Los sueños de la comunidad (Monstruos) /1

12-01-2012 |

“Híbridos, mutantes, vampiros, zombies, causados por la ciencia o la naturaleza, por virus, experimentos o accidentes, se abren paso a través de ciudades o zonas rurales, en distintas épocas y distintos países, para visitar una y otra vez el arte y la literatura”. Juan Diego Incardona pasa revista por los monstruos de nuestra imaginación.

Por Juan Diego Incardona.

freaks

Si, como explica Tzvetan Todorov en Introducción a la literatura fantástica (1970), el género fantástico es la convergencia entre la razón y lo sobrenatural, los monstruos, siguiendo la misma lógica de cruce, se figuran entre dos dimensiones, una humana y la otra inhumana, por apariencia, facultades o comportamiento. A partir de esta premisa, no en todos los casos los monstruos son seres feos que espantan a la gente. Una sirena, por ejemplo, sería un monstruo –mitad humano, mitad pez– y Alien, en cambio, no, porque es extraterrestre.

Los monstruos tienen una relación estrecha con la comunidad, permiten analizarla e interpretarla, ya que simbolizan los temores y deseos que predominan en una época y en un contexto particular, son criaturas de los sueños moviéndose entre seres despiertos, híbridos, mitológicos, mutantes o vampiros, cuyos cuerpos han sido desterrados, discriminados, degradados, o incluso desclasados, como suele interpretarse, por ejemplo, a los zombies de George Romero. Igual que los acontecimientos fantásticos que analizara Ítalo Calvino en su Introducción a Cuentos del siglo XIX, los monstruos también  pueden ser visionarios (se ven) o psicológicos (se sienten). Esta identidad sensorial no la da uno, sino muchos, un pueblo entero, quizás un país, muchas personas cosiéndose a sí mismos en uno solo, monstruoso, como los miembros del esperpento que fabricara Víctor Frankenstein. Existen monstruos fantásticos, pero también realistas, a veces enfermos, o mutilados, o malformados, que dejan de representar el arquetipo humano, pues algo extraño se combina en ellos, a veces sobra algo, a veces falta algo. Entonces, la comunidad los envía a los leprosarios de su tiempo, o, si buscaran trabajo, a las ferias y los circos para que allí puedan ganarse el pan, subiendo a los escenarios o bajando a las arenas del espectáculo, como la mujer más flaca, la mujer más gorda, el hombre más bajo, el hombre más alto. Si existe una historia que muestre este mundo, sin dudas es la película Freaks (1932), de Tod Browning.

Hoy es un clásico de culto, pero en su tiempo el público la consideró demasiado horripilante y obligó a que fuera retirada de las pantallas. La película fue interpretada por personas con deformidades reales. No se usaron efectos especiales de maquillaje salvo en una breve escena, al final. El argumento se centra en la relación entre el enano Hans y la trapecista, una mujer bonita pero malvada, que engaña al enano. Luego, Hans, apoyado por el resto de los “freaks”, llevará a cabo la venganza, porque el código imperante es que si se daña a uno se daña a todos. La sensación de pertenencia y el estado de comunidad de los freaks y sus lazos de amistad resaltan la emoción de la cinta. Luego de su estreno, el término “freak” empezó a usarse con frecuencia para designar a alguien anómalo, anormal, extraño, marginal, monstruoso.

Veinte años antes, otro personaje de la literatura y el cine, también se ganaba la vida en las ferias y espectáculos, apodado como “Cadáver Humano”. Nos referimos al famoso Fantasma de la Ópera, publicado por Gastón Leroux en 1909. El título de fantasma es apenas una sensación para los personajes asistentes al teatro, donde el protagonista se mueve, misterioso, entre escenografías y cortinados, pero para los lectores, que pronto se enteran de que, en realidad, se trata de un hombre de carne y hueso, un genio musical que aún no ha muerto, pero que se ha accidentado, quemándose la cara, debería llamarse monstruo, el monstruo de la ópera. Para ocultar sus heridas, usa una máscara, pues lo monstruoso surge del horror que sienten quienes lo ven o incluso él mismo, cuya existencia se ha convertido en un conflicto de identidad: ser o no ser humano.

En esta línea, podríamos incluir al Fantasma del Paraíso, de la película musical que lleva el mismo nombre y que fue escrita y dirigida por Brian De Palma en 1974. Se trata de la historia de Winslow Leach, un compositor cuya obra es robada por Swan, un empresario de la música que planea estrenar con ella su teatro El Paraíso. Igual que el Fantasma de la Ópera, este personaje también sufre un accidente y su rostro queda desfigurado. En las sombras del teatro, Winslow seguirá componiendo y planeando su venganza.

Híbridos, mutantes, vampiros, zombies, causados por la ciencia o la naturaleza, por virus, experimentos o accidentes, se abren paso a través de ciudades o zonas rurales, en distintas épocas y distintos países, para visitar una y otra vez el arte y la literatura, a veces productos de una explicación racional, a veces surgidos del misterio sobrenatural. Si tuviéramos que elegir uno de la larga lista, optar por una historia monstruosa, fundacional, que ha quedado en la memoria colectiva y que ha engendrado libros, pinturas y películas, sin dudas sería Frankenstein o el moderno Prometeo, de Mary Shelley. La autora lo escribió en el verano boreal de 1816, “el año sin verano”, llamado así porque el Hemisferio Norte tuvo que soportar un frío y largo invierno volcánico, por la erupción de Tambora, volcán de Indonesia. Fue durante una competencia literaria que se habían impuesto, a modo de juego, ella, su marido Percy Shelley y otro de los famosos poetas románticos ingleses, Lord Byron.

La criatura, el engendro, el horrendo huésped, resume todos los comportamientos monstruosos que vendrán: es bueno, es malo, es poderoso, es victimario, es víctima. La novela narra la historia de Víctor Frankenstein, un joven suizo estudiante de medicina, obsesionado por conocer “los secretos del cielo y de la tierra”. Víctor crea un cuerpo a partir de la unión de distintas partes de cadáveres y le infunde una chispa de vida. La criatura mide 2,44 metros y su aspecto, de protuberancias y costuras, espanta a su creador, quien termina huyendo del laboratorio. Entonces, se desata una ola de crímenes, persecuciones y venganza.

“Es verdad, seremos monstruos, aislados del resto del mundo, pero por ello estaremos más unidos el uno al otro. Nuestras vidas no serán felices, pero seremos inofensivos y libres de toda la desdicha que hora siento”. De este modo, la criatura le pide una compañera a Víctor Frankenstein. “Pido una criatura de otro sexo, pero tan horrenda como yo, la satisfacción que pido es pequeña, pero es todo lo que puedo recibir, y me conformaré”. Finalmente, Víctor, que en principio había aceptado crearla, se arrepiente y la mujer nunca cobra vida, al menos no en el libro, pero un siglo después el cine, como tantas veces, retomará la historia para dar su propia versión, como en el caso de la excelente película de James Whale, La novia de Frankenstein, de 1931.

El monstruo (Boris Karloff) y el Doctor Frankenstein (Colin Live) han sobrevivido a un incendio. El primero se refugia en el bosque y el segundo está en su casa, donde recibe la visita del Doctor Pretorius, quien le propone repetir el experimento: esta vez con la intención de crearle una novia al esperpento. Si pusiéramos en diálogo al libro con la película, el doctor Frankenstein, desde las páginas de Mary Shelley, seguramente exclamaría, horrorizado: “una raza de diablos se propagaría sobre la Tierra haciendo que la misma existencia humana se volviese precaria y llena de terror”. Quizás, la explicación de este miedo ya la había dado el filósofo Bacon en 1625 y por eso lo cita Jerónimo Ledesma en su prólogo a la edición de Colihue (2006) de Frankenstein, al incluirlo como epígrafe del apartado “Monstruo”: “Quien tiene algo repugnante en su persona, también tiene un perpetuo estímulo para redimirse del rechazo. Por eso todas las personas deformes son extremadamente audaces”. En este aspecto de la personalidad, el monstruo se parece al héroe; su audacia también lo lleva a emprender un viaje y a realizar hazañas. Pero lo hace de manera inversa, porque su “viaje” es hacia la “civilización” y sus “hazañas” consisten no tanto en matar a sus enemigos, sino, sobre todo, en salvarse de ellos, es decir, en salvarse de los hombres.

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