El cronista accidental se despide con esta imagen.
Por Juan Martini.
La mujer está sentada en un banco del Parque Independencia, en Rosario. Es uno de esos bancos de piedra, sin respaldo, y la mujer está sentada casi en el medio del banco. Ella sostiene sobre la falda un bebé. Es un día cálido en el invierno de 1944. La mujer lleva un abrigo de color claro, desabrochado, con un par de grandes bolsillos plaqué; una camisa estampada sobre fondo oscuro, de mangas largas y con el cuello abierto sobre las solapas del abrigo; y una pollera de color negro que le cubre las rodillas. Los faldones del abrigo están abiertos y dejan ver su pollera. Ella ha cruzado una pierna detrás de la otra y el pie izquierdo asoma, entonces, a la altura del tobillo derecho. Sus zapatos brillan. Son zapatos de tacos altos, con plataforma, punteras abiertas, y un pequeño moño de tela coronando la boca del zapato. Dos palomas se mueven cerca de los pies de la mujer, una paloma gris y otra blanca. Hay un árbol a espaldas de la mujer, y más allá hierba y la sombra de ese árbol, y más allá un sendero o una calle, y más allá un bosque. Es imposible saber de qué árboles hablamos aunque alguno, un poco más cerca, sugiere la idea de un pino. La mujer sostiene al bebé sentado en su falda, una mano sobre el vientre del bebé y la otra en la cintura. El bebé lleva un abrigo blanco, de lana, tejido a mano, y un enterito. La cinta de uno de los escarpines está desatada, y es como una huella o una falla sobre la pollera negra. La mujer lleva dos anillos en el mismo dedo de la mano izquierda: una alianza y un cintillo. El bebé cierra los puños. Ella tiene un peinado con ondas asimétricas y el brillo propio del pelo sujeto con fijador. El bebé tiene el pelo muy corto, casi al ras. Hay una casa, o tal vez un depósito, atrás, lejos, en el fondo, entre los árboles del bosque. La mujer, con la cabeza ligeramente inclinada hacia la derecha, mira al frente. El bebé mira otra cosa.













