combatiente ruso que estuvo casado con su madre, decidió llenarla de plomo frente a los hijos. Desde ese día Sascha sólo tiene dos sueños: escribir un libro sobre su madre y matar a Vadim. Del primero no hay mucho que decir, se podría pensar que es el libro que tenemos entre manos. El segundo, en cambio, es el motor de la novela, el espejo de todas las acciones de Sascha. No importa cómo –sus planes para asesinarlo son bastante cinematográficas e inverosímiles– sino que se trate de una muerte cruel. Varias veces al día miro la foto de Vadim, me da un morbo del que ya no puedo prescindir.

Pero Vadim está en la cárcel y Sascha se toma este tiempo como un período de gestación, la educación sentimental de la asesina sin escrúpulos. Se debe preparar para el momento en que reviente el cráneo de Vadim a pedradas, el momento en que lo envenene y entonces él se destripe vomitando o el momento en que lo cague a tiros y se desangre en el mismo living de la casa. Sascha se prepara con pequeños actos. Cuando se acuesta con algunos hombres, cuando desafía al matón del barrio o cuando se deja atropellar por un taxi: todo sirve a la misma causa. Bueno, no todo, porque de repente aparece el amor y, frente a él, Sascha se desarticula: el amor, en última instancia, es inútil. Se enamora de Volker, un hombre mayor, aunque es a su hijo a quien desvirga. Pero cuando piensa en Volker, Sascha siente que su nombre es la palabra más dolorosa del mundo y “te amo” las palabras más tristes.

 

saschaLa tapa de Sascha es una ilustración que la artista Isol hizo por encargo (Me gusta este tipo de encargos que se salen de lo usual… me gusta también la línea editorial independiente de Blatt & Ríos. El libro es ácido, frontal y con un humor muy particular, todo un descubrimiento, dice ella en su blog).

Y es cierto, la edición de Blatt & Ríos es cuidada. La traducción es de Nicolás Gelormini y la publicación fue subsidiada por el Goethe Institut (¿en qué momento, en nuestro itinerario como lectores, empezamos a fijarnos en estas cosas?). Hay un pequeño gesto que resulta destacable: la brevísima reseña biográfica no está en la contraportada ni en la contratapa (la vida del escritor como un elemento más del marketing) sino detrás de la primera hoja del libro, es decir: adentro del libro. La autora ha quedado relegada a un segundo plano y de ella tenemos sólo algunas coordenadas esenciales de tiempo y espacio. Me gusta pensar que desde Blatt & Ríos eligieron esta ubicación como un postulado: sabrás poco del autor, para todo lo demás existe wikipedia. Porque en verdad resulta suficiente con enterarnos que Alina Bronsky nació en Rusia en 1978 y con saber que vive en Alemania desde los trece. Otro dato relevante podría ser –podría ser, repito, porque no estoy del todo convencida– el hecho de que Sascha sea la primera novela de la autora (lo cual cierra por todos lados, conociendo la devoradora inquietud por primeras obras de Damián Ríos).

La novela no tiene capítulos ni separaciones. El aire no está en la maquetación sino en las pocas escenas en las que Sascha se permite bajar la intensidad de su búsqueda, tal vez en algunas escenas junto a los hermanos o cuando el cuerpo le dice basta: de pronto me devora una enorme nada negra y piadosa, y ya no sueño con nada.  El resto es humor y voracidad: también el recuerdo, también el sexo, también el futuro.

 

Toda gran ciudad organiza metódicamente a sus colectividades. Los rusos del postcomunismo que viven en Frankfurt resisten al alemán en el Solitario, un edificio que huele a la melancolía del exiliado. Sascha odia el Solitario y casi todos en el Solitario odian a Sascha. Pero a ella no le importa porque son todos rusos, es decir: son mujeres que sólo quieren conseguir un hombre y hombres que sólo quieren beber e insultar a las mujeres, hombres que sólo pueden optar entre la brutalidad y la estupidez. Pero hay un punto en el que Sascha no es diferente a ellos y es en la violencia, en la intimidación como un modo de entrar al mundo. La falta de miedo es su arma más potente. Todos temen la lucidez y la indiferencia de Sascha frente al peligro.  Necesito algo más fuerte. Quiero sentir algo. Ahora, piensa ella justo un instante antes de dejarse atropellar por un taxi.

 

A estas alturas no hace falta reconocer –de nuevo– que los lectores argentinos consumimos toda la narrativa contemporánea local y las novedades traducidas del inglés. Si se publican piezas de autores latinoamericanos se trata de escritores ya legitimados en editoriales de afuera. En este contexto la entrada de una narradora rusa –y encima joven– se vuelve una jugada doblemente interesante: nos permite saber qué se está escribiendo en las antípodas de nuestra lengua y nos permite descubrir que, en definitiva, eso que se escribe también tiene una intensidad estimulante.

La novela no intenta exorcizar las cenizas, no expone los restos de un incendio, aunque su efecto sea un humo que se impregna adentro, algo como un ritmo cardíaco inmanejable. O, en palabras de Bolaño: la pinche abstracción de lo que queda.

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One Response to “Sólo nos queda el coraje”

  1. ClaudiaG says:

    Pinta interesante el libro, linda reseña.

    Saludos, Claudia

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