Un perfil del escritor madrileño Fernando San Basilio. “San Basilio debería ser nombrado el mejor narrador español de su generación, sin ambages ni excusas”, dice Jiménez Morato.
Por Antonio Jiménez Morato.

La historia de los mundos ficticios es más amplia de lo que la crítica suele atestiguar. De no ser así no se entendería un libro enciclopédico como el que escribió Alberto Manguel junto a Gianni Guadalupi bajo el título de The Dictionary of Imaginery Places (Guía de los lugares imaginarios en su traducción al castellano), jamás reeditado como debe ser en castellano, por cierto, con el amplio formato de la primera edición donde los mapas podían realmente disfrutarse. Aún así, siempre se citan los mismos casos al hablar de la literatura contemporánea: el Yoknapatawpha de Faulkner en primer lugar, y siempre como ascendiente directo de la Comala de Rulfo, el Macondo de García Márquez y Santa María de Onetti. No es este el lugar destinado para explicar por qué el espacio onettiano es diferente a los otros, sobre todo en lo tocante a su generación y representación dentro de los libros como ya que en La vida breve se puede presenciar su construcción como entorno ficticio. Me llama mucho más la atención, por ejemplo, que no se hable nunca del DF de Bolaño, la Buenos Aires de Borges o la Londres de Dickens como lugares igualmente imaginarios. Que sus nombres, algunas referencias tipográficas y detalles similares coincidan con los de espacios que pueden encontrarse en un viaje físico no los convierte necesariamente en lugares “reales” que deben ser interpretados como espacios físicos auténticos. Me hace mucha gracia, siguiendo el hilo, la gente que viaja a Praga para fotografiarse en los escenarios de los textos de Kafka, los que realizan safaris fotográficos en el Brooklyn de Paul Auster (me ahorro las valoraciones literarias en este caso) o, aunque fuera fuente de riqueza para muchos manchegos avispados, los que pagan por retratarse junto al “verdadero molino” que don Quijote confundió con el gigante Briareo. Bueno, para gustos los colores, como suele decirse. La explicación más socorrida que se me ocurre es que esa predilección por las geografías existentes, o materializables desde el papel al mundo en que nos movemos, se debe a que de algún modo la ficción funciona como explicación de lo real, hace más patente su condición de suplemento y no de sustitutivo de lo experimentable en la vida “real”.
(more…)