El autor de Solaris alcanza en Ciberiada relatos que parecen sátiras filosas y a veces ensayos eruditos sobre la felicidad, la relación entre humanos y máquinas, y el orden social.
Por Martín Hadis.
Stanislaw Lem (1921-2006) es considerado uno de los gigantes de la ciencia ficción. Nacido en Polonia en el seno de una familia católica, pero de origen judío, sus obras han sido traducidas a más de 40 idiomas y sus ventas han alcanzado casi 30 millones de copias. Acaso la más conocida de sus obras es Ciberiada, una compilación de relatos que a veces parecen sátiras filosas y a veces ensayos eruditos sobre la felicidad, la relación entre los seres humanos y las máquinas, y el orden social.
Los protagonistas de Ciberiada son dos “Constructores”, llamados Trurl y Clapaucio. Ambos tienen poderes equiparables a los de verdaderos dioses, pero al final de cuentas parecen estar bastante locos los dos. Trurl y Clapaucio recorren el universo solucionando con sus prodigiosos poderes de creación e invención distintas situaciones que se les presentan. Y, aunque bienintencionados, no dudan en desplegar sus facetas más creativas cuando alguien se niega a pagarles por sus servicios.
El ámbito de los relatos es extrañamente medieval: en los cuentos abundan reyes, princesas y dragones, carruajes, castillos y duelos a capa y espada. Pero se trata de un Medioevo extraño, ya que junto a los dragones aparecen naves espaciales, robots antropomórficos, y una capacidad tecnológica e industrial altamente avanzada.
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