Repasamos la primera parte de la entrevista que Jorge Monteleone le realizó a Diana Bellessi durante la segunda edición del Festival Filba, en la que dialogaron sobre primeras lecturas, el proceso de escritura poética y cuáles son las aventuras ínfimas que nos salvan de la desdicha.

Jorge Monteleone: Siempre digo que mi admiración por Diana Bellessi pasa antes que nada por la amistad, porque en la amistad ella realiza también actos poéticos. Un día, por ejemplo, caminando por Palermo de pronto ella se detuvo y miró cierta parte de la calle. Le pregunté qué pasaba y me respondió “Mirá, mirá el color del sol sobre las ramas”. Donde yo veía un árbol, ella escribía un poema de Diana Bellessi. Y ese es el modo en que aparece la cuestión de la mirada vinculada a una experiencia inmediata en su poesía. Una mirada que es una mirada ética porque en ese pequeño acto ya ocurría lo que sucede en uno de los poemas más bellos de Diana, “La pequeña ventaja”, perteneciente a su último libro Tener lo que se tiene (Adriana Hidalgo editora). Allí la poeta señala el mundo circundante y dice “Mirá eso” y el otro comprende que eso es hermoso y entonces el poema plantea “la belleza es en tanto otro la refrenda”. Este acto de refrendar la belleza de la mirada es situar la poesía en un espacio no jerárquico, sino comunitario, o comunional, como le gusta decir a Diana. Y me parece que aquí tenemos dos características centrales de la poesía de Bellessi que radican en lo que yo llamé en un momento la utopía del habla y la ética de la mirada. La utopía del habla porque se trata de situar la voz del sujeto lírico y poético en un espacio comunional, nunca en una situación solipsista, sino que se trata de una voz atravesada por las voces de los otros, la voz de la mujer, la voz de los oprimidos, la voz de los excluidos, las voces de la calle. Todas esas voces aparecen en los versos de Diana Bellessi y se entremezclan con la voz de la poeta. Por eso, es una utopía diversificada y ampliada del habla poética.
Y también hay una ética de la mirada porque la mirada es aquella que constata lo sagrado del mundo, pero esa mirada no metaforiza ni establece analogías con las cosas del mundo, sino que es una mirada que, a su vez, funda la sacralidad. Y, por lo tanto, es una mirada política. Cuando Diana Bellessi escribe su gran libro Tributo del Mudo, durante la dictadura militar, la mirada allí se vincula con el paisaje y en el paisaje ve el crimen de la historia. Ese paisaje sagrado que parece un templo, donde hay misa permanente en el sentido de lo divino del mundo, se transforma de pronto en un espacio de horror porque hay un crimen histórico y cuando ese crimen tiene lugar se altera el orden divino del mundo. Creo que esto es una herencia de Juan L. donde la sacralidad puede leerse en términos políticos y no ya solamente como doctrina religiosa. Se trata de un sentido de lo sagrado con el cual el semejante forma parte de un orden cósmico. Por eso la poética de Diana es absolutamente política.
Por otro lado, la diferencia de Diana Bellessi con otros poetas del continente es que su poesía es un gran sistema de orden a la vez estructurado y abierto, donde cada libro parece dialogar con otro, y con diferencia de décadas se profundizan motivos, se abisman, se vuelven complejos y se responden entre sí.
Últimamente, por ejemplo, los poemas orientales tempranos de Tributo del Mudo, que es un libro de los años ’80, se conectan con los últimos poemas donde lo oriental aparece nuevamente.
Esta es solo una pequeña presentación de esa obra extraordinaria que es la de Diana Bellessi.
Para comenzar el diálogo, quería preguntarle a Diana, sobre el origen de la escritura, quería saber sobre ese momento, que puede ser un mito personal, en el que un poeta argentino se conecta con su lengua y decide, tal vez sin conciencia clara, ser un poeta. ¿Cómo fue ese momento de iniciación?
Diana Bellessi: Buenas tardes a todos. A mí me parece que era muy chiquitita y ya escuchaba con atención las coplas. Yo me crié en un campo santafesino, un campo alquilado, no era hija de terratenientes, sino de campesinos muy pobres. Se sembraba la papa y se juntaba el maíz a mano, por lo cual en tiempos de cosecha venían bandadas de cabecitas del norte argentino a trabajar en los campos. Venían con la familia y entonces se escuchaban sobre todo las coplas norteñas y yo creo haberme alimentado con esas coplas y haberme enamorado de esas coplas. Luego, también estaban los cuentos folclóricos, pasados por las cocinas y los establos de Italia que traían los abuelos, mezclados después con los cuentos locales. Mi relación con el lenguaje, entonces, fue muy temprana -tendría tres años- y, en principio, fue una relación de oreja. Siempre digo que escribí mi primer poema cuando aun no sabía escribir pero la emoción que sentí, yo creo que es la misma que aún hoy sigo sintiendo cuando escribo un poema. Apelo a esa emoción primera más que al lenguaje escrito.
Me empecé a llamar poeta a los trece, catorce años, al escribir mis primeros versitos. Pero mi relación con la poesía es muy remota.
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