Sobre la incomunicabilidad de las experiencias íntimas.
Por Jorge Consiglio.
El conocimiento es una experiencia íntima. Supone el regreso a un pasado que le sirva de contexto, de marco de referencia. La relación es inmediata, casi mecánica. Tiende a neutralizar el estupor ante lo nuevo. En la mayoría de los casos, en realidad, lo que llamamos conocimiento es reconocimiento. La incertidumbre ante lo desconocido, todo aquello que ampara una porción de caos, se reduce cuando confronta con un mapa empírico. Modelos clásicos para respaldar este juicio son los textos que nos dejaron los Cronistas de Indias. Gonzalo Fernández de Oviedo, por ejemplo, es consciente de las dificultades que implica describir lo “nuevo” de forma clara y verídica. En el proemio del Libro Primero de su Historia general y natural de las indias (1546) se pregunta: “¿Cuál ingenio mortal sabrá comprehender tanta diversidad de lenguas, de hábitos, de costumbres en los hombres destas Indias? ¿Tanta variedad de animales, así domésticos como salvajes y fieros? ¿Tanta multitud de árboles, copiosos de diversos géneros de frutas, otros estériles, así de aquellos que los indios cultivan…?” Frente a este desafío, Oviedo recurre a los modelos conocidos para representar las maravillas flamantes de las Indias. Cuando habla de las raposas, dice: “Hay raposas, las cuales son ni más ni menos que las de España en la facción, pero no en el color”. O cuando escribe sobre las ovejas: “son enxutas de piernas e el cuello luengo e muy semejante a los camellos, salvo questas no tienen corcoba como el camello…”. Siempre hay un modelo que sirve de patrón de referencia.














