“En el tango los cantores pueden llorar en lo que dicen, pero raramente en cómo lo dicen”, afirma Martín Kohan analizando el decir macho del hombre en el tango.
Por Martín Kohan.

El temor tanguero de parecer una mujer (o de volverse directamente mujer; es decir, lo más terrible: serlo) queda inscripto para siempre no sólo en las letras que se ocupan de tales conjuras sino también, y acaso sobre todo, en el modo de cantar. Las pruebas de la virilidad, antes aun que en lo que se dice, aparecen en la manera de entonar lo que se dice. Una lista eventual de sospechados (Raúl Berón, Jorge Maciel, Charlo, Horacio Molina) debe cada tanto comparecer ante el paradigma garantido de la reciedumbre viril: el tango macho cantado a lo macho, sin tantas suavidades de voz ni mucho menos aflautamientos inquietantes.
“Un hombre macho no debe llorar”, dictaminó Carlos Gardel alguna vez, con palabras de Alfredo Le Pera. La escena de por sí es inolvidable como pacto de confesión masculina: pacto mediado por el alcohol, para que un hombre pueda decirle a otro lo mucho que las mujeres hacen sufrir a los varones. “Tomo y obligo” contiene así una sentencia (“de las mujeres mejor no hay que hablar”) que el propio tango por sí mismo contradice; luego un consejo (“siga un consejo, no se enamore”) de difícil cumplimiento; y por fin una exigencia para el caso de que la regla tropiece con su excepción: “y si una vuelta le toca hocicar / fuerza, canejo, sufra y no llore / que un hombre macho no debe llorar”.












