La nueva nueva narrativa argentina

06-12-2011 | , ,

El martes pasado se cerró el ciclo ¿Cómo fue que llegamos hasta aquí? con un panel integrado por Carolina Sborovsky, Matías Capelli,  Javier Sinay y la moderación de Patricio Zunini.

Desgrabación: Gastón Fernández.

Carolina Sborovsky, Matías Capelli y Javier Sinay fueron los invitados al último encuentro del ciclo Cómo fue que llegamos hasta aquí en el que pasamos revista a la literatura de 2011. Cada uno de ellos —desde su rol de editora, escritor y periodista, respectivamente— hablaron de intereses y búsquedas personales, y se permitieron hacer algunas generalizaciones acerca de los intereses y búsquedas de los escritores de su generación.

¿Cuáles son las temáticas que se abordan entre los escritores jóvenes?

Matías Capelli: Empiezo diciendo que me cuesta bastante pensar sobre algo en el momento en el que sucede. Me cuesta pensar en generaciones o en grupos armados a partir de una proximidad en la fecha de nacimiento. Puedo hablar sobre lo que se está escribiendo, pero no hacer estos recortes tan transversales. De hecho uno va construyendo sus afinidades y sus gustos. Un poco, obviamente, se puede sentir identificado con alguien que tiene más o menos la edad o que empezó a escribir al mismo tiempo, pero me parece que después uno lo va armando. No sé si existe una afinidad generacional o si es posible detectarla en este momento.

Carolina Sborovsky: No sé si como cuestión tópica a nivel temático. Aunque —siempre  dentro del orden de la opinión—hay un deslizamiento en el registro o en el tono. Por ejemplo, hay una cierta recurrencia que noto en los de 35 para abajo. Como una tirria a cualquier cosa que pueda sonar solemne o declamativa o declarativa o una aseveración demasiado manifiesta. Quizás una cuestión de registro o de tono. El nuevo prurito es no ser ampuloso, solemne.

Javier Sinay: Creo que estamos buscando maneras de organizar nuestros relatos. Los que hacemos periodismo o crónicas, más que temas, buscamos personajes: no hacer una historia de muchas voces que nos muestre un campo sino tratar de encontrar una sola voz que sea lo suficientemente variada, variopinta y atractiva. Estamos en busca de nombres particulares, de personajes. Ni siquiera famosos: personas que sirvan para contar una buena historia. Incluso después pueden ir cinco historias empaquetadas en un libro. Pero estoy pensando en los cronistas y en los libros que leí últimamente y todos tienen personajes fuertes. Incluso nuestros referentes bajan también esa línea.

Javier habla de referentes: ¿con quién se sienten identificados o formando parte de una misma estética?

Matías Capelli: Me gusta lo que escribe Oliverio Coelho. Técnicamente podríamos discutir si es de mi generación o no, porque es un escritor con una obra mucho más desarrollada y con muchos libros publicados aunque tenga solo 5, 6 años más que yo. Entonces el tema de la edad es engañoso. Hay escritores amigos o conocidos que publicaron muy poco y que sí los considero como referentes, pero de mi misma generación no se me ocurren. ¿Referentes o gente que sentimos a la par?

Referentes en el sentido que la utilizó Javier, personas relevantes de una generación anterior.

Matías Capelli: A Coelho lo considero como un referente cercano, alguien con quien incluso puedo discutir sobre lo que estoy escribiendo o hablar de literatura. No es un referente de otra generación al que admirar o rechazar. Después, hay dos personas más grandes: José Brindisi y Mariano Dupont, que son escritores por quienes tengo admiración.

Carolina Sborovsky: De mi propia generación, Hernán Vanoli es un escritor deslumbrante. Por lo que hace, por cómo piensa el campo literario. Siempre me genera ganas de discutirle o, en el mejor de los casos, leerlo me da ganas de escribir. Tiene una idea y está repensando todo el tiempo lo literario, el campo literario. Me parece súper valioso. Aunque jamás podría escribir ni aproximarme a hacer algo como lo que hace Hernán. También es referente Mariana Enriquez, que tiene un folklorismo punk o una siesta densa como atmosfera que –quizás por mi propia biografía– también me genera muchas ganas de escribir. De otra generación, María Moreno me parece impecable, con párrafos que te hacen bajar la vista y quedarte rumiando. Link, por más que uno pueda discutir con la idea que él tiene sobre lo literario me genera lo mismo y me genera como mucha sensación de libertad. Y Fogwill, para nuestra generación, es un referente ineludible. Me parece que nuestra generación pelea más con la libertad de Aira antes que la asfixia que podría haberle dado Borges para la generación anterior.
Después hay gente que tiene la suerte o la desgracia de hacerse conocido a partir de una primera novela. Pienso en Carlos Busqued, porque su novela es genial, pero también digo “pobre, la expectativa que se genera”. No sé si no te paso eso a vos Matías con Frío en Alaska que a mí me encantó, me pareció deslumbrante. Pero también dije: “este pobre pibe que va a hacer después”. [Risas]

Javier Sinay: Hace poco habla con alguien que venía de Francia y le contaba la sensación de que somos muchos. Cada uno arma su afinidad o su recorte, para qué lado se siente más o menos afín, pero hay una cantidad de nombres, de libros y de estilos dando vueltas que hace diez años no estaban. Seguramente había tanta gente escribiendo como ahora pero estoy seguro de que no pasaba esto de citar gente que por ahí publicó dos libros o que no publicó pero de quien ya tenés una idea.

Matías Capelli: Hace poco leía el prólogo de Matilde Sánchez cuando reeditó su primera novela. Ella decía que en esa época no había un mercado esperando descubrir nuevas voces. El escritor joven era un paria en el mundo de las editoriales. Ahora, mal que mal, está ese nicho o ese lugar. Cualquier editorial, desde Mondadori hasta cualquier editorial hecha a pulmón, está interesada en apostar a descubrir gente inédita o desconocida. Eso cambió mucho. Para no poner la coyuntura del 2001 que por ahí estaba todo parado, a fines de los ’80 por más que se editaba mucho había que pagar un derecho de piso como para publicar un primer libro que hoy por suerte no existe.

Javier Sinay: También tiene que ver internet. Porque por ejemplo Mavrakis tiene toda su obra en internet. Antes había una literatura underground, una producción underground pero había que ir a buscarla. Con internet está ahí, se te mete con las redes sociales. Eso facilita que nos conozcamos, que un nombre nos suene sin saber bien qué hace.

Matías Capelli: También tiene su contra, sobre todo en términos literarios. Hay cierta maduración, o maceración, que es importante para un libro e incluso para uno como escritor. Al publicar hay una visibilidad. Imaginate a Busqued con 26 años publicando la novela y es un hitazo, gana plata y demás, ¿cómo sigue? Uno tiene la sensación de que pasa mucho pero no sé si se está escribiendo mejor literatura argentina que en los ’90 o en los ’80.

Carolina Sborovsky: Hay una idea de que ser joven garpa. Para bien y para mal, es una etiqueta del marketing. Yo noto que quedó una generación sándwich desde los 45 años a los 50 y algo que quedaron en banda. No pueden subirse a la ola de la nueva narrativa que también llegó por las antologías de Mondadori que llegaron a un público un poco más ampliado. Me parece que hay una falsa frescura que se espera y que a veces respondemos desde nuestra generación que yo revisaría. Como si por poner una digresión o porque no sea todo pura trama o quizás poner léxico guarro…

Matías Capelli: Esto que decías al principio de huirle a todo lo que suene medio literario.

Carolina Sborovsky: Sí: como la idea de lo literario que excluya cierta reflexión o cierta articulación en la frase. Una idea falsa. En todo caso noto eso que hablamos en la presentación del libro de Elsa Drucaroff de los puentes intergeneracionales quebrados. Hay chicos de menos de 30 que prácticamente no leen lo que se produjo antes del 2000. Es un nuevo rasgo. Quizás lo de ahora está buenísimo, pero que hay que ver qué lado B trae. La escena literaria se volvió divertida y entonces hay un montón de ciclos, todos nos leemos, en internet todo es rápido, está la chicana del twitter. Repito: es interesante lo que está pasando ahora, pero hay que ver qué lazo tiene o qué dialogo posible hay.

Javier Sinay: Otro elemento que aparece en los blogs, entendidos como medio para publicar textos, es la respuesta instantánea. Cuando uno escribe periodismo hay una respuesta o un feedback. Después cuando estás escribiendo un cuento o una novela no está esta respuesta instantánea. Entonces publicás en internet un poema, lo subiste a facebook y ya está, tuviste 85 me gusta y estás re contento. Y probablemente quemaste un texto que requería corrección, tiempo, lecturas de gente cercana. Para bien y para mal, todo eso termina afectando la producción. Yo creo que un buen uso que puede darse a eso es el trabajo en progreso: poner una versión acá, otra versión allá. Mostrarlo pero no quedarse con los me gusta de facebook. Yo hice algo así con una nota, es un buen uso de la prueba. La respuesta inmediata, los 10 comentarios que tenés enseguida, eso altera un poco la psiquis del escritor.

¿Los libera, los quita tensión, el saber que todas las semanas, por su trabajo como periodistas, van a publicar un texto?

Matías Capelli: Cuando empecé a trabajar creo que sí. Incluso te permite hablar con un escritor, que si no fuera por tu trabajo sería más difícil. Después, son registros distintos, no compiten. Pero solamente por saber que vas a ver tu nombre publicado te quita ansiedad. Después, una vez que lo cumplís, pasa a ser algo secundario.

Carolina Sborovsky: Como todo es tan ansioso y tan veloz, también es más ansioso el efecto de lo que publicás.¿Qué es publicar? ¿Sacar un libro en papel? ¿Hacer como si fuese folletín por entregas vía la web? ¿Que te repliquen tu nota? Yo necesito ser medio anfibia. Estoy todo el tiempo con el 2.0 en la vena, conectada directamente, pero también necesito, como decía Matías, la maceración. Me sirve como para hacer acopio, como si fuese un laboratorio. Sacás una ideíta, un tono, un algo que puede llegar a ensancharse. Pero como la idea de obra, así sea un cuento, así sea un poema, necesita otra aclimatación.

Javier Sinay: Yo soy básicamente periodista y todo lo que escribo es para publicar. Grande o chico, todo es para publicar. En este momento tengo un solo texto sin publicar y disfruto mucho de este asunto de poder trabajarlo, de que nadie me apure. Es mi texto mimado, pero supongo que si empiezo a tener muchos textos sin publicar me voy a sentir mal. No porque sean buenos, sino por un automatismo. Por ahí es un mal acostumbramiento a que hay que publicar todo porque sí.

Javier, ¿tenés algún proyecto no periodístico?

Javier Sinay: Escribí una novelita porque me la pidieron. Y, a pesar de que me divertí, no sentí que fuera algo que quisiera repetir. Me gusta la no ficción. Ahora estoy preparando un libro y cuando lo entregue me gustaría seguir preparando cosas. Me gusta el tema de los proyectos de trabajar un tema a largo plazo. Pero siempre de no ficción.

Matías Capelli: Me preguntaba cómo es cuando estás con un pie en el periodismo y otro en la literatura. No es mi caso, porque hago entrevistas o reseñas. Pero me imagino que por ejemplo tenés un personaje que está buenísimo o una situación que está buenísima o un mundo al que accediste y decís: “¿qué hago: una ficción o una crónica?” Debe ser muy difícil para la gente que está en un pie en las dos cosas.

Javier Sinay: Supongo que si estás con un pie en cada lugar se deben abrir más puertas también. Más posibilidades. Me pasa que si aparece algo que me gusta mucho me lo quedo para hacerlo mío, para trabajarlo, pero no me tienta la ficción.

¿Qué importancia tiene el papel del editor en la publicación final?

Matías Capelli: El hecho de que haya muchos canales para publicar, o para autopublicar en el caso de que un editor no desee publicar lo que escribiste, en última instancia ponen en jaque la figura del editor como el intermediario entre el lector y el escritor. Sería una pena que se perdiera porque uno tiene la idea romántica del escritor, pero muchas de las obras se construyeron en ese diálogo entre el escritor y el editor. El editor es el que ordena o el que decide. Las grandes editoriales se fueron armando porque había una cabeza atrás. Me parece súper importante. En ese sentido siento que tuve mucha suerte porque los dos libros que publiqué los hice con la editora con la que tenía una relación de confianza. Creo que no es tan común hoy en día saber que a alguien le gusta lo que hacés pero a su vez te puede hacer comentarios, te puede exigir. Hay una negociación simbólica con el editor que está buenísima. Tiene que ver con una confianza de los dos lados, con saber aceptar que te digan cosas y por otro lado tomarse el trabajo de leer y no decir sí o no. Dejando de lado el orgullo, si el tipo te está diciendo algo no porque se le cantó o por un capricho, siempre es bueno.

Carolina Sborovsky: A veces se habla como si fuesen sinónimos publicar tal texto en internet o publicar este libro. Lo que esa persona está llamando libro, yo lo llamaría texto. Más allá del soporte digital o en papel, la instancia de la edición y la figura del editor que acompaña y está atrás pensando en el libro como entidad es lo que diferencia un texto de un libro. Eso es fundamental. Puede ser un pdf o cualquier formato. Tiene que ver con lo que decía Matías de que ahora hay una idea romántica del escritor. También es un gran cambio que nuestra generación vivió y creció con ese ecosistema donde se sabe que es tan participativo que quizás la única instancia de soledad sea la escritura. Y hasta por ahí nomás, porque esta generación también está muy habituada a los talleres.
El proceso de la edición es totalmente compartido. Me gusta pensar –como dijo una amiga- que la literatura se hace a varias manos. También es un cambio de nuestra generación que los editores también escriben y tomaron el rol. Por ejemplo, Damián Ríos es un editor del que copié y aprendí un montón en este doble juego. A veces no sé sabe que es cada rol y está buenísimo.

Javier Sinay: La importancia del editor es tal que se transforma en un alter ego del escritor. Conoce la obra tan bien como el escritor y a veces el escritor no tiene con quién charlarlo si dejamos de lado las voces efímeras de la red o si no quiere abrir tanto el juego. Descomprime la ansiedad del escritor. Un buen editor hace brillar al escritor, es muy importante. Por otro lado, no todos los editores son buenos. Conocí algunos burócratas que son un castigo. Son lo peor que le puede pasar al escritor o al periodista.

Carolina Sborovsky: ¿Viste cuando a los médicos les dicen que si se salva el paciente lo salvó Dios y si los salvó el médico todos se olvidan? A veces con los editores es lo mismo: si sale bien el texto es todo mérito del autor y si no es culpa del editor. No es para justificar ni hacer virtud de la necesidad pero a veces hay una expectativa desmedida. A veces cae gente que decidió no publicar en una editorial grande pero espera las mismas cosas. En general, está bueno tener claro en ambos lados del mostrador: por qué alguien quiere publicar y por qué quiere hacerlo por ese medio y no por otro.

Matías Capelli: Ahora está mucho más potenciada la figura del autor: está lleno de escritores. La figura del editor es la del que está en las sombras, el que no se lleva el crédito ni los quince minutos de fama, pero es el que va armando en una casa o en una editorial el catálogo o, en el caso de un medio, un criterio periodístico. Es la figura que más en jaque está ahora porque en un momento era el intermediario necesario y hoy un poco lo deja de ser. Por un lado está bueno, pero por otro lado es un poco preocupante. Es una figura que en las sombras es bastante importante.

Carolina, ¿cuáles son, si tuvieses una lista, los criterios que dejan un texto fuera de la publicación?

Carolina Sborovsky: Excluyo las cuestiones materiales, cuando me encantaría hacer algo pero no tengo los medios para poder hacerlo. Ya queda el 50% de los motivos. Cuando se ve la ansiedad de algo que no está terminado. Es muy fácil rechazar algo en lo que uno no ve un autor atrás. También en donde hay destellos interesantes pero le falta para ser un libro, para ser un texto y que lo que le falta no es algo que se pueda trabajar en el editing. La ansiedad es quizás lo más complicado, porque uno ve que hay hallazgos o que alguien partió de una premisa que está muy interesante o que genera muchas ganas pero que le falta macerar. A veces en la entrevista con el autor uno se da cuenta de que él no quiere trabajar la edición o que tiene expectativas que uno no va a poder cumplir. Los textos perezosos: esto lo podemos discutir, pero me parece que otro rasgo de nuestra generación es que crecimos con los talleres y ahora es fácil escribir correcto. Es fácil escribir bien, hay una trama que funciona, hay cierto punto de giro, hay personajes, una situación más o menos seductora. Pero en ese texto no pasa nada, no dice nada, no hay un acontecimiento, no hay una mirada. Esa es la diferencia entre lo correcto y cierto acontecimiento estético más allá de que sea literario. Nuestra generación tiene muy a mano los criterios para escribir correcto, está lleno de consejos. A mí me interesa trabajar más en edición gente que tiene una mirada alucinante, eso es intransferible. Entonces quizás hay ciertas desprolijidades pero es genial, se lo trabaja, la correctora se va divertir un buen rato, se van a pelear, va a estar perfecto.

Matías Capelli: Durante varios años trabajé como lector de premios. Fue como una universidad acelerada por la negativa. Como decía Carolina, es enorme la cantidad de cosas que no están ni mal ni bien, que es lo peor que podés decir de una novela. Hablo de leer 50 por año para dos premios y sentir que no pasa nada. Me seca la lívido literaria. De hecho lo dejé de hacer porque me hacía mal. Ves tanta corrección insípida, que no se puede mejorar ni nada, no se le puede inyectar vida.

Carolina Sborovsky: Son lo peor: esos textos que están bien pero cuando cerraste el libro, te fuiste a la esquina y seguiste con tu vida.

Javier, en tu caso, que publicás contra reloj, cuando llega el momento de compilar las crónicas, ¿cómo te sentís? ¿Las rehaces, las corregís, hablás con el editor?

Javier Sinay: El contra reloj suma mucho porque organiza el trabajo, te da un método. Incluso si yo tuviera ganas de escribir un libro buscaría un contrato con una fecha límite siempre. No me tiraría a escribir sin deadline. Pero es verdad que en el medio puede haber errores que ocurren por no tener el tiempo de corregir o para aportar un dato más o para trabajar un poco más el texto, para darle dos semanas más de descanso y volver a retomarlo. Pero creo que una crónica compilada debería ser vuelta a retomar, no solo desde el trabajo literario sino también desde el trabajo investigativo.

Por la labor de editor o de periodista, están obligados a leer un montón de gente de esta generación. ¿Encuentran lugares comunes?

Carolina Sborovsky: La autodenigración que siempre garpa. Un coletazo de la escritura del yo. Eso está muy transitado por las sitcoms y por un humor bastante rioplatense: poner el foco en la neurosis rioplatense. Buenos Aires no tiene más espacio para que lo psi salga de consultorio. Adhiero a la práctica, pero la jerga psi de bolsillo me fastidia. Creo que  ahora cualquier relato que hable de kirchnerismo o peronismo también suma. A veces puede estar escrito con cierta especulación, hay una sospecha de que lo pueda traer de mala fe. Y después ciertos tópicos intimistas o menores.
Volviendo a lo rioplatense, en general está bastante encerrado en lo urbano, por eso me refresca cuando escucho ecosistemas literarios ricos como el de Mariana Enríquez, Fede Falco, Selva Almada donde aparece el influjo del ambiente.

Matías Capelli: Todo lo que sea historia argentina reciente como marco para la ficción. Sobre todo las cosas más transitadas como pueden ser la última dictadura o la crisis del 2001 o los ’90. Uno puede escribir una buena novela sobre cualquier cosa. Descartando eso me parece que hay etiquetas que son más fáciles de procesar para los medios. Incluso para hacer una bajada de una nota, como contratapa o nota. Pero no por la nota en sí, sino porque es como si hubiera una zona en la cual el periodismo y la literatura no entran en tensión, entonces es mucho más fácil para el periodismo dar cuenta de cierto tipo de literatura que es más fácil procesarla, transmitírsela al lector y poder decodificar con las coordenadas que todos manejamos. Después en general no tienen tanto valor literario. A su vez es difícil en el frenesí de un medio poder detectar el valor literario de un libro y poder transmitirlo en el tiempo de uno o dos meses. Todo eso es como que a priori me despierta cierta sospecha. Pero a su vez creo que son libros que entran por un tubo al periodismo, entran y salen y en seguida uno sabe cómo venderlos.

Son fáciles de reseñar.

Matías Capelli: Fáciles de atar cabos para armarle el mapa a la persona que no lo leyó. Hay una zona en la cual el periodismo cultural y la literatura dialogan sin tanta tensión y que es lo más visible en general. Tiene que ver incluso con eso: “le tengo que vender la reseña a este editor, entonces cómo lo hago”. Funcionan más fáciles y a mí como lector les tengo un poco de prejuicio. Después se puede hacer una novela increíble sobre la dictadura o sobre el 2001. Pero a priori les huyo un poco.

¿Cómo ven la vinculación entre literatura o crónica y política en los escritores de 30 años?

Javier Sinay: Casi no escribo sobre política abordándola abiertamente, arrojándome sobre ella, pero la política está atravesando a los medios en donde trabajamos los cronistas. Los medios están en guerra entre sí. Esa guerra tiene momentos muy desagradables, pero es interesante ver cómo se van cayendo las caretas de las empresas. Lo que tiene de desagradable es la caza de brujas que hay entre colegas. Pero en general es un buen momento para que eso se refleje en las crónicas. Para contar historias de gente que está inmersa en las arenas de estas políticas. Estoy pensando que cuando Kirchner murió hubo varias crónicas buenas. Cristian Alarcón publicó varias en su blog Las águilas humanas. El libro El año que vivimos en peligro es un buen reflejo también.

Carolina Sborovsky: Yo creo que en el 2001 no recuperamos, sino que la política nos golpeó de frente y nos desatontó de la hipocresía en la que estábamos inmersos. Nos obligó a dejar de pensar que se puede no tener una posición tomada. Más allá de pensar acontecimientos puntuales, el abordaje es lo importante. Me peleo con la idea de pensar los ’90 en bloque, como si fuesen casi un ente homogéneo. Casas dice que es como si un extraterrestre nos hubiera impuesto los noventa y después lo abdujo en la misma operación.
Una de las principales cosas que veo, repensando mi biografía, es que en los ’90 nos acostumbramos a que en la discusión política la terminología era económica. No hablábamos con términos políticos. Yo celebro la recuperación pero habría que pensar que también puede volverse una moda. Es medio difícil acomodarse a que de vuelta hay que pronunciarse sobre. En todo caso a mí me interesa mucho las posiciones incómodas. Me parece que los 30 es un lugar incómodo. Estaba pensando recién en la novela que se llama Los ojos así de Vitagliano que es hermosa y que habla de una familia en la dictadura. No hay alusión y la dictadura simplemente es telón de fondo, es el decorado como cualquier otro y uno no puede dejar de leerlo así como irradia ese decorado. Uno de los disparadores de mi novela era también si la política es un mandato ver qué pasa con esas conciencias y esas subjetividades donde el egotismo o estar excesivamente preocupado por cómo está uno y revisándose te llevan a ser una persona horrible. Me parece que es súper interesante recuperar esas cosas porque con la guardia baja el lector avezado lee muchísimo.

Matías Capelli: Yo estudié política en la universidad, leí teoría política, estudié problemas políticos contemporáneos. A la vez, no sé si alguien que haya leído mis libros puede decir que hay algo político con mayúsculas en ellos. Es una preocupación que uno puede tener como persona o ciudadano e incluso como escritor aunque después no se plasme tan evidentemente en un relato. Como decía Carolina, así como la gente de los ’90 que leemos hoy son los que se paraban a contracorriente de lo que estaba pasando, creo que en unos años vamos a estar leyendo a la gente que se siguió haciendo preguntas hoy y no se subió a ninguna ola eufórica ni para un lado ni para el otro.

Carolina Sborovsky: Pero por otro lado, contextos hostiles generan un ambiente muy fecundo para una subjetividad que se siente muy desgarrada. La pregunta que nos hacíamos el otro día era si este contexto generaría una literatura más mansa, más dócil. Como el enemigo ya no está tan claro o que la cosa nos pase por al lado tenemos ciertos reparos. En ese sentido, siento súper fuerte la bisagra de los 30. Uno se piensa más padre, como partícipe, como generador.

Matías Capelli: Supongo que tener 20 años y vivir este momento debe ser muy diferente a vivirlo ya más grande.

Javier Sinay: Los 20 años del 2010 y los 20 años de los ’90 son muy diferentes, pero no sé si se tendría que trasladar a una literatura optimista o festiva. Hay problemas: uno siempre mira lo que está mal, lo que hace ruido.

Carolina Sborovsky: Yo siento que algunas discusiones me son un poco impuestas: falsas dicotomías como oficialista u opositor. Es un debate que yo no quiero dar. Uno debería pronunciarse sobre ciertas cosas que, en todo caso, la literatura debería matizar. Allí podríamos encontrar una veta para que la literatura se diferencie de otros discursos y evitar ese tipo de discusiones que están mal planteadas.

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6 Responses to “La nueva nueva narrativa argentina”

  1. Martin says:

    ¿Vanoli? ¿Mariana Enriquez? ¿Aira? ¿Esos son referentes? ¿En serio? Eso explica muchas cosas…

  2. Zulma says:

    Lo de Aira como referente está bien, pero no entiendo qué hace Aira al lado de Henríquez, eso es un chiste.

  3. Mario Deveccio says:

    Referentes del coolismo palermitano son estos

  4. Tomás says:

    Cuánta mala fe en los comments de arriba. A puro prejuicio. Se nota que ni siquiera leyeron la desgrabación. Me parece interesante esto de no dar discusiones (políticas) falsas, debates mal planteados. Me hubiera gustado que la conversación siga por ahí. Concuerdo en que Fogwill fue la figura más importante para esta generación

  5. rapaiz says:

    Y para la anterior también. Y para la anterior, Fogwill y Libertella-

  6. carlos says:

    hablando de corrección: líbido (literaria) con b larga, por favor…

    Las opiniones de Carolina, como siempre, inteligentes.

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