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Alrededor de Beaubourg. El diario La Nación presenta a modo de anticipo un texto de Lo infraordinario, de George Perec, que describe el impacto que causó en el barrio la aparición del Centro Pompidou:
Lo primero que se ve, saliendo por el lado de la rue Saint-Martin, es la explanada en suave pendiente que modernos malabaristas, funámbulos y saltimbanquis han colonizado espontáneamente desde los primeros días. Basta con que haya un poco de sol para que, desde la mañana, comience la fiesta: de este lado, un grupo de tragafuegos o de rompedores de cadenas, los pectorales brillantes, los tatuajes bien visibles; por ahí, un domador de perros sabios, instalando con un cuidado puntilloso sus alfombritas, su escalerita y la frágil plataforma a la cima de la cual sus guaguaus subirán amablemente a pararse en dos patas, contando hasta trece con la cola; por allá, los prestidigitadores, los mimos, los organilleros; todavía más allá, un saxofonista solitario que improvisa sobre My Funny Valentine, una quenista con dos guitarristas de poncho y un bombo, una sección de cobres bien lustrosos, o un cuarteto de cuerdas que toca preciosamente Boccherini; en todas partes, dibujantes que le dan el toque final al retrato de modelos impasibles en medio de un pequeño círculo de aficionados a los que tanto parecido confunde, vendedores de posters, de caricaturas, de los famosos dibujos de niños pobres de Montmartre, de pochoclos, de helados; repartidores de panfletos que invitan a los transeúntes a ir a escuchar a tal organista en Saint-Eustache o a tal baterista en la Chapelle des Lombards. Y alrededor, en racimos compactos o en grupos pequeños, atareada o indolente, arrogante o atenta, entusiasta o burlona: la multitud.
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