Miguel pinta un retrato de Katherine Mansfield a partir del poema “Soledad”.
Por Miguel Fochesatto.
Ya hacen casi veintiocho años del primer encuentro que tuve con un libro de Katherine Mansfield titulado En una pensión alemana. Libro que fue publicado en 1911, cuando contaba ella con sólo 21 años de edad y, aunque en determinado momento, reniegue de este libro considerándolo demasiado prematuro, enteramente juvenil y que era una mentira, en mí -si mal no recuerdo- inmediatamente despertó un interés particular, muy lejos de los motivos por los cuales me lo habían recomendado. Luego quedé definitivamente impresionadado con la lectura de dos relatos breves titulados “Je ne parle pas française” y “Felicidad”, aparecidos por el año 1920. Quedé deslumbrado, definitivamente cautivado.
En sus cuentos siempre iba mejorándose, jamás podría uno suponer un conformismo, que había llegado a una meta ni nada por el estilo, si no todo lo contrario: dejaba bién en claro en su obra la presencia de la insatisfacción que sentía con su técnica. Más aún: esa misma insatisfacción era trasladada para con ella misma, para con su comportamiento, con su actitud hacia la vida.
Nunca me interesé en su “vida privada” -por expresarlo de alguna manera-, me sentí mucho mas atraído por la relación que aparentemente existía desde su mundo interior con la escritura. Trabajaba para perfeccionar y desarrollar su estilo destruyendo toda frontera posible. Mirar incluso desde el afuera -como espiando por una ventana- la prisión en que se encontraba. A pesar de su aparente fragilidad era de una fortaleza inusitada. Una persona notable y de una extraordinaria inteligencia que llegó a ser comparada con las más grandes figuras del realismo ruso, incluyendo a Chejov.
Era dueña de un talento singular. Un talento que le permitía revelar lo subyacente que existe en los pequeños actos casi desapercibidos en la vida cotidiana de las personas y de mirarlos y desmenuzarlos sin piedad. Un aspecto que me remite a Marcel Proust: me resulta casi inevitable no pensar en él.
Con esta frase se malgastan veintidós palabras sin que se diga absolutamente nada sobre el libro del que trata esta reseña. Veintiuna, corregimos. Su autor, Guillermo Piro, quien además de escritor y periodista es un reputado traductor de literatura italiana, escribió al comienzo del prólogo de una traducción que hizo de Las aventuras de Pinocho: “Parece que en un prólogo lo más difícil es la primera frase. Bien: ya la he dejado atrás”. Digamos lo mismo para esta reseña. Más fácil hubiera sido, claro, empezar por el título del libro, o transcribiendo la primera frase para luego continuar: “Así comienza”. Más fácil aún hubiera sido no leer directamente la novela. Con ese sentido de la provocación que supo ejercitar mejor que nadie, Oscar Wilde escribió: “Jamás leo los libros que debo criticar, para no sufrir su influencia”. Y con esto lo que quería decir era que la crítica alcanza su forma ideal cuando se desentiende de la obra que se halla en sus cimientos. ¿Y qué tal si nos propusiéramos la antojadiza misión de no hacer ninguna mención del libro de Piro? ¿Y si empezáramos diciendo, por ejemplo: “El que escribe esta reseña no vacila en plagiar, sobre todo cuando tiene que ganar unos renglones para terminar rápidamente un artículo”. Que esta frase sea un plagio de una frase a su vez plagiada por María Moreno quizá complique un poco las cosas… pero el punto es: ¿por qué no valernos de la digresión para hablar de una novela que tiene en la digresión su principio constructivo?






Lejos de Berlín es en cierta medida un policial clásico, con su detective, su crimen enigmático, su red de intrigas malévolas, sus disparos y sus peleas a puñetes, sus alfombras bañadas en sangre, sus cadáveres en posturas ridículas, sus mujeres felinas y ligeramente putas. Todo esto ambientado en la Argentina de los 40. Delante de ese decorado de película clásica, aparecen: 1. Un detective (“el” detective) que fuma un rato en la escena del crimen y después se las toma y no vuelve a aparecer hasta el final. 2. El héroe: un nazi varado en Buenos Aires con un nombre falso, un pobre tipo que escuchabar Wagner en su tierra natal y que en Buenos Aires termina asistiendo a los espectáculos obscenos del teatro de revistas. 3. Un payaso narcotraficante (nombre: Firulete). 4. Un mixturado de “escena de interrogatorio” con “escena de sexo”. 5. Dedos en el culo. 6. Un científico nazi que busca un arma sobrenatural en Bolivia. Etc.

Estos días con mis nenas leímos varios libros de Isol. Isol (Marisol Misenta) es una reconocida y multipremiada autora e ilustradora de libros álbum, y también es cantante. Varios de sus libros fueron publicados por Fondo de Cultura Económica, como éste que tengo entre manos: Secreto de familia.
En Las ciudades invisibles no se encuentran ciudades reconocibles. Son todas inventadas; he dado a cada una un nombre de mujer; el libro consta de capítulos breves, cada uno de los cuales debería servir de punto de partida de una reflexión válida para cualquier ciudad o para la ciudad en general.