El límite de la concentración.
Por Luis Sagasti.
Si bien todas las pruebas atléticas demandan el mayor esfuerzo, la carrera de los cien metros llanos es la más apasionante de los juegos olímpicos. Acaso porque sea la que pone de relieve mejor que ninguna la idea de límite. ¿Por qué no sentimos lo mismo con las de salto en alto, el lanzamiento de martillo o la maratón? De la jabalina no conocemos el peso y la maratón lleva el karma de no cifrarse en un número redondo sino en ese cuarenta y dos que sostiene la leyenda. Pero si aun fueran cincuenta los kilómetros, tenemos la errada intuición de que en esa competencia el tiempo puede ser superado siempre. En cambio los cien metros parecieran conciliar el orden matemático con el esfuerzo humano. En números redondos: cien metros en diez segundos; casi lo mismo que se tarda en caer desde esa altura. Como con la llegada a la luna, importa quién la pisó primero: ahora sabemos que podemos ir hasta ella. Quién será el primero en llegar al límite. Podemos saber cuan cerca estamos en el tiempo pero no cuanto tiempo nos falta para alcanzarlo.
(fotomontaje vía 
Maurits Cornelis Escher, Spiral (1953)
