El texto que leyó la escritora española Elvira Navarro en la presentación de Las infantas de Lina Meruane en Madrid.
Por Elvira Navarro.
“Perrault, uf, qué feo nombre”, dice una de las protagonistas del libro que aquí nos ocupa. Sí, en efecto, qué feo suena el nombre de Perrault, y qué tentación de jugar a las hipótesis descabelladas. Tampoco suenan muy bien los hermanos Grimm, con esa eme arrastrándose grimosa, por lo que podríamos aventurar, por ejemplo, que Perrault y los hermanos Grimm estaban tan apesadumbrados por sonar horrorosos que inventaba bellos nombres de mujeres-niñas o de niñas-mujeres, como Caperucita, Blancanieves o Gretel. Sin embargo, luego no podían soportar la música de esas sílabas, y las echaban a rodar en historias en las que había madrastras y brujas muy viejas que comían humanos. Además, y esto es otra hipótesis tal vez no tan descabellada como la anterior, la belleza tiene que ser castigada, ya que sus efectos son difícilmente controlables y no del todo morales. Encerrémosla pues en cuentos con moraleja, en museos, en críticas del juicio donde nos limitemos a exclamar “¡Esto es bello!” delante de cuadros y jardines sin rastro de sublimes románticos. Hagamos que se sienta en jaque y siempre a punto de menguar, como una actriz de Hollywood que acaba de cumplir los cuarenta. Y todo ello bajo el imperio de lo inteligible, la razón y lo serio. ¿Qué pasaría si un día las heroínas de los cuentos decidieran fugarse de las historias que protagonizan porque estuvieran hartas del precio que pagan por figurar? He aquí una de las maneras en las que he leído Las infantas, primer libro de Lina Meruane, que se publicó en Chile en 1998 y que apareció en Argentina el pasado año, en la editorial Eterna Cadencia.
En él nos topamos con unas versiones de Gretel, Blancanieves y Caperucita llamadas Hildegreta e Hildeblanca, y que aquí son hijas de un rey del que huyen. Frescas, indolentes, sensuales, sexuales y tal vez también amorales (quién sabe si fue de este modo como las concibieron sus inventores), Hildegreta e Hildeblanca parecen reprotagonizar los cuentos a su antojo, y así el lobo está a los pies de Caperucita, y las viejas a las que les gusta la carne humana son comidas por un séquito de enanos. A pesar de lo que el resumen argumental pueda llevar a pensar, no hay en Las infantas un ejercicio de venganza, ni por tanto plan previo de los personajes o del narrador.
(more…)