Un fragmento del prólogo a la edición de las cartas que se enviaron Walter Benjamin y Gretel Adorno entre 1930 y 1940. “En ese ida y vuelta de los intercambios de esta correspondencia, mientras avanza la lectura, se va construyendo un efecto de movimiento, de intriga y de sorpresa, que la asemejan a la lectura de una novela: la construcción de la amistad entre Benjamin y Gretel”, dice Dimópulos.
Por Mariana Dimópulos.
La autobiografía nunca escrita por Walter Benjamin está hoy guardada en su correspondencia. Ciertamente, hay libros que los escritores escriben a pesar de sí mismos. Pero quizá no se trate de esa autobiografía que Benjamin fue evitando con precisión, que de manera deliberada dejó de lado en la mayor parte de sus reflexiones, también en los libros y manuscritos que trataban su propia vida. Entrar en un relato consistente, cronológico, lleno de posibles apologías y reconciliaciones con el propio pasado hubiera estado demasiado lejos de su concepto de historia, en este caso, de la historia personal.
Ahora, las cartas conservadas por sus amigos y otros destinatarios, así como los borradores que él mismo fue recogiendo con el paso del tiempo y los viajes, reunidos y publicados por primera vez de forma completa entre mediados y fines de los años noventa en alemán, nos ofrecen ese relato entrecortado de su persona y de su época. Que sea entrecortado, y contradictorio, es algo que a Benjamin hubiera complacido. Muy tempranamente, en 1911, en una carta a un amigo del colegio, decía: “Te ruego que guardes mis cartas. Quizás algún día te las pida prestadas para reconstruirme un diario personal”.
De este gran muestrario de correspondencias, compuesto de breves autorretratos, hay unas pocas publicadas con su contraparte. Las más importantes son las cartas con su amigo Gershom Scholem, las cartas con su colega Theodor Adorno y las que forman este volumen, con Gretel Karplus-Adorno. Felizitas, tal como comenzó a llamarla muy pronto en sus intercambios, había conocido a Benjamin en 1928, muy probablemente en Berlín, la ciudad de nacimiento de ambos. Para ese entonces Gretel Karplus ya estaba comprometida con Theodor Adorno y mantenía contacto con varios intelectuales del círculo de Frankfurt y Berlín, como Ernst Bloch y Siegfried Kracauer; más tarde se sumarían otros conocidos en común: Bertolt Brecht, Hanns Eisler, Max Horkheimer, Gershom Scholem, algo que fue quedando documentado en las cartas.
Gretel Karplus, nacida en 1902, era química de profesión. De joven había trabajado para la empresa de su padre; luego fue socia en una fábrica de guantes de cuero, de la que quedó a cargo en 1934 y que tuvo que vender en 1937. Ya por entonces había empezado una tarea que más tarde resultará especialmente valiosa: copiar o mandar copiar manuscritos de quien será su esposo, del mismo Benjamin y de Horkheimer, trabajando como su secretaria en Nueva York. Años después fue coeditora de las obras de Adorno, muerto en 1969; antes, colaboradora en las ediciones de los manuscritos de Benjamin, descifrando palabras y aportando datos de primera mano. Según los biógrafos de Adorno fue, además de colaboradora práctica, una verdadera consejera intelectual. En septiembre de 1929 decía Adorno a su amigo Siegfried Kracauer sobre unas vacaciones con Gretel: “Hemos estado practicando juntos un poco de matemáticas (Gretel sabe mucho más que yo) y ahora leemos a Kant, como nosotros hace ocho años”.
Para esta correspondencia, el azar y sus ingentes colaboradores (la discreción, el fascismo, la humedad de los archivos) lograron un comienzo en tres tiempos: una postal de 1930, de cuando Benjamin hizo un viaje a los países nórdicos, luego una carta de 1932, que pertenece a la primera estadía de Benjamin en Ibiza, y un tercer documento, que inicia el verdadero intercambio epistolar y es de marzo de 1933, apenas Benjamin abandonó Alemania. Pero ese último viaje será el del exilio y se convertirá en un peregrinaje por Europa que durará ocho años y cuyo centro estará en París, donde Benjamin ya había pasado largos períodos en 1926 y 1927. En esos ocho años que van de 1933 a 1940, desde la llegada de Hitler al poder hasta la invasión de Francia por las tropas alemanas, Benjamin fue recorriendo diversos lugares de exilio: primero la isla de Ibiza y después París, y por épocas la Dinamarca de Brecht y San Remo, un pequeño pueblo en Italia donde Dora Sophie Kellner, su ex esposa, tenía una pensión. Es también el período en que escribió muchos de sus grandes trabajos: “La obra de arte en la época de su reproductibilidad técnica”, “Eduard Fuchs”, los dos ensayos sobre Baudelaire, el gran trabajo de los pasajes y las tesis sobre el concepto de la historia. También otros especialmente conocidos como “El autor como productor” y “El narrador”, así como artículos en diarios y revistas, hasta que la situación ya no le permitió hacerlo más. Fueron esos los años en que Benjamin afianzó su relación con el Instituto de Investigación Social, no siempre libre de conflictos y muchas veces aliviada por la intervención de Gretel Karplus, años en que compartió con Brecht el exilio de Dinamarca y en que, de alguna manera, profundizó su ruptura con Scholem y con el proyecto de trasladarse a Palestina. Mientras la situación en Europa se iba agravando, Benjamin agregaba posibilidades donde continuar su exilio. También Moscú fue considerada –allá estaba Asja Lacis–, pero hacia finales de la correspondencia de la vida de Benjamin ganará la opción de Estados Unidos. Felizitas, es decir, Gretel Karplus-Adorno, insistía a fines de los años treinta, ya estando en Nueva York, sobre la importancia del aprendizaje del inglés como Scholem había insistido alguna vez con el hebreo. Y si bien Benjamin finalmente se puso en camino a Estados Unidos en el momento en que Francia se volvía literalmente inhabitable para él y tantos otros exiliados, con la amenaza del campo de concentración y la muerte a cuestas, lo hizo con una precisa resistencia lingüística, propia de un verdadero filólogo. Francia, y París especialmente, no eran solo la biblioteca necesaria para el trabajo de los pasajes, sino la lengua francesa. El final de la historia es conocido y fue divulgado en varios libros y comentarios durante los años sesenta y cuando se cumplieron los cincuenta años de su muerte: Benjamin se suicidó en 1940 en la frontera entre Francia y España, en Portbou, un pueblo de los Pirineos donde se le negaba el paso a España, que significaba, para él y otros, el acceso al barco que debía llevarlos a América.
Esos ocho años de exilio que coinciden, exceptuando los dos prolegómenos de 1930 y 1932, con esta correspondencia fueron, además de una gran época de creación y de graves dificultades para Benjamin, los años de la consolidación del nazismo, de las políticas de persecución y segregación en Alemania, y de la preparación para la guerra en Europa. Son los comentarios al pasar de Gretel Karplus desde Berlín, sus angustias a medias silenciadas por el temor a la censura y las represalias, los que retratan ese período temible de la historia alemana, sugiriendo o relatando su día a día. Esa cotidianidad tenía sus trampas y también sus lugares donde ponerse a salvo, al menos por un tiempo. Las relaciones personales se transformaban, la gente vivía separada entre los que se quedaban y los que se iban exiliando. En ese ida y vuelta de los intercambios de esta correspondencia, mientras avanza la lectura, se va construyendo un efecto de movimiento, de intriga y de sorpresa, que la asemejan a la lectura de una novela: la construcción de la amistad entre Benjamin y Gretel, la presencia de otros personajes conocidos, las confesiones, el detalle de un día, la tristeza o la alegría inspiradas por un gesto o por un hecho puntual.
Pero las cartas muestran especialmente, con ese modo aleatorio que es el de la supervivencia, todo aquello que a Benjamin le faltaba y el apoyo económico y espiritual que Gretel, junto con otros pocos, podían darle. Para el lugar que ella ocupó en esta correspondencia hay en el libro Personajes alemanes una definición precisa. Está en la introducción que Benjamin dedica a una carta de Franz Overbeck a su amigo personal Friedrich Nietzsche, enviada en marzo de 1883; Benjamin define a Overbeck como el “representante de una posteridad más dispuesta a entender”. Esa debe haber sido siempre una forma específica de ciertas amistades intelectuales, y es sin dudas el papel que Gretel Karplus-Adorno cumplió en este intercambio epistolar. Y sin embargo, en este panorama que ofrecen las cartas, son ante todo las de Benjamin las que con el tiempo acabaron por convertirse en verdaderos documentos, y por formar una gran autobiografía hecha de breves autorretratos.
La mirada sobre la propia vida había existido en Benjamin desde muy temprano. En la Crónica de Berlín, escrita alrededor de 1932 y conservada en forma de manuscrito, se encarga de explicar que su intención no es escribir una autobiografía sino precisamente una crónica, basada en la idea de un mapa (o de un laberinto), en cuyas imágenes, que son las instantáneas del recuerdo, no aparezcan personas sino más bien escenarios. La ciudad y la soledad, dice Benjamin, se conjugan para crear un estado profundo como el del sueño, donde aparece la imagen onírica [Traumbild], esas instantáneas similares a sueños a medias olvidados. En un café de París se le había ocurrido una vez la idea, como venida de la nada: hacer un mapa, no una narración, de la propia vida.
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