“Sirva este escrito para romper un poco el hielo y para decir ciertas cosas de una vez”, dice Carlos Correas en el prólogo a Los Jóvenes (Ed. Mansalva).
Por Carlos Correas.
En Julio de 1952 mi camarada Jorge Masciángioli escribió la novela Los Adolescentes. Exceptuándome a mí, todos los que aparecen en este “sketch” ya intervinieron en aquella; pero al parecer, mi deseado Jorge falseó bastante las diversas máscaras de esos adolescentes; y más aún, cierta predestinación morbosa me ha señalado a mí como el cronista sucesor de un grupo que se especializa en tragar en compañía lo que luego vomitarán a solas. Deberá pues interpretarse a Los Jóvenes como la continuación de Los Adolescentes. El que mi ansiado Jorge haya matado a algunos personajes no es, en absoluto, obstáculo para que los encontremos redivivos; murieron Los Adolescentes; aquí trataremos con Los Jóvenes, ocultos bajo la ropa, removiendo incógnitas juguetonas e inofensivas. Sería yo demasiado petulante si pretendiera reírme o burlarme o compadecerme de ellos. Con la mayoría me he visto pocas veces y a pesar de mi boca infantil, de mis ojos de bebé, de mis anteojos, de mi cuello gordo y de mis uñas sucias, seguimos adelante. A pesar de mis trajes holgados y de mi nuca rapada (qué arcadas exhalan las calles, mon petit Teté; es una nausea enorme que no se resuelve nunca: si para afuera o para adentro. Tú y yo, amado y único Teté, fanfarrón y maniático Teté, encontraremos ese nombre que bien puede ser terrible). A pesar de un poema que ha quedado sin respuesta (que cobardía la tuya, mon cherí Jorge, ¡con razón te rechazan tus artículos! Tú y yo podríamos iniciar tu cambio radical. Tú echarías por la borda a tu Oscar Wilde y a tu Gide y te vendrías a mi lado: así compartirías conmigo mi ración diaria de excrementos: ésta es la única explicación para mi literatura. Y ya verías de qué clase es mi puritanismo, y yo te querría hasta en tu vejez ¡tu vejez! ¿Lo comprendes?) A pesar de mi boca de cloaca, de mi visión correísta, de mi pornografía, de mi matemática del semen (qué poco tiempo hemos tenido, frágil y rubio mujik, pero conseguiremos ese vergonzoso instante en que las palabras están de más; cuando ya no hay más que decir y sin embargo hay que decirlo todo). Y para el cristalino y acaramelado Mario (y qué poco falta para que me conozcas del todo) y para el pálido y tránsfuga Quique (y la nuestra una indiferencia mutua que bien podría discutirse arriba de una cama, aunque ni tú ni yo lo queramos). No he estado yo oculto en la sombra, insignificante, feo y desconocido, acechando la kermesse de un grupo que me regala un espectáculo gratis y al que yo tomo por un juguete bullente y exótico. Si hasta ahora no nos hemos entendido, si hasta ahora yo sigo de espectador, intruso, hermético y fastidioso, es por mi causa. Sirva este escrito para romper un poco el hielo y para decir ciertas cosas de una vez. Habría, por lo tanto, que intentar una nueva comunicación o simplemente aguantar la tormenta. Y bien, adelante, entonces. Ya llegaremos al feliz momento en que podamos hablarnos de la otra manera.
Tags: Carlos Correas, Prólogos