Ladrillo por ladrillo

01-06-2012 | ,

Pablo Ramos participó en el ciclo de entrevistas “Hablemos de tu libro” que organiza Flavia Pitella.

Desgrabación: FP. Foto: Lucio Ramírez.

pablo ramos

Durante los martes de mayo, la periodista Flavia Pitella lleva adelante en la librería el ciclo de entrevistas “Hablemos de tu libro” en donde los invitados habla de un texto en particular, como una manera de conocer estilos e intenciones propias de cada escritor. En el tercer encuentro participó Pablo Ramos, que habló de El origen de la tristeza. Reproducimos aquí la desgrabación de la charla:

Flavia Pitella: Buenas tardes, bienvenidos. Este tercer encuentro del ciclo “Hablemos de tu libro” hubiese sido el primero de no ser porque Pablo Ramos estaba en Colombia. Pablo nació en 1966, en Avellaneda, Provincia de Buenos Aires, ha publicado un libro de poemas, el libro de relatos Cuando lo peor haya pasado, las novelas El origen de la tristeza, La ley de la ferocidad, En cinco minutos levántate María. Ganó varios premios, como el Casa de las Américas de Cuba y el premio del Fondo Nacional de las Artes por su libro de relatos. La propuesta es meternos en su cabeza para ver cómo escribe, qué piensa cuando escribe, por qué escribe, pero sobre todo meternos en la carne de El origen de la tristeza, que es la primera de la trilogía del querido Gabriel, el personaje de estas tres novelas. La primera pregunta para arrancar esta charla: La escritura en vos ¿surge como una necesidad, como un medio o como una transformación?

Pablo Ramos: En realidad, lo que primero surge en mí es la necesidad de leer. Ya de grande, en relación a la edad a la que empiezan a leer los escritores. En mi casa no había libros, excepto los planes quinquenales y La razón de mi vida, que eran los de militancia de mi padre. Él era sindicalista y peronista militante. Teníamos La Biblia, que yo todavía no la leía como un libro de aventuras, sino como algo más místico. Desde chico fui una persona muy mística, llena de visiones. Tenía miedos a la oscuridad y siempre veía gatos donde no había, fantasmas… Siempre fui una persona con una enorme imaginación —o no: o habré visto cosas que verdaderamente había—. Todavía hoy duermo con la luz encendida y como vivo solo en una casa muy grande, me cuido de cerrar las puertas de los placares. La lectura —antes de conocer el alcohol y las drogas que la anularon, junto con todo lo demás— fue como el umbral de lo místico. A los 13 años me puse a ayudar a un cura porque quería zafar de la realidad complicada de mi casa. Él tenía una biblioteca con textos relativos a la Iglesia y otra que era una biblioteca personal que “no tenía nada que ver con lo que  yo quería aprender” (yo quería ser cura; de hecho hice un año del seminario) y eso que me dijo me tentó inmediatamente. Soy una persona muy obsesiva. Imagínense que estudié música porque una vez un tipo me dijo que no sabía escuchar a Bach y durante cuatro años rearmonicé todos los corales de Bach. Me propuse leer esa biblioteca y así nació así necesidad de relacionarme con el mundo a través de un lenguaje que se manifiesta en términos poéticos, como la música. Me acuerdo de esa biblioteca perfectamente porque, como obsesivo que soy, me propuse leerla por orden. Era una biblioteca pequeñita: serían ciento y pico de libros. El primero era La isla del tesoro y lo leí sin problema, pero el segundo era Bajo el volcán de Malcolm Lowry. ¡Yo tenía 13 años! Bajo el volcán es una de las grandes novelas de mi vida (creo que los grandes libros se leen entre los 12 y 20 años, aunque yo logré mantener la capacidad de leer como si fuera adolescente). Iba por la página 100 y no sabía qué carajo estaba leyendo, pero, de repente, en la página 120 tomás conciencia de que es la más maravillosa novela con la que te pudiste haber cruzado. Eso pasa con los grandes libros. Ahí me di cuenta de que había algo grande en la literatura y que me estaba esperando a mí. Nunca imaginé que fuese a escribir, nunca imagino. Aún hoy no voy con mis libros por el mundo, no los llevo encima. La literatura no es lo que escribo sino aquel libro que todavía estoy por descubrir para leer. Por ese lado entró la literatura. Sin darme cuenta empecé una especie de diario de mis lecturas y así empecé a escribir. Ese diario, que yo imaginaba perdido, lo tiene guardado mi mamá. (Mi madre y yo tenemos una relación… Ramos es mi apellido materno. Yo tengo un edipo muy fuerte. Casi morimos en el parto porque tuvo presión del parto, que es una enfermedad muy grave, y desde ese día ella llevó un diario. Hay fragmentos de María que son sacados directamente del diario de mi mamá. Escribe muy bien mi mamá. Empezó a leer y a escribir a los cuarenta años; hoy sabe su edición de Poeta en Nueva York de memoria. Le decís tal verso de Walt Whitman, y ella te dice en qué página está en su edición. Es una persona increíble mi mamá. Y en su diario, que le dictaba a mi tía, ella sueña que yo algún día escriba su historia. Fíjense qué increíble.)

Creo que toda la entrevista va a tener que ver con dejarlo relatar.

Ah, perdón, me fui a la mierda. Yo me voy con la pregunta.

No: ¡es un elogio! Tenés escrito lo mismo o más no publicado que publicado. ¿Cuál es el parámetro de exigencia para publicar?

Es total. Yo soy un artista, no soy un escritor. Yo tengo que escribir una obra de arte. Mi parámetro es muy alto, por eso a veces se enojan conmigo o creen que yo soy inaccesible y soberbio, pero yo no podría ir a un jam de literatura. No creo que escribir sea lo mismo que hablar: creo que es lo contrario. Uno habla e intenta salir del paso. Uno no es dueño de lo que dice. De hecho, si yo escuchara la grabación puedo deprimirme por lo dicho, puedo disentir con lo dicho. Pero cuando mantengo esas palabras en lo escrito… Les recomiendo un ensayo de María Zambrano, una filósofa de la década del treinta que está bastante mal vista por la filosofía —no sé por qué, supongo que porque es mujer—. Imagínense Santa Teresa: «las palabras llevan a las acciones, alistan el alma, la ordenan y la llevan hacia la ternura». Raymond Carver le dedicó un ensayo a ella. La Iglesia católica le prohibió escribir porque demostraba que se podía escribir sin pene. Que con la conchita nomás alcanzaba. A mí me encanta: «las palabras llevan a las acciones, alistan el alma, la ordenan y la llevan hacia la ternura». Pero hablábamos de mi proceso de escritura y de la publicación: yo me quedo con esas palabras, corrijo. Mi proceso de escritura es corto. En tres meses escribo una novela, pero luego estoy un año y ocho meses, casi dos años corrigiendo. Quiero citar al maestro Abelardo Castillo. Abelardo dice que uno no corrige textos: corrige personas. Suena muy romántico, como muchas cosas que dice Abelardo y que, por ejemplo, Gonzalo Garcés entiende mal. Él entiende casi todo mal. En el constante leer lo que escribió, uno encuentra lo que quiere escribir y en el constante leer lo que quiso escribir, encuentra lo que debe escribir. Y cuando se encuentra frente a ese conflicto moral que es la escritura en sí misma, uno puede sacar un adjetivo… Les cuento la historia de un cuento mío: “Porque el cielo es azul”, para mí es el mejor de mi libro de cuentos, casi no pasa nada, pero se juegan cosas muy emotivas. Es de un tipo que va a encontrarse con una prostituta, le miente, le dice que no tiene trabajo, va a ver qué pasa; y ella le dice que él está necesitado de mujer, se ofrece y sucede una cosa. Él dice «se habrá dado cuenta de mi manera mezquina de relacionarme con los demás, de mi patética soledad». Yo le di el texto a Inés Garland, que es una gran escritora argentina que recomiendo mucho, y me pregunta ¿por qué “patética” tu soledad? Fíjense cómo discutíamos un adjetivo. No es tan sencillo escribir, sacás los adjetivos, sacás los adverbios terminados en mente y redactás bien. No. Un claro ejemplo de una buena redacción y mala literatura es Alan Pauls. Si estás frente a un adjetivo, ¿qué es lo que te cuestionás? ¿Verdaderamente es patética la soledad de este personaje? No. ¿Por qué? Porque al ponerle patética, en realidad, no es que la descalifico, sino que la califico por sobre la soledad del resto del mundo, que es común y corriente y lastimera, y entonces, la mía, como soy un escritor y soy canchero, es patética para ponerle algo. Cuando me di cuenta de eso que me decía Inés, primero me dio bronca, pero reflexioné: ¿cómo es mi soledad? Yo estaba con una mina divina, una brasilera que la amaba y me quería mucho, corregía ese cuento en Salvador de Bahía y me parecía que entendía la dimensión de la soledad. Acá no hay soldad: lo que se juega acá es la humillación. Entendí eso, entendí el cuento y saqué esa patética soledad, tanto el adjetivo como el sustantivo. Para eso es necesario tiempo: hay que cajonear un texto, entender, confrontarse, hace falta la mirada de los demás. Abelardo Castillo dice que la literatura es un hecho colectivo y tiene razón. Yo tengo cuatro, cinco, seis lectores de confianza en el sentido de que confío en su calidad de lector. Vibran en la misma cuerda que vibro yo, porque en esto no hay palabra santa. De esa manera el proceso de corrección no me lleva menos de dos años. En agosto sale mi segundo libro de cuentos que se llama El camino de la luna. Empezaron siendo veintiséis y quedaron trece porque fui entendiendo al libro como libro. Entiendo al libro de cuentos como libro en sí, no como un montón de cuentos metidos. Son cuentos heterogéneos, pero todos los personajes son Gabriel. El primer cuento se llama “En el umbral”, es de cuando Gabriel cumple 65 años y está en una situación extraña. Según Liliana Hecker es mi mejor cuento, lo escribí hace quince años y recién ahora entendí de qué estaba hablando. Estaba hablando del alcoholismo. Yo tengo miedo a cosas muy concretas: a la muerte, pero sobre todo a la muerte por la putrefacción del cuerpo. Y también le tengo mucho miedo a la muerte de la memoria, al olvido. Entonces me pregunté cuál sería el peor cuento de escribir para mí, y pensé que sería sobre el día en que yo perdiese la memoria. Pero después escribí el cuento y no funcionaba. Me decían que era bueno y sin embargo yo sabía que no funcionaba. Lo que entendí es que si yo perdiese la memoria para siempre, no habría tragedia. ¿Pero qué pasa si cada tanto, por alguna circunstancia, tengo una hora de lucidez donde me doy cuenta que todo lo que creo todos los días —que tengo trabajo, que tengo una mujer, que tengo gente esperándome que me aprecia, que tengo amigos— es parte del delirium tremens y es la hora de terror más terrorífica que me puedo fabricar para mí? Escribí ese cuento, con muchísimo miedo. Tanto miedo que no lo pude soltar. Le tengo tanto miedo a los médicos, que no tengo obra social. Es un miedo tan irracional que me hace hacer lo contrario de lo que debería hacer: hago de cuenta que no existe la enfermedad, que no existe la muerte, que mi madre no cumplió 70 años. El viernes yo cumplo 46 años y negando todo eso, así estoy: juego a la pelota como si tuviera 15 y me rompo todo, pero bueno. Me fui otra vez a la mierda. ¿Se entiende esa relación con la escritura y la corrección? Una vez Fogwill me dijo algo muy lindo. Yo a Quique lo admiro mucho. Él, que no quería a nadie y que tanto hablaba bien de mis libros, un día me dijo adelante de un montón de gente “ya vas a empezar a escribir mal”. Y yo le contesté: “Quique, quédese tranquilo, yo escribo mal todos los días, lo que pasa es que no lo publico”. Ahí está la diferencia. Por eso no creo en esto de César Aira. Él tiene mucho talento, publica cinco libros por año, uno capaz que es maravilloso y cuatro no, pero eso a cualquiera le puede hacer mucho daño porque la obra que va a quedar es la publicada. Un escritor tiene derecho a quemar, a decir esto no lo publiqué porque no lo consideraba digno de hacer público.

Una vez en una entrevista dijiste “yo escribo con hambre de eternidad porque le tengo miedo a la muerte, porque le tengo miedo al olvido, y es absurdo pues no voy a saber si me recordarán, pero escribo así”. ¿Cuál es tu relación con tus lectores?

Desde que apareció Facebook, buenísima porque me mandan unas cartas re lindas. Algunos me putean. Yo tengo un blog donde me critican y todo, debo ser uno de los pocos escritores que tiene un blog donde se puede dejar comentarios.

Se llama Arquitectura de la mentira.

Sí. Lo único que no soporto es que me insulten, eso no lo publico, o que digan boludeces. Hace poco uno dijo que La ley de la ferocidad era un desastre. Todos lo empezaron a atacar y yo les dije que no lo atacaran, que yo soportaba la crítica porque era dentro de todo respetuosa (en un momento no tanto, me trataba de humanoide, pero capaz que tiene un poco de razón). El tipo se había leído todo el libro y hacía una observación, entonces yo lo publiqué. Por lo menos le había despertado mucho odio y eso era significativo. Nos hicimos amigos con el chabón porque yo lo defendí de mis lectores que son muy fanáticos, lo amenazaban. Mi relación con los lectores es muy buena porque a mí me hacen falta. Ahora que volví a tocar en vivo con mi banda, volví a tener una relación más directa con el público. Se lo debo mucho a Gabo Ferro porque yo le mandaba los temas desde Alemania [se refiere a los que escribió para el disco que escribieron juntos: El hambre y las ganas de comer] y él me decía: “loco, cantás re lindo, tocás bien, ponete”. Así que me puse a componer otra vez, escribí un disco que empiezo a grabar en junio. Facebook está muy bueno porque la gente me cuenta cómo lloró, o cómo se conectó con su padre, o con su madre. Por ejemplo hay un pibe que es muy duro a la hora de leer, es un empleado de la librería Hernández, y era fanático de La ley de la ferocidad. Cuando saqué En cinco minutos levántate María no quería ni pasar por la librería porque pensaba que el flaco me iba a matar por haber largado la voz de Gabriel, un tipo en el fondo más fácil de vender que María. María es mucho más difícil de escribir: una mujer de sesenta años, menopáusica, que cree en Dios, que cree que la humanidad tiene sentido. Era difícil encarar ese personaje. No vende un personaje optimista. Llegué a la librería y el flaco me estaba esperando, me abrazó y me dijo: escribiste el libro de mi mamá. Para mí fue muy fuerte. Si uno cree que va a llegar desde afuera a la forma o sea al estilo –odio la palabra– literario queriendo escribir como Joyce, como Castillo, como Arlt, está equivocado. En cambio si uno desde adentro intuye que la forma literaria es una consecuencia de la dimensión que toma el personaje principal de esa historia, va por buen camino. A los que escriben les aseguro que por ese camino es casi imposible escribir mal. Te pueden corregir un adverbio, te pueden corregir una coma. Las críticas que a veces me hacen a mí son críticas de clase. Yo soy un tipo que no terminó la escuela primaria. No por incapacidad, se habrán dado cuenta. Sencillamente cuando escuché que mi madre iba a limpiar casas ajenas, me puse a laburar. Mi primer laburo fue bobinar motores de barco en el Doc Sud, muchas ganas de ir a la escuela no me quedaban. Tenía 9 años y terminaba con las manos que no las podía ni doblar. Entonces cuando tengo una falta de ortografía en el blog, que se me escapan, llegan a la conclusión de que mis libros los escriben las correctoras de estilo. A mí me encanta porque son críticas de clase, críticas de una burguesía recalcitrante. Fuiste educado porque existe la universidad obrera, porque mi viejo fue sindicalista, si no, no hubieses sido educado, o muy pocos serían universitarios. Imagínense, yo llegué al taller de Liliana Hecker y leía Gramática castellana. Tenía tanto complejo… Toda esa idea de tener solidez en lo mío me llevó a quedarme mucho tiempo con lo que hago, a escribir con la máquina de escribir todavía hoy, no porque no sepa manejar una computadora. Escribo en la máquina mis primeros borradores y después tengo que pasar todo eso a la computadora. Ese trabajo lo hago yo, pero de la siguiente manera: no escribo una frase y la repito en la computadora, el paso de la máquina de escribir a la computadora me permite dar un salto cuantitativo enorme porque reflexiono el párrafo desde la estructura. Acá debe haber mucha gente que escribe. Fíjense que cuando escriben en la computadora, lo imprimen y está todo tan prolijito que te ponés a cambiar comas, y sin embargo tu personaje todavía no tiene una voz clara, no entendés muy bien de dónde viene, por qué habla así, qué desea, a qué teme, y ya estás cambiándole comas a un texto que es simplemente un mal necesario, como un primer borrador.

Vamos a meternos un poco en El origen de la tristeza.

Se llamaba El estaño de los peces. Me sigue pareciendo mejor título, pero tuve que buscar otro porque la editorial no quería.

Esa era mi pregunta: por qué le habías puesto El origen de la tristeza.

Porque no querían El estaño de los peces y me dieron quince días para buscar un título. Igual está bueno, pero es lo contrario: el título conceptual contra el título poético. El estaño de los peces viene de una frase de Spinetta, yo soy muy fanático del Flaco. Y para el título que yo quería tomé la idea del tema que dice “el acero de los peces”.

Una vez en una entrevista dijiste “lo que yo escribo, sin geografía no es nada”. ¿Cuál es la geografía de El origen de la tristeza?

Y, mi infancia. Es una geografía de mi barrio que incluye mi alma, la visión de mi barrio. El Ulises si no existiera Dublín no es nada. Casi ninguna literatura que intente algo sin el cuerpo es nada. Excepto El innombrable de Samuel Beckett, que siempre es la excepción, pero fíjense que El innombrable es una geografía de sí mismo de alguna manera. ¿Recuerdan ese cuento “Triste le ville” de Abelardo Castillo? Las casas y las tapias… son hechas a imagen y semejanza del hombre triste. En el último capítulo de mi libro está la respuesta: «Regresamos del cementerio en caravana de bicicletas. El Chino iba adelante, después Marisa. No le podía ver la cara pero me di cuenta de que estaba llorando. La seguíamos Alejandro y yo en la misma bicicleta, yo pedaleando y mi hermano parado sobre el portalibros sosteniéndose de mis hombros (…). Íbamos en silencio y el sonido de las bicicletas me aseguraba que todos estábamos ahí de regreso a nuestra esquina». Y acá viene lo que les quiero decir: «Miraba mi barrio, el invierno en el viaducto. Las calles estaban vacías y los árboles, en su mayoría plátanos altos y paraísos retorcidos, habían perdido sus hojas. Y eso era bueno porque dejaban pasar los rayos del sol. Un sol que esta vez me llenaba de tristeza. Sentí que el barrio mismo se había entristecido. Lo decía el libro de Fernando [es un libro de cuentos de Abelardo Castillo], y yo sabía ahora que las cosas que nos rodean tienen vida porque nosotros tenemos vida, y son capaces de entristecerse cuando nosotros nos entristecemos». Esa conciencia de Gabriel de que la geografía se modifica con el estado de ánimo. Por supuesto que se modifica, porque yo soy el que está observando la realidad, no existe como tal. Por ejemplo me acuerdo del documental de Fernando Vallejo (¿a ustedes les gusta?, para mí es el gran escritor contemporáneo), cuando vuelve a su casa en Antioquia y entra al patio que él describe tan grande, y el banano, y el palo de mango… y si la ven es como esto, en la piscina no entra una persona de estatura normal. Entonces entra y dice “pero esta no es mi casa”, y el documentalista le contesta que sí. No tiene derecho el documentalista a decir eso. Ahí entra la literatura: los hechos no alcanzan, la literatura es la memoria emotiva de la historia. Por ejemplo es nuestra mirada sobre eso enorme que era el viaducto que hizo Perón, ese callejón tan inexorable, que ahora lo veo y es una sola cuadra que no tiene calle y sin embargo representa “el sur, paredón y después”. Ese era mi barrio: Barracas al sur, el viaducto. Esa conciencia tan estúpida de decir: nuestro barrio se llamaba viaducto porque lo atravesaba un viaducto, y punto. Ese por qué tan sencillo. Yo soy hincha de Arsenal. Está de testigo Liliana Hecker de que cuando empecé a escribir El origen de la tristeza Arsenal estaba en la C, y en la medida en que me fui haciendo mejor escritor y después conocido, fue ascendiendo. Falta que los dos salgamos campeón, nada más. Arsenal salió campeón de la Sudamericana con el gol de Andrizzi y me mandaron la camiseta toda firmada, la tengo en casa exhibida, porque soy como el escritor del barrio. Una vez cuando jugaba Arsenal-Bolivia, el primer partido internacional de Arsenal, estos pibes fueron a Bolivia cuatro días de micro leyendo en voz alta, fumados –re fumados, porque se fuman cuarenta porros por día–, El origen de la tristeza. Volvieron y me dijeron (a mí me dicen Locura, no sé por qué): “Locura, es verdad lo que pusiste, nos acordamos de cuando robamos los vinos, las damajuanas”. Y es mentira, es todo mentira. Lo inventé todo, nunca robamos ningún vino. Yo los había llevado a la quinta de los mellizos, eso existe, el vino existe; en la cueva de los vinos entrarán cincuenta damajuanas, y yo hablo de las dimensiones de la biblioteca de Babel pero con algo más interesante que libros: damajuana de vino, de todos los vinos habidos y por haber. En esa especie de cosa dionisíaca está el primer beso de Gabriel, todo sucede bajo el calor del vino. Yo le di entidad a la realidad de mis amigos. No tengo el derecho de decirles a ellos “no, nunca existió”.

Exacto. Ayer recomendábamos en la radio a un autor de Angola que se llama Agualusa, y su novela El vendedor de pasados dice que nuestra memoria en realidad no es nuestra, sino que es la construcción de lo que otros recuerdan de nosotros –que tal vez no sea cierto tampoco– más los espacios que nosotros vamos llenando con eso, que queda vacío, y así construimos nuestra memoria. O sea que claramente esos chicos estuvieron en la quinta.

Pero claro que estuvieron, y cuando me leyeron volvieron a estar, que es la verdadera manera de estar. Quien haya amado a una mujer y haya tenido la desgracia, como tuve yo, de haber hecho solamente una vez el amor con ella, con el paso del tiempo esa mujer cada vez es menos real. Yo me acosté una sola vez con la mujer que más amé y ese amor mío se me va cada vez más porque no hubo segunda vez para confirmar su cuerpo, para confirmar su mirada, para confirmarla a ella y confirmarme a mí en ella. Yo estoy convencido de eso. Esa primera vez me la quitó para siempre. De no haber existido esa primera vez, yo la tendría para siempre en un nivel platónico. Esa fue Andrea. Y la vengo poniendo de puta, de muerta, de todo para sacármela de encima. Hace poco la vi. Tiene mi edad, 46 años, y es increíblemente hermosa. Ahora la vuelvo a matar en un cuento. Bueno, a los 65 años Gabriel se pregunta: ¿Andrea? Vuelve Andrea, vuelve Andrea y vuelve Andrea. La mantengo viva, o la mantengo muerta, no sé, no me puse a pensar muy bien en esto porque no me la quiero complicar mucho.

A partir de algo que dijiste al principio de la entrevista relativo a tu lectura de la Biblia, ¿qué papel juega la culpa en tus personajes?

Un papel impresionante. Gabriel se arrastra por la culpa, odia por la culpa, le dice papá a un travesti y después se siente culpable y la trata como a la más femenina del mundo. Una vez me tildaban de homofóbico a mí por Gabriel. La mejor entrevista me la hicieron de la revista Guapo, que es una revista gay. Llegó el periodista y le dije: “perdoná, ¿te parece un personaje homofóbico?”. “Yo si me lo encuentro a Gabriel por la calle me lo cojo”, me dijo. Se nota que Gabriel es tan, tan, tan sensible que exagera, se está lastimando de esa manera. Fijate que yo no construyo psicología de los personajes, construyo a través de los pecado capitales: la envidia, la lujuria… Pero los pecados capitales estudiados según los gnósticos. Siempre lo digo en los talleres. ¿Alguien conoce la teoría psicológica del eneagrama de Claudio Naranjo? Bueno, es muy interesante. El eneagrama viene de los nueve pecados capitales originales, estaban también la indolencia y el miedo. Por supuesto, la iglesia católica los sacó. Pero los pecados capitales, según los gnósticos, fueron hechos para ser pecados. Fíjense la relación con los pecados mortales: son pecados que ofenden directamente a Dios, son verticalistas. Los pecados capitales son horizontales. Claudio Naranjo es un genio, es un ser brillante verdaderamente. Es amigo de Jodorowsky, ese palo toma hongos, una manga de personajes de los sesenta terrible. Es difícil llevar a tu novia ahí porque se la culean seguro. Son todos tipos re copados, re hippies, toda la terapia de toco, te toco, a los dos minutos están encamados nueve días tocándose, no hay cuerpo que resista. Bueno, no importa. Hay que ser abierto, señora, ¿qué va a hacer? A mí me cuesta mucho esto del amor libre, yo soy celoso cuando estoy enamorado, soy más elemental.

Hay un marco político, una denuncia de decadencia en la novela.

No. El peronismo de Perón y Evita fue una posibilidad… era un país hermoso.

¿Es más una denuncia de lo que pudo haber sido y no fue?

Claro, La ciudad de los niños.

La están por privatizar.

Ahora, pero yo me acuerdo La ciudad de los niños en el ’75 y en el ’80. La ciudad de los niños y los niños era lo mismo, era tratado de la misma manera. Fue fuerte la dictadura. Yo la viví en la primaria, no viví nada directo. Como dije ahí en Alemania –se enojaron un poco–: perdón pero no soy hijo de desaparecidos. No sufrí menos la dictadura por eso, porque estuvo la cuestión de lo que cayó, la idea de la industria, me acuerdo de mi padre mostrándome un torno. Mi viejo invertía en cobre, en máquinas, enseñaba a ser tornero. Y lo que nos vendió el neoliberalismo es que laburar es una gilada. Por eso fijate la cultura y la estética de las herramientas que hay en mis libros, en María. A María la calienta ver al marido levantar una pared. Mi viejo ponía un ladrillo y le ponía el nivel. Yo contraté a unos albañiles que los saqué a las patadas de mi casa. Me decían “pero después se corrige arriba”. ¡No!, es ladrillo por ladrillo cómo se levanta una pared, y se escribe de la misma manera. Yo pongo un párrafo bueno porque si el párrafo está torcido, el que viene abajo va a estar torcido. Aprendí eso de mi papá, no lo aprendí de ningún taller literario. Hay una película que dirigió John Turturro, este actor tan bueno, que es sobre unos hermanos italianos que son constructores, y se detiene cinco minutos de película a ver a un tipo tirando la mezcla, poniendo el ladrillo, el nivel. Yo me puse a llorar cuando vi esa escena. Y ahí escribí la novela de María. Me puse a llorar porque un tipo que le pone un nivel a un ladrillo da ganas de ponerse a llorar, está construyendo un mundo mejor, ¿entendés? Yo sé que soy muy exagerado, pero esa es mi característica. ¿Quieren escribir una gran novela? Yo no la voy a escribir, les tiro la idea: el último técnico en máquinas de escribir. ¿Sabés lo que es desarmar una máquina de escribir? Yo ahora aprendí porque a mi técnico, que es el padre de un gran amigo mío, le agarró Parkinson. Yo compro máquinas y las reparo, entonces ahora no me queda otra que pedirle que él me indique y yo voy desarmando, porque son tan chiquitos los tornillos que con el temblor él no puede. Imagínense qué novela. El tipo era el alma del Banco Nación. Si una máquina se trababa se paraba el banco. Las máquinas de escribir estaban legalmente estaban registradas para que un perito supiera qué máquina escribió cada documento, y tenía un candado para que no cualquiera la usara. Imagínense, el tipo era el gerente de sistemas, hoy es un pelotudo, hoy le quiere contar a los nietos y se le cagan de risa. Me dice “Pablo, usted me cree, yo era la persona más importante del banco”. Y yo que no le puedo creer ni haciendo un esfuerzo, le digo: “Yo le creo. Créame que le creo, José”. Así empieza la novela, no me digas que no. Pero se me queda sin trama la novela, ¿qué escribo después? Ahí está el problema de la trama. Quiero leer El peletero de Luis Gusmán. No la leí. Es lo mismo: el peletero hoy es un hijo de puta, mata a los animales. Yo tengo miedo de comer un asado en Pito Cuatro y que me tiren un balde de pintura al asado, porque al que tiene un tapado de piel le tiran un balde de pintura. ¿Alguien leyó la novela de Luis Gusmán? Es un genio, de Sarandí, de mi barrio, como Alejandra Pizarnik. El único que salió mal de Sarandí es Lanata. A la derecha mía vivía Lanata.

Tengo un juego para proponerte: yo te digo una palabra y vos tenés que lograr contestarme solamente con una palabra.

¡No puedo! Soy yo.

Así es el juego.

Bueno. Dale.

Niñez.

Felicidad.

Madre.

Felicidad.

Amistad.

Futuro.

Barrio.

Melancolía.

Alcohol.

Pasado.

Borges.

Mentira.

Música.

Alegría.

Vocación.

No me produce mucho. Galletita.

Literatura.

Suerte.

Marginalidad.

Capitalismo.

Arlt.

Dios.

Humor.

Ramos.

Amor.

María.

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