El efecto Carolina

26-06-2012 |

El último Martes de Eterna Cadencia estuvo dedicado a una entrevista pública a Carolina Aguirre.

Desgrabación: FP. Foto: Vito Rivelli.

aguirre y zunini

El martes pasado Carolina Aguirre participó de una entrevista pública en la librería. En diálogo con Patricio Zunini y con el público, repasó la experiencia de Ciega a citas y sus enormes repercusiones, habló sobre El efecto Noemí, sobre sus personajes, adelantó algo del policial que está escribiendo para Orsai y reflexionó sobre la profesión de la escritura.

Patricio Zunini: Buenas tardes. Hoy recibimos con mucha alegría a Carolina Aguirre. La presento con un brevísimo resumen a modo de currículum que se podría leer casi en un tuit: Carolina es escritora y guionista, nació en el 78 y tiene tres libros publicados: Bestiaria, Ciega a citas y El efecto Noemí. Vamos a arrancar con una infidencia, ¿me permitís?

Carolina Aguirre: La que quieras.

Hace un par de años quise invitar a Carolina a uno de estos encuentros; la llamé por teléfono y le dije que tenía la intención de hacerle una entrevista pública. En ese momento entró el marido a la casa y la saludó diciendo “Hola, mi amor”. Entonces Carolina me pide que la disculpe un segundo, saca el teléfono y le dice: “no me podés decir eso cuando estoy hablando por teléfono porque van a creer que tengo un matrimonio feliz y que yo soy feliz”. Me pareció genial.

Me debe haber dicho “Hooooola, mi amoooor”, o una cosa así.

¿Por qué esa sensación de que tenés que ser peleadora?

No siento que tenga que ser peleadora. Debe haber sido un chiste y no me acuerdo exactamente qué dijo mi marido, que puede haber sido cualquier cosa. Parece raro: estás casado, sos feliz, te va bien; se supone que tenés que ser sufrido. No es mi caso. No soy ni torturada ni sufrida, ni bebo, ni fumo, ni odio la naturaleza y amo el cemento y la noche. No me pasa eso.

¿Cómo te definís?

Lo que pasa es que hay una visión del artista torturado –no digo que yo sea artista, aclaro– que tiene que llevar una vida sufrida y sacrificada, ser pobre, no vender muchos libros, vivir en monoambiente en una avenida lúgubre y que lo rechacen de las editoriales… y yo no comulgo mucho con eso. Me parece que se puede ser escritor desde un country o en cualquier lado. Se puede ser escritor con hijos, ser feliz, hacerles la leche. Esa visión del artista reventado me causa un poco de gracia.

Hay una serie de características que, cuando uno habla de vos, en general surgen casi como lugar común. Muchos te identifican como “la chica de Internet”. ¿Cómo te sentís con esos encajonamientos?

Es un problema de los demás, yo no lo vivo de esa forma. Esa es la ilusión “cenicientesca” que venden desde los medios, que es: del blog a la tele. Del blog a Hollywood. La “susanboylean”. Les gusta mucho ese enfoque porque es muy vendedor, te enganchan con la idea de que a cualquiera que tenga un blog mañana le puede pasar. Es más ganchero eso que decir: tal sacó una novela porque salen miles de novelas y a nadie le interesa demasiado. Y además yo empecé a escribir en un momento muy particular, que no es ahora. Hoy si alguien escribe un blog parece de lo más normal; en ese momento era más raro, era nuevo, la herramienta todavía no se entendía del todo, nadie conocía bien los límites. Yo estaba en una fase de exploración, haciéndome pasar por otra persona, escribiendo ficción. Me identifican mucho con eso porque fue el momento más importante de la herramienta, por decirlo de alguna manera. Y en tercer lugar, el papel todavía goza de cierto prestigio que Internet no tiene y es muy común que te lleven hacia ese lado despectivamente: “ah, la del blog”, como diciendo “no escribe en serio, escribe un blog”. Creo que es una mezcla de esas tres cosas.

Bueno, vamos a tratar de ir desovillando un poco todo esto. Hay cierta presión porque Carolina ha dicho varias veces que los periodistas siempre le hacen las mismas preguntas y es muy probable que todas estas preguntas ya las haya respondido varias veces. Tiene el buen gusto de por lo menos seguir respondiendo y no tirarme con algo. Es cierto que la tele es lo que te instala como la blogger que ahora escribe una ficción, pero El efecto Noemí se presenta como tu primera novela. ¿Entonces Ciega a citas qué es?

Lo que pasa es que la gente necesita categorizar, yo no lo necesito. Me preguntan “¿pero esto es una novela, es un blog que salió como un libro?”. Yo siento que Ciega a citas es más un folletín a la antigua, que después fue re recopilado en un libro. Pero como formato siento que es un folletín. El efecto Noemí es una novela, por eso dice que es la primera. Para el que lee Ciega a citas y no hace esa diferenciación, para el que no tiene en cuenta de dónde viene, podría ser una novela; pero no fue pensado como una novela sino como un folletín. Cada capítulo se cierra de una forma en la que la continuidad es mucho menos importante que la sorpresa. Hay un efecto y una búsqueda para llegar al final. Es como cuando trabajás un cuento: lo trabajás para el final, para llegar a ese momento. Bueno, en el folletín cada capítulo también tiene ese formato. Vos estás esperando llegar al final para dejar el gancho y que al otro día lo quieran leer de nuevo. En la novela ese efecto la afearía. Si pongo un cliffhanger y pasás una hoja y ya está, es medio tonto. Entonces me parece que están escritos de una manera distinta, pero cada uno lo puede interpretar como quiera.

¿Cómo es la manera de llevar un blog como Ciega a citas, donde había tanta participación del lector?

Los comentarios son una democracia mentirosa.

Está bien. Pero por ejemplo Sebastián Robles escribió la novela Los años felices en base a un blog. Su proyecto era recordar los años noventa, y construyó un texto a partir de eso. Escribía sin programa, entonces a medida que iba recibiendo comentarios, eso le permitía seguir construyendo su ficción. En este caso se ve que hay un programa previo, pero el comentarista tal vez te desarma la ficción.

No, a mí no me pasó nunca. Yo tenía una idea, lo que quería contar, y lo que hacía el comentarista era confirmar o refutar que yo hubiera logrado mi misión. Cuando escribí Ciega a citas me interesaba probar si podía escribir esta historia en 258 capítulos, uno por día, sin borrar hacia atrás. Yo no tenía nada escrito por adelantado, ni tres días, nada; tenía una nube en la cabeza de hacia dónde iba más o menos y plantaba cosas para el futuro, una nube con personajes e ideas, pero no algo tan rígido. Un camino posible. Lo que más me interesaba era probar si en 258 capítulos podía manejar una estructura como esa. O sea, conocer tan bien la estructura como para poder tener una primera línea, construir una historia uno y la dos abajo, todo eso en capítulos, haciéndole creer al lector que eso estaba pasando ahora mismo, en este momento, en otro lugar, en otra calle, mientras ellos estaban en su oficina tipeando. Y mantener la intriga como si fuese la novela de las cinco de la tarde. Ese era mi desafío. Yo necesitaba del lector para comprobar que eso funcionara. Por ejemplo muchas veces construía sin darle información al lector; o sea yo no lo decía “me parece que me gusta mi compañero de banco”, sino que le daba todos los datos y les dejaba un espacio servido para que ellos me avisaran a mí lo que me estaba pasando. Eso es muy de la telenovela: vos das indicios todo el tiempo y el espectador del otro lado le grita al televisor “¡¿no te das cuenta de que te estás enamorando?!”. Eso me gusta mucho, es la participación que yo busco, que ellos completen la idea. Y eso es algo que con Internet lo recibís, porque con la novela pasa pero el autor no se entera.

El 21 de diciembre ¿hubo paro de transporte?

Sí, yo escribía así: si había paro de subte, para que fuese bien real, lo incluía. Si llovía también lo ponía.

O sea que vos no tenías nada programado, no dejabas una semana antes programada en el blog.

No, nunca. El 24 volví a las tres de la mañana para escribir lo que había pasado en la historia el 24 a la noche. Y ellos estaban esperando a que llegara porque yo les había dicho y sabían que iba a volver para contarlo. Sucedía en tiempo real y estaban muy atentos a eso. Por ejemplo decía “salí de la oficina, me metí en tal farmacia” y empezaban: “pero si vos dijiste que trabajabas en la esquina de no sé qué y no sé cuánto, yo me fijé, fui cuatro cuadras alrededor y no hay ninguna farmacia”. Entonces yo contestaba “aaaaa, no la conocés” [risas]. A veces no sabía que estaban tan pendientes, era complicado. Ese era el desafío o el rol de ellos: todo el tiempo arrinconarte o buscar huecos.

Cuando fue a publicarse como libro ¿volviste a trabajar sobre el texto, limpiaste cosas del blog?

Sí, reescribí. Reescribí por lo que te digo: que no es lo mismo en el blog, conde al final dejás una incógnita. Por ejemplo en el final de un capítulo le tocaban el timbre y ella se quedaba quieta. Entonces estallaba, daba F5 y la gente te decía “¡decime quién era!” Y hasta el otro día no decías quién era. En el libro ese recurso una vez, dos veces, tres veces afea mucho el relato. Te cansás, porque das vuelta la página y ya sabés. No existe ese suspenso, es continuado. Entonces todo ese tipo de recursos no están porque es una experiencia solo para el blog.

Hay cierta frescura en el libro que en El efecto Noemí también está, pero se ve mucho más trabajo de reescritura. En la novela se nota mucha más conciencia de que esto no va saliendo uno por día, sino que hubo mucho trabajo en el desarrollo.

Sí, porque también tenés que pensar que yo en Ciega a citas tenía que convencer a la gente. Por eso tuvo que ser periodista, porque tenía que estar más o menos bien escrito, y una chica que trabaja de cualquier cosa quizás no escribe tan bien para que cierre redondo y al final termine con un remate, entonces enseguida la verosimilitud se te va al cuerno. Sin embargo Ciega a citas tenía que tener una sensación de escrito de tirón, de vomitado, de venir furiosa y escribirlo, entonces tenía mucho registro coloquial, muchos giros que quizás si los vieras en una novela, te parecería que están medio mal gramaticalmente, pero se usa. Está hablado. Porque tenía que ser creíble. De hecho el 90% de la gente que estaba ahí, estaba segura de que eso estaba pasando, de que era real. Esto lo hablamos mucho con Hernán Casciari, porque nos interesan mucho los diferentes soportes, el lenguaje, cómo se escribe, cómo no se escribe, cómo es el espectador, cómo es el lector. Y conversando con él me di cuenta de que si era muy verosímil y realista, si yo te lo hacía pasar como que era un blog de una mina que existía, entonces no podían pasar muchas cosas. Para que interesara tenía que ser un poco inverosímil, le tenían que pasar muchas cosas, todos los días tenía que haber algo que me diera ganas de leerlo al día siguiente. Yo entre en la inverosimilitud y la exageración y el aburrimiento, siempre me voy a ir a la inverosimilitud, porque el lector quiere colaborar. Cuando vos tenés un lector que quiere colaborar, que quiere que esto sea real, que exista, y los dos estamos haciendo como un pacto de verosimilitud, podés subir la apuesta. Obviamente, yo empecé a subir la apuesta con los meses. Y una vez que el lector está subido al tren, te dice bueno a todo. Pero si lo largás así al principio no. Por eso cuando arranqué, empecé en un WordPress, que era una plataforma gratuita que cualquiera podía abrir. No podía empezar en un punto com porque no me iban a creer que alguien que escuchó a la madre decir una barbaridad, fue y se abrió un dominio, registró el coso, se hizo el blog. Pero al mismo tiempo yo sabía que tenía una limitación ahí, que no podía hacer un montón de cosas, entonces la gente del server, a través de un amigo mío, hizo como si fuese un mini concursito: el que ganaba le pasaban todo a punto com. Lo organizamos así. Entonces cuando Lucía ganó y se lo pasaron a un punto com, la gente estaba re contenta de que hubiera ganado justo ella [risas]. Todo era un poco así. Hay que dejar que ellos decidan. Yo decía: “voy a participar en este concurso, ay, ojalá gane”. Entonces todos quieren que ganes y cuando ganás, no sienten que es una traición porque se les ocurrió a ellos, ellos te votaron. Por eso son importantes los lectores, no porque te vayan a cambiar el rumbo, porque completan la experiencia.

El libro salió con el nombre de Lucía González y nadie sabía quién era. Cuando se reveló que Lucía González no existía, ¿cómo fue recibido por la gente?

Hay mucha gente que se enojó mucho, muchísimo. Me mandaron mails horribles diciéndome que era una traición horrible, que yo les debía disculpas, que les había arruinado la vida, que les había hecho perder nueve meses de su vida… Yo no entiendo bien cómo perdieron nueve meses de su vida leyendo un texto de una carilla, y además si en esos nueve meses se divirtieron, la pasaron bien, estaban encantados, no entiendo cómo se los. Otros estaban shockeados, otros sospechaban, otros querían que fuera así, otros estaban decepcionados porque me odiaban a mí y les encantaba Ciega a citas, me lo han dicho. En mi otro blog me decían “sos una imbécil, por suerte ahora hay otro blog, Ciega a citas, de una chica que sí sabe escribir y te va a hacer mierda; ojalá le saquen el libro y vos no vendas nunca nada más, pelotuda” [risas]. También me pasó que me lo cuenten: estoy leyendo un blog que es así, y fumarte todo el relato del blog que escribís vos.

Por otro lado es un blog que tiene 258 entregas, o sea que tiene que tener éxito en menos de un año.

Tiene que tener éxito en dos meses.

Claro, entonces ¿cómo se hace para generar una campaña para que en dos meses el boca a boca o las visitas promuevan un blog en esa sábana gigante de Internet?

Es raro, también lo hablé con Hernán [Casciari], que había hecho el Diario de una mujer gorda, y él me dijo: “si en dos meses no saliste en diez diarios, moriste, ya está”. Porque la gracia es que te acompañen, no que lo encuentren en el mes seis y medio, y los blogs en ese momento tardaban un año en llegar a un archivo grande e ir por el boca a boca a todos lados. Yo necesitaba que fuesen dos meses para que pudieran vivir la historia de cero, entonces como no podía hacer nada, no podía usar mis contactos porque no podía decirle a nadie que era yo, lo que hice fue armarlo de la manera más atractiva, simple y condensada posible. O sea que si vos leías el nombre y la bajada y entrabas al blog, entendieses en un minuto de qué se trataba. Por eso cada capítulo tenía que tener un enganche al final: porque si leías uno, te tenía que agarrar. Por eso se llamaba Ciega a citas y la bajada era 258 días para encontrar un novio normal. Vos ya leías eso y no te quedaban dudas de qué era el blog. Después leías “hoy salí con tal, mi mamá me dijo tal cosa”, leías los comentarios, y ya podías ir para atrás. Pero durante los primeros dos meses era muy importante que la historia se entendiese en un post y que yo te clavara el anzuelo en un post. Como estaba muy pensado para que fuera bomba, era raro porque no se sabía si era mentira y había mucha gente enganchada, lo levantaron de muchos diarios y muchas revistas y enseguida vino mucha gente.

¿Vos querés a tus personajes?

Yo en general hago algo que no me di cuenta yo sino Josefina Licitra, y es verdad: trabajo con personajes principales a los que quiero mucho, a los otros los condeno y siempre tengo un coro grotesco, siempre. No puedo hacer que los personajes principales sean grotescos porque eso impide que te identifiques y el chiste se corta rápido. Hago un ejercicio muy fuerte para no hacer ninguna valoración de nada de lo que hacen mis personajes principales, así sea patético. Estoy contando lo más triste y lo más horrendo, y si hay algún adjetivo que detecto con el que los estoy juzgando, me parece feo en el libro. Eso con los principales, a los demás los hago mierda. Y en las novelas de otros cuando veo eso también me pasa: digo por qué vos tenés que meter tu cosa en el relato, salí, egocéntrico. No me gusta nada. Así que supongo que los quiero, o algo así.

A Boris, el protagonista de El efecto Noemí, lo querés.

No sé si es una persona querible. Creo que fui muy buena con él, en ningún momento hice un juicio de valor sobre lo que él estaba haciendo. Tampoco sobre lo que estaba haciendo Noemí. Lo conté con mucha calma. Sobre los otros sí porque ahí me gusta y me despacho bastante poniendo adjetivos horribles, pero con ellos trato de ser muy neutral porque creo mucho en algo que decía Borges que diferencia autores clásicos de románticos: que el autor clásico es alguien que cree que la historia es suficiente para ser contada, que no necesita adornarla ni ponerle ni guiarla, sino que el lenguaje en sí mismo alcanza. Yo creo mucho en eso y tiendo a ser barroca porque me gusta mucho enumerar y adjetivar y esas cosas de principiante, entonces hago un esfuerzo muy grande por ser clásica, porque creo que la historia funciona mejor cuando uno confía en que lo que está contando tiene la suficiente potencia y fuerza y no necesita que yo le agregue mis efectitos.

Hay temas que son recurrentes en los dos libros, por ejemplo la oficina. La oficina como el gran centro neurálgico de poder, de drama, de amor, de vida. Pero no trabajás en una oficina.

No, porque las odio a las oficinas, las odio mucho. Y me parecen lugares horrendos.

¿Cómo llegás entonces a darle vida a una redacción o a una oficina?

Trabajé alguna vez en una oficina, nunca todo el día porque no lo aguanto, siempre encontraba la forma de tener un trabajo en el que me pudiese ir a la tarde a ver clientes, algo así. Pero los ratos que estuve adentro de una me resultaron muy terribles. Me cuesta mucho pensar que hay gente que trabaja nueve horas por día durante toda su vida haciendo algo que no le gusta, me agarra una desesperación que no puedo manejar. Así funciona el mundo, yo entiendo que alguien tiene que archivar en IBM, pero no me imagino a ningún nene en el jardín diciendo cuando sea grande me gustaría archivar en IBM. Hay algo en ese proceso que me resulta muy triste y terrible, pero inevitable. Me atrae porque me parece terrible..

Otro tema que surge es –perdón por el cliché– el infierno de lo cotidiano. La vida de Boris con su mujer, monótona, rutinaria, treinta años casados. De hecho él vuelve a una rutina después: va a la casa cuando la mujer no está, se acuesta con una compañera, juega al fútbol. Inventa de nuevo su propia rutina.

Sí, yo soy muy fan de la rutina, pero me parece que hay buenas y malas. Lo que él busca es lo que él imagina que es una buena rutina. A mí la rutina no me parece sofocante en sí, pero esa rutina de ir a la oficina, volver, pagar las cuentas, me atrae particularmente. De momento no me interesan personajes como un médico que trabaja en África ni un investigador privado que va por la ciudad en la noche, me interesan personajes como estos, que trabajan en una oficina pusilánime y comentan sobre minas y comen con la boca abierta. El horror en lo cotidiano me gusta. Hasta los años veinte en el cine el horror era lo extraño: Nosferatu, el monstruo que venía. Después hubo una serie de películas en las que el horror pasó a ser lo cotidiano. La fabulosa historia del hombre menguante, por ejemplo, que era un hombre que se achicaba y circulaba por su casa y todo lo que era cotidiano –las puertas rebatibles, los zapatos de la mujer tirados con el taco para arriba– le resultaba algo terrible. Hay algo de eso que a mí me gusta mucho: el horror de lo que es normal, la oficina, la familia…

Lucía cuando se va de vacaciones a la casa de la madre habla de La ciénaga, por ejemplo, la película de Luciana Martel.

Sí, que tiene algo de eso también. Me gusta mucho. El horror yo lo encuentro ahí, no en los crímenes ni nada por el estilo, sino en la casa de uno, en la familia, en la oficina.

¿Cómo es el policial que estás escribiendo para Orsai?

Es la primera vez que escribo policial, no sé cómo contarlo sin hacerlo mierda, sin spoilearlo todo. Es la historia de un chef de un hotel, borracho, como casi todos los chefs, medio drogadicto, fiestero, irresponsable… como casi todos los chefs. Y trabaja en el hotel, va a fiestas, tiene un amigo en la recepción y está divorciado de la mujer, que le hace un juicio por alimentos porque es un irresponsable y se gasta toda la plata en salir. Su jefe lo detesta bastante porque él llega tarde y no va a la mañana a recibir los pedidos, que es algo que suelen hacer los chefs para contar lo que les llega, elegir la mercadería. No va nunca, no se despierta. Llegado un punto, el jefe le advierte que si llega una vez más tarde, lo echa, que se acabó, que está harto. Y él vuelve a salir, se va a una fiesta, toma lo que toma siempre, y se vuelve a quedar dormido, se levanta a las 12 del mediodía. En su desesperación por tratar de arreglar ese error, se le ocurre que la mejor idea es ir a hacer una denuncia a la policía y decir que lo secuestraron, que lo tuvieron dando vueltas por los cajeros sacando plata y que después lo liberaron. Va y hace una denuncia falsa. Vuelve a la cocina y el jefe siente pena por lo que le pasó, le dice que debe haber sido muy terrible, que se tome dos días, descanse y que vuelva cuando esté tranquilo. Entonces le parece que es la mejor idea que se le ocurrió en la vida; va a su casa, se tira en la cama, se duerme una siesta de diez horas, no lo puede creer. Al otro día vuelve a trabajar para hacerse el cumplidor y su asistente, el segundo de cocina, que también lo detesta porque ya está podrido de que llegue tarde y él tenga que hacer todo el trabajo, también le dice qué tremendo lo que te pasó, debe haber sido terrible. Vuelve a su casa contento con su plan maravilloso: su jefe le tiene pena, sus colegas se preocupan por él. Se va a dormir y a la mañana siguiente lo despierta la policía, que había estado tratando de ubicarlo, para avisarle que encontraron a los secuestradores. Ese es el primer capítulo, y la historia sigue en cinco más.

En Ciega a citas muchos de los comentarios de Lucía bien podrían ser comentarios de Bestiaria: los enojos que tiene por lo cotidiano, las peleas con los tacheros… ¿Los escribías a la vez?

No. A la vez escribía el blog en Crítica, que se llamaba La peleadora, y Ciega a citas. Lo que decís es algo mío, que aparecía también en La peleadora y que aparece en todo porque me pasa a mí.

La experiencia del pasaje del blog al libro y del libro a la tira fue traumática.

Muy traumática.

¿El trama fue en un juicio, en la productora, o vos también trabajaste dentro de la serie?

No, por suerte no trabajé dentro de la serie. Fue traumática porque se lo vendí a gente muy mala. Con las productoras en general tenés muchos problemas para trabajar, es difícil ser guionista acá. Yo tengo la suerte de que trabajo casi siempre con las mismas empresas, entonces tengo un vínculo hace muchos años y soy bastante mimada, por decirlo de alguna forma.. También tengo una editorial muy buena, que donde también me miman mucho. Entonces no estoy tan acostumbrada, cuando alguien me caga tan mal, pero tan mal, y por todos lados, me shockeo un poco. Quizás otro está más acostumbrado. Pero era gente muy mala, realmente muy mala. Llenos de irregularidades, de ilegalidades, de problemas, de chachullos, mala fe. Mala gente. Y eso me arruinó un poco la experiencia.

¿Si vinieran ahora a proponerte, no te digo una serie porque El efecto Noemí no lo veo para ese formato, pero una película?

Sí, estuve hablando algo de El efecto Noemí para película. Sí, podría ser. Ciega a citas yo lo vendí para tele en la mitad del blog. Ni siquiera había terminado el libro, me compraron medio blog esperando que yo lo terminara. Era el año 2007, yo no tenía mucha experiencia, la verdad. Firmé un contrato que era cualquier disparate, mal redactado, lleno de agujeros, y bueno, ese es un contrato que hoy no firmaría. La industria audiovisual en la Argentina yo ya la conozco casi toda. No he trabajado con todos, pero debo haber trabajado con la mitad y conozco a cada uno. Hay empresas que son bárbaras. Yo trabajo con Patagonic Polka, por ejemplo, y son adorables; gente buena en el sentido de sana: trabajás, te paga, te hace devoluciones interesantes, respeta tu trabajo. No es todo el mundo así. O sea que sí, por supuesto.

Ayer decías por Twitter que lo mejor que puede hacer un escritor es ponerse un abogado.

Sí, porque yo veo que firman contratos muy malos. Acá funciona al revés: no es que tienen un agente y el agente les consigue dónde publicar; para conseguir un agente más o menos bueno tenés que publicar dos o tres libros, que les vaya bastante bien, que sean redituables, tenés que tener posibilidades de internacionalizar tu obra. Porque si es un agente que no tiene contactos, no va a festivales ni a las ferias internacionales, no tiene demasiado sentido. Hay de esos también, y no les sirven a nadie. Entonces la gente tiende a firmar cualquier cosa. Yo lo sé porque como soy muy de hablar del tema, porque me enerva bastante, muchas veces colegas míos me mandaron contratos para que los viera, y son ridículos. No cobran anticipo, cobran 5% en vez del 10% de regalías, contratos que no tienen una venta escalonada, por ejemplo si venden un millón cobran lo mismo que si venden diez, contratos en los que la editorial se queda el 40% de los derechos de agencia, el 40% de la venta. Se quedan con todo y después encima tienen mala distribución, no llegan a ningún lado. Es un libro que va derecho a un estante o a saldos. Yo no le veo mucho sentido a publicar así. Pero volvemos a lo del principio: el fetiche del libro, el fetiche del papel, hace que la gente en su desesperación por publicar firme cualquier cosa. Entonces siento que la figura de un abogado, alguien que defienda tus intereses, que sepa de derechos de autor y que te ayude a negociar y a entender cómo es el mercado, es mucho más importante que cualquier cosa, no es tirar la plata. La gente tiende a creer que pagarle honorarios a un abogado para que te mire un contrato es medio tonto, pero no es así: es necesario porque no sabés qué va a pasar, porque es tu obra y de alguna forma lo que vayas vendiendo es tu jubilación. Por ejemplo Claudia Piñeiro tuvo un juicio tremendo y larguísimo por Tuya; ella firmó un contrato a perpetuidad con ese libro, que se lo publicaron con una tirada y lo repartieron en cualquier lado. El contrato era de ellos, no republicaban y ella no podía hacer nada con esa obra, tuvo que hacer un juicio. En ese momento vos decís bueno, lo firmo, pero después no sabés qué va a pasar y perdés tu obra y esos derechos de por vida. Creo que es muy importante que los autores de todo tipo, de cine, de tele, de libros, salgan de ese corsé de artista “que no entiendo, que no me interesa, que no sé nada”, y se formen como profesionales de la escritura en este sentido: que se asesoren, que sepan, que tengan un agente y un abogado, que se tomen su trabajo en serio. Me parece importante. Siento que hay un agujero, que nadie habla mucho de eso. La gente quiere publicar a cualquier precio.

Tags:

Leave a Reply