Esteban Castromán habla de 380 voltios, su nuevo libro de cuentos editado por Pánico el pánico. “La paranoia es un campo muy rico como procedimiento de escritura”, dice.
Por Patricio Zunini.
Son cuatro cuentos en los que la violencia irrumpe en lo cotidiano como agente de lo fantástico: una parejita de adolescentes controlados de cerca por la madre de ella va camino a Unicenter cuando él cree ver que una célula terrorista de extraterrestres toma el colectivo; un chico que rebota en un boliche porque está en zapatillas termina perseguido por toda la policía bonaerense por intento de homicidio a un dictador ecologista; un padre agorafóbico confunde maullidos con el llanto de su hijo; una turba de zombies desnudos se adueña del Microcentro.
Esteban Castromán es uno de los creadores de Clase Turista, editorial en la que ha publicado en coautoría el poemario Horny Housewife Kidnapped y el “libro de autoayuda” Manual de supervivencia para los días del gran desastre. Además es autor de La perfección de lo imperfecto y El alud (mención especial en el Premio Indio Rico 2010). A punto de viajar a México para presentar los proyectos de Clase Turista, Castromán habla de 380 voltios, el nuevo libro de cuentos que publicó en Pánico el pánico —qué otra editorial podía publicar un libro que registra diversos niveles de la paranoia— y que él mismo define como “literatura noise”.





A fines de 1983 partí dos meses a estudiar a Berlín Occidental con una beca del Instituto Goethe. Llegué por tren desde Francia atravesando países de noche y por fin las dos Alemanias. El frío de los primeros días de enero, las paradas silenciosas en andenes desiertos, en las que debimos someter los documentos a dos sistemas de gendarmes de frontera, imprimían a la experiencia un carácter irreal y, a la vez, la familiaridad de los falsos recuerdos. Por fin llegamos al Zoo, big bang y ojo absoluto de Berlín oeste, la estación que le servía de ombligo. En la Guerra Fría, parecía haber renacido de allí. Yo llevaba un año en un curso de idioma y lo primero que hice fue sentarme en un bar y pedir una Tomatensuppe. Los mozos no entendieron el pedido. Con el correr de las semanas el habla de los berlineses, en su mayoría refugiados políticos o nacidos en otras ciudades alemanas, empezó a ceder en su opacidad y la ciudad resultó viva, postmoderna como ninguna otra, entregada a la intensidad de la traza anómala y de su exotismo político. A pesar de la euforia del consumo, persistían las reglas del encierro en la ciudadela, rodeada por otro país donde se hablaba la misma lengua pero cuyo sistema era su antítesis –rodeada por las antípodas, podríamos decir.









