Así se presentó Diana Bellessi en el panel “Río revuelto” del II Filba Nacional de Literatura en el que participó junto con Sonia Scarabelli y Carlos María Domínguez.
Por Diana Bellessi. Foto: Betania Cappato.

En mis años de vida sedentaria en las islas del delta del río Paraná, y en los años nómades de pasar temporadas largas de varios meses también, la complicidad con el río ha sido casi absoluta. Salvo en momento de alta sudestada, en la oscuridad de la noche, cuando el miedo, o cierta aprehensión, se han hecho presentes. Y cuando digo el río, hablo de sus aguas y del movimiento entre la luz y la sombra, y hablo de todas las criaturas que porta, las aladas y serpenteantes, la de las nutrias o lobitos de agua en sus bailes nupciales, las que brillan en sus escamas dentro del cauce amarronado del río, y la de aquellos patitos que todo un otoño vi nadar en la costa de enfrente, gráciles y tiernos un año atrás, y a los que extraño como parientes. El río San Antonio, uno de los brazos del Paraná acercándose al río de la Plata, ha sido fuente de toda pacificación, tanto en mí como en mi escritura, y vino a curar, aún en sus metáforas más revueltas, aquello que el ser humano hace ahí afuera. Como los muertos lanzados por la dictadura en el río de la Plata, cuya sangre evocaban los follajes de robles y cipreses rojeando el atardecer; o la presencia del hambre en el olor escaso de las fritangas los años de desocupación y miseria a fines de los noventa o del dos mil. Pero el río hace siempre su metáfora curadora, el río o el vecino del río, que te acerca un mate o unas papas, y sobre todo, te acerca su mirada, la mirada de ese hombre o esa mujer, paraguayos en su mayoría, que hacen trabajos de mantenimiento o de construcción. Estos ríos amansados ya por su llegada próxima al mar, y cuyas crecidas no te amenazan.
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