El autor de La ruta hacia acá recomienda un libro de Jorge Ibargüengoitia que le regaló su amigo Salvador.
Por Julián Troksberg.
Viví en México DF unos años atrás. Una tarde, caminando por el sur de la ciudad, un amigo me metió en una librería y me regaló dos libros de un tipo del que nunca había escuchado hablar: un tal Jorge Ibargüengoitia. Yo estaba empantanado entre Carlos Fuentes y Octavio Paz, pasando por Aguilar Camín y Paco Taibo II, y mi amigo, que casualmente se llama Salvador, me decía que Ibargüengoitia era lo mejor que había por allá.
No empezó bien, porque uno de los libros se llamaba La ley de Herodes y yo traía el prejuicio de una película mexicana con un título similar. Pero fue una sensación que enseguida se diluyó: el cuento que titulaba el libro contaba cómo un mexicano de izquierda se deja humillar por los yankis de manera consecutiva: primero consiguiéndose una beca para irse a los Estados Unidos a estudiar; después prestándose a un proctólogo durante la revisión médica para poder viajar. El cuento tenía humor, ironía y una acidez política tremenda encerrada en una historia personal. Lo cuento de memoria y tal vez me equivoque, porque La ley de Herodes lo perdí en una separación (los libros de Ibargüengoitia fueron de las pocas cosas que merecieron una disputa).
La verdadera revelación fue Estas ruinas que ves, el otro libro que recibí de mi amigo Salvador.
Un libro que parece simple y liviano: tiene 181 páginas, debe pesar 220 gramos, y es de esos que uno atraviesa como un suspiro, porque apenas se empiezan no se pueden dejar. Pero por eso es, justamente, una novela grande, grandísima. Es que Ibargüengoitia la escribió como si en la propia escritura no hubiera dolor, como si su materia nada tuviera que ver con ponerse a martillar una chapa acanalada a la que hay que alisar para contar, sino con el placer de sentarse en una terraza a tomar una cerveza León y narrar con alegría incomparable, mirando la vida pasar.
Y la vida que pasa es apenas la de Francisco Aldebarán, un profesor que vuelve al pueblo para dar clases en la universidad. El lugar se llama Cuévano y es la capital de algo llamado Plan de Abajo, en medio del México central. Aldebarán enfrenta ahí clases, mujeres y el clima de un pueblo de mierda con sus paisajes, su inmovilidad y sus absurdas reglas de urbanidad.
Podría ser una comedia de enredos, una memoria sobre un municipio del interior, o las tribulaciones de un profesor en la academia, visto con la ironía que exige mirar cualquier solemnidad. Es un libro sensual, tierno, divertido, sexual. Alguien que tuvo la gentileza de devolvérmelo una vez me dijo una palabra que le calza ideal y que no me olvido más: “estrafalario”. Ganó un premio en ’74, se publicó en el ‘75 y se volvió de esas novelas que uno lee para ser feliz.
Jorge Ibargüengoitia se mató en un avionazo unos años después. Tengo casi todos sus libros, pero el que más quiero es Estas ruinas que ves, en la elegante edición de Joaquín Mortiz, ahora gastada, llena de marcas, que está acá sobre la mesa mientras escribo esto. Lo presté muchas veces y por ahora siempre lo recuperé.
Me dicen que algunos libros de Ibargüengoitia se conseguían hace mucho en librerías de Corrientes. No sé si Estas ruinas que ves. Traté de hacer lo que mi amigo Salvador hizo conmigo y regalarlo en cada oportunidad. Me cansé de buscarlo y acá nunca lo encontré. Tal vez lo tenga Eterna Cadencia y, si no lo tiene, ojalá lo traiga, porque es un librazo total.
Me gustó la temática del cuento de “La ley de Herodes”. Dan ganas de leer los textos de Ibargüengoitia. Creo que al primer escritor que le leí el nombre de ese autor fue a Roberto Bolaño.
Saludos
No coincido con lo de estrafalario. Estrafalario debe ser quien lo calificó así…
Pero claro que coincido con el comentario sobre las ruinas que ves, sobre todo en que es un libro que hace feliz.
Coincidentemente lo perdí una separación, pero tuve la suerte de tener otro buen amigo mexicano que me lo repuso.
Saludos