En respuesta a nuestra curiosidad por conocer las anécdotas y razones detrás de un descubrimiento editorial, Luis Chitarroni cuenta cómo le fue transmitido el interés por el fabuloso Maurice Renard.
Por Luis Chitarroni.
César volvió del coloquio con que lo homenajearon en Grenoble y en Paris en 2004 con un descubrimiento literario que habían hecho Michel Lafon y él: Maurice Renard. Poco tiempo después, generosamente, Michel me mandaba las obras casi completas del autor en la edición de Bouquins que las recopila, una especie de museo portátil maravilloso. Convencí a Natalia y a Diego de La bestia para que hiciéramos alguna de las novelas fantásticas. Remoloneamos. Estábamos casi decididos por Las manos de Orlac, por su prestigio cinematográfico, pero tenía una parte engorrosa, débil en términos estrictamente narrativos. Hasta que un día, en un almuerzo inolvidable, César nos dijo que había traducido Le maître de la lumière y nos la ofreció. Es una novela fenomenal, como se habrán dado cuenta, que revela a un escritor admirable. El querido Michel lo considera en términos formales como uno de los grandes prosistas franceses del siglo veinte, y prometió enviarnos un ensayo sobre la disimulada intromisión de alejandrinos en periodos en apariencia informativos. ¡Un Roussel que no renuncia a las convenciones de ninguno de los géneros! Por lo demás, debemos zanjar esa taradez que se impone, la de los que dan “el mundo por leído” y, cuando uno les menciona a Renard, lo confunden con Jules. Ejemplos que no voy a dar colocan a Maurice a la altura de la rima favorita de Michel, Menard (y del verso libre favorito de César, Cervantes): podemos observar así que, en observancia de un desenlace que desafía la flecha del tiempo, César ha influido sobre su precursor francés. En fin. Hace poco, César me contó que Renard era uno de los autores que leyó con placer Walter Benjamin, de acuerdo, creo, con una lista encontrada en su Büchertagebuch o en el libro de los pasajes.
Por lo que puede apreciarse, el extraordinario libro de Renard es el efecto de dos gestos de generosidad magnífica.