La mesa como puesta en escena. Comer como un artificio político. Gozar como un hecho artístico.
Por Luis Diego Fernández.
El gran chef siempre ha tenido algún rasgo de estafador o de showman.
Desde las extravagantes pieces monteés de Caréme, los best-sellers,
y la concienzuda gestión de la carrera profesional con la astuta asociación de
Escoffier con César Ritz, hasta la era televisiva, los chefs inteligentes saben que
no basta con cocinar bien.
Anthony Bourdain, Sucios Bocados
En 1808 B.A. Grimod de la Reyniére publica un libro solitario, curioso y absolutamente denso llamado Manual de Anfitriones y Guía de Golosos. La historia dice que Grimod fue el fundador de la crítica gastronómica moderna (lo que hoy conocemos). Antes, crítica teatral y escritor “sin manos”. Sí, Grimod tenías dos prótesis mecánicas en sus manos. Grimod perteneció, en el sentido de mantener las características típicas, al linaje del dandismo. De Alcibíades a Brummell; de Lord Byron a Baudelaire.
La vida extravagante y “teatral” de Grimod fue un espectáculo que se consumó con una coherencia y carga conceptual difícil de encontrar en otros casos. Grimod, de alguna manera, concibió la mesa como puesta en escena. El cuerpo como actor principal. La mesa fue un microcosmos donde lo gastronómico y sibarita, en rigor, era la punta de lanza de una propuesta política insólita y feroz.











