No poder comprender al mal es parte de su fuerza.
Por Jorge Consiglio.
Hay algo genial en la novela El desierto y su semilla de Jorge Baron Biza. El texto se articula en torno a la convalecencia de Eligia, madre del narrador, después de que Arón Gageac, su marido y el padre del narrador, le arrojara ácido sulfúrico en la cara. La novela es intensidad en estado puro, un hilván perfecto de horror y belleza. Cito el párrafo que abre el libro:
En los momentos que siguieron a la agresión, Eligia estaba todavía rosada y simétrica, pero minuto a minuto se le encresparon las líneas de los músculos de su cara, bastante suaves hasta ese día, a pesar de sus cuarenta y siete años y de una respingada cirugía estética juvenil que le había acortado la nariz.
Casi al final del texto, el narrador reflexiona sobre la maldad y sobre las contradicciones que caracterizaron la vida de su padre. Reconoce su incapacidad para comprender. No es sencillo decodificar los silogismos del mal. Su hipótesis sostiene que la incomprensión también es un lazo fuerte. Quizás, agrego yo, porque la curiosidad es la inquietud del alma que más nos agita. La potencia de esta idea me lleva a repensar algunos episodios de mi historia.
Un sábado de invierno a comienzo de los ochenta fui con un par de amigos al cumpleaños de una profesora de literatura francesa. Vivi se llamaba. Tenía mi misma edad. La había conocido en la facultad. Yo estudiaba Letras. El festejo se hizo en su casa, un departamento de dos ambientes frente a Parque Rivadavia. La noche fue larga y confusa. Había una barra con vino y bebidas blancas. Los ceniceros no daban a vasto: en esa época, fumar era una militancia. Un poco después de la medianoche, pidieron silencio para presentar a una pareja. Eran fagotistas de una orquesta de La Plata. Tocaron un dúo de Blume. La música, estoy seguro, creó intimidad entre los presentes. En ese momento, miré a Carmen, una amiga de Vivi que me habían presentado hacía un rato. Tenía la cabeza apoyada en la pared.
Cuando salió el sol, partimos todos en tropel hacia la ciudad helada. En la puerta del edificio, Carmen no dijo una palabra, pero al despedirse me dio un largo beso en los labios. Ese mismo domingo, fui a su casa. Trabajaba como modelo para artistas plásticos en un lugar por Constitución. Tenía una hija de seis años. Acababa de cortar una relación larga con alguien del entorno de Los abuelos de la nada. Lo pasamos bien el tiempo que estuvimos juntos (los lugares comunes a veces encierran una verdad), pero no duramos mucho: menos de tres meses. En ese lapso, hubo un par de hechos que me mostraron lo extrema que era Carmen. Tuvieron que ver con su adicción a los ansiolíticos y con su conducta durante un par de discusiones. La perdí de vista en seguida. Los conocidos que teníamos en común se cuidaban de nombrarla frente a mí. En esa época yo no andaba bien. Supongo que no querían sumarme motivos de amargura.
Después de un par de años, me crucé en la calle con Federico, un compañero de facultad que había asistido a la fiesta. Conocía a Carmen. Cada tanto, seguía viendo a Vivi. Nos metimos en un bar a hablar un rato. No teníamos muchas cosas que decir de nuestras vidas, por eso enseguida empezamos a hablar de la de los otros. Me contó que Carmen una noche había salido a tomar algo al Viejo correo, un lugar que cerró hace décadas. Vio en una mesa a un tipo que le gustó. Estaba solo. Tomaba ginebra. Parece que era un oso de cabeza rapada. Lo imagino vestido con un jean y una campera negra. Se miden durante un rato. Decididamente, el tipo no es simpático. En un primer momento, a ella le molesta su conducta (la mira fijo, impasible), pero enseguida su indiferencia la seduce. Por eso, decide ir al frente. Arremete con franqueza, como lo hizo conmigo. Se para junto a la mesa del pelado, le da un papelito y le dice: “Te dejo la dirección. Vivo a tres cuadras. Venite a eso de las cinco”. El tipo la mira como si ella lo hubiera insultado. “Voy, pero te voy a cagar afanando”, le aclara.
A las cinco y diez suena el timbre en la casa de Carmen. Atiende rápido para que no se despierte la nena (que duerme en el mismo ambiente que ella, detrás de un biombo hecho con dos sillas y ropa colgada). Para animar el encuentro, Carmen prepara un trago: alcohol etílico mezclado con jugo de naranja concentrado. El pelado no la deja terminar. Se tira sobre ella. Le arranca la ropa. La mujer siente el peso del tipo, sobre todo, en la entrepierna. La fricción y el frío le enrojecen la espalda. La cosa no dura más de quince minutos. Cuando acaba, el pelado no grita, ruge. Después se desinfla sobre la mujer. Al rato, levanta la cabeza. No tiene paz. Es un psicópata puro y duro. Le ordena a Carmen: Dame los aros, putita. Es una artesanía sin valor; pero ella no se lo aclara, se ríe. Cree que es broma. El tipo repite: Dame los aros, putita. Entonces, Carmen reacciona. Reventado hijo de puta, le dice, por qué no te vas a la concha de tu madre. Intenta zafar: está debajo del tipo. En el forcejeo, lleva las de perder. El pelado, que es un verdadero oso, le arranca un aro y le destroza el lóbulo de la oreja derecha. Enseguida, el de la izquierda. Los gritos despiertan a la nena. Ve a su madre bañada en sangre. El tipo, ahora, saca un cuchillo de hoja corta. Lastima a Carmen en un brazo. Amenaza a la nena.
Federico, mi compañero de facultad, dijo que se salvaron porque intervino una pareja de vecinos. Los recuerdo bien. Gente muy piola que siempre cuidó a Carmen. Pasaron siglos de este encuentro, toda una vida. También de los hechos que acabo de contar. La última noticia que tuve de ella es que está viviendo en Los Ángeles. Cada tanto me vuelve su historia a la cabeza. Las dudas que me quedan son muchas, pero creo que la principal tiene que ver con precisar las raíces de la conducta de su agresor. Nunca lo consigo. Mario Gageac, el narrador de la novela de Baron Biza, refiriéndose a su padre, anota: “Mi fracaso por comprenderlo me ataba a él”. Algo de esto me debe pasar con aquel pelado hijo de puta al que ni siquiera me crucé de lejos.

siempre un gusto rondar la narrativa de Consiglio,