El escritor nicaragüense Sergio Ramírez, de paso por Buenos Aires, habló de su nueva novela La fugitiva (Alfaguara).
Por Patricio Zunini. Foto: Rafa Salafranca.
Con casi setenta años y más de cuarenta títulos publicados, el escritor nicaragüense Sergio Ramírez sigue demostrando que la máquina narrativa no se detiene. Este mes acaba de publicar la novela La fugitiva (Alfaguara) que recorre la historia política de los años treinta y cuarenta en Costa Rica a través de la biografía ficcionada de la escritora Yolanda Oreamuño, una mujer que sufrió el peso de la genialidad y la belleza.
El autor de Margarita está linda la mar (por el que obtuvo el Premio Alfaguara en 1998) y del prólogo a Hijo de hombre de Roa Bastos en la edición de Eterna Cadencia, de paso por Buenos Aires, habló de este nuevo trabajo, de los desafíos a los que aún se enfrenta con la profesión del escritor y de los tiempos políticos por venir.
—Dado que la protagonista de la novela existió realmente, la primera pregunta es si esta es una novela de amor hacia ella.
—Sí, claro, porque uno toma un personaje por curiosidad, por admiración o por pasión. Yo tomé este personaje por pasión, una pasión amorosa por una mujer que había tenido una vida muy singular. Me pareció que merecía no una biografía, sino una novela: los límites de la biografía me resultan muy estrechos.













Gracias a la legendaria edición Wilson, inédita hasta ahora en lengua española, Francis Scott Fitzgerald pasó de hacer del fracaso un arte a ser su más grande pensador, su redentor y sobre todo su apóstol, un propagandista del derrumbe poseído por una lucidez brutal, a lo bonzo, que alcanza su tasa máxima de fe en la causa que propaga en el momento preciso, extático, en que sucumbe aplastado por ella. Entre la posición de artista y la de pensador hay un matiz nada desdeñable; haber tramado el complot necesario para llevarlo al centro de la escena es el mérito de Edmund Wilson, que deja entrever cuán profunda y equívoca era su amistad con Fitzgerald, con qué sacrílega sagacidad de insider era capaz de articular la vida y la obra de su ex condiscípulo de Princeton y —last but not least— hasta qué punto la faena de editar puede ser tan capciosamente virtuosa, tan estratégica y también tan exhibicionista como la de escribir o pensar. Es el matiz que distingue al fracaso como peripecia, motivo literario, problema cultural o experiencia histórica, del fracaso como concepto, principio motor, incluso forma de vida.

Todo parecía indicar que podíamos llegar a ser amigos. Tal vez en un sentido tangencial, hasta indirecto, pero amigos al fin. Hasta cierto punto ese carácter ambiguo, esa dirección estaba dada, prevista o preanunciada en los propios relatos de los dos. Porque él, a diferencia mía, no escribía poesía, no había escrito nunca poesía, o al menos no había hecho saber nunca que alguna vez hubiese escrito poesía. Por eso hablo sólo de nuestros relatos. Y porque al menos en mi caso el papel que ocupan lo que cuento y la poesía es muy distinto. Como suelen decir en las malas traducciones: más sobre esto más adelante.