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La soledad del escritor

04-06-2012 |

Sobre La soledad del lector, la “novela original” de David Markson (Ed. La Bestia Equilátera): “una sola novela es capaz de contener no la historia del mundo, pero sí la historia del arte”.

Por José María Brindisi.

markson bestiaDavid Markson es un autor norteamericano, desconocido hasta ahora para la mayoría de nosotros aquí en la Argentina, que nació y vivió en Nueva York, y murió allí mismo en 2010. Al parecer, se dedicó en esencia a escribir novelas de género (sobre todo policiales), hasta que en algún momento le picó el bichito de la curiosidad o la ambición y decidió sacar los pies del plato. Publicó algunos libros más, y una mañana se despertó con la siguiente idea: escribir una novela original. Sí, claro, es lo que todos hacemos, bla bla. No: el tipo se lo propuso en serio. Y lo hizo.

Bien pensado, lo cierto es que son contadísimos los casos en que esa amplitud de miras llega a materializarse, y de ellos una abrumadora mayoría raramente pasa de ser un mero divertimento, una estrategia adolescente o un simple gesto de soberbia. Lo de Markson es otra cosa, al punto de que cueste hablar de ello en términos precisos. Intentémoslo: alguien se dispone a escribir una novela. Pero estamos en las instancias previas, pura especulación: el protagonista hará esto o lo otro, vendrá de aquí o de allá, se encontrará o no con una mujer. Y mientras todo eso sucede, o amaga con suceder, el lector está ahí rondando, en un diálogo impuro, de lo más improductivo. El lector como entidad, como presencia; aunque también como fantasma.

Pero, y sabemos que el pero es siempre lo fundamental, quizá como parte de ese mismo proceso el escritor/narrador toma toda clase de notas. Se trata de citas, de epitafios, de brevísimas anécdotas, apostillas, máximas, simplemente nombres. El procedimiento es demencial, dentro de la novela, pero asimismo lo es el efecto de lectura. ¿Cuál es la historia? Una sola, y también millones. La interminable serie de episodios que allí se cuenta provoca una adicción que pocas veces nos toca enfrentar, en tanto parece que una sola novela es capaz de contener no la historia del mundo, pero sí la historia del arte. Ese sesgo adictivo, que es una suerte de fascinación, arrastra también el peligro de que como lectores sólo atravesemos el texto tentados por la mera acumulación de datos (y por qué no, la posibilidad de lucirnos con ellos en las reuniones sociales). Pero en cualquier caso, es posible que ningún otro libro haya incluido tantas historias como éste.

Aunque por momentos se vuelva dogmático y simplista (la infinita lista de personajes tildados de antisemitas), aunque de vez en cuando peque de obvio (“Pier Paolo Pasolini fue asesinado”) o se deje tentar por el aforismo fácil (“Todas las épocas son contemporáneas”), lo de Markson es una verdadera proeza. Esa proeza se hace consistente en cada página, pero en síntesis significa que ha escrito un libro-isla. Uno que de seguro no habíamos leído antes, y que jamás -porque copiarlo sería absurdo- volveremos a leer.

 

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