Hernán Ronsino fue declarado por la FIL Guadalajara uno de los 25 secretos mejor guardados de América Latina y Lina Meruane es la flamante ganadora del Premio Anna Seghers 2011.
Eterna Cadencia Editora tiene dos noticias que se enorgullece de anunciar. Por un lado, Hernán Ronsino fue reconocido por la Feria Internacional del Libro de Guadalajara. En su vigésimo quinto aniversario, la FIL Guadalajara eligió –con la asesoría de los escritores Gonzalo Celorio y Sergio Ramírez– a 25 escritores latinoamericanos que representan formas de leer el continente y que, a pesar de no ser demasiado conocidos fuera de sus países, tienen un talento consolidado; en ese sentido los declararon “tesoros literarios a la espera de ser descubiertos”. Ronsino estará presente en la feria y participará en una mesa de diálogo con Juan Álvarez, Jacinta Escudos, Diego Muñoz Valenzuela y Pablo Soler Frost. Cabe agregar, además, que la novela de Hernán Ronsino publicada con el sello de Eterna Cadencia, Glaxo, acaba de ser reimpresa.
La otra buena noticia es que la escritora y ensayista chilena Lina Meruane, autora de los cuentos de Las infantas, es la ganadora este año del Premio Anna Seghers. Este premio que también ganó Fabián Casas en su edición del año 2007, se otorga a autores jóvenes, alemanes o latinoamericanos, que compartan con Anna Seghers el deseo de crear una sociedad más justa y tolerante mediante el arte. Compartimos con ellos la alegría y el orgullo de estos reconocimientos.



Las novelas gráficas son un género cada vez más consolidado, aunque no por eso rígido; al contrario: está en expansión, su desarrollo paciente resiste las crisis que atacan a los libros sin dibujitos y van ganando espacio. En la Argentina estos triunfos se ven en el surgimiento de festivales de cómics y de editoriales abocadas específicamente a este género y a la historieta, como es el caso de Moebius, 




La guerra del Peloponeso, la primera de la que tenemos detalles, causó unos 250 mil muertos. Atenas y Esparta quedaron arruinadas; el vacío fue aprovechado primero por los macedonios, esos rústicos, y luego por la gloriosa Roma, a la que tanto debemos. La Primera Guerra Mundial destruyó tres imperios (el Austrohúngaro, el Otomano y el Zarista, que sin embargo se las apañó para recuperarse bajo la mascarada del bolchevismo). La Segunda Guerra marcó el fin de la hegemonía global de Europa. Los conflictos armados, como se ve, tienen la capacidad de estragar civilizaciones e imperios que parecían formar parte del orden natural de las cosas. Hoy se piensa que las guerra preventivas contra el terrorismo, gatilladas por el infame 11-S, acaso sepulten la Pax Americana.


Voy a hablar de dos libros muy diferentes pero que tienen un elemento o un disparador común: la guerra. Por un lado Tempestades de acero de Ernst Jünger, una autobiografía que el autor escribió durante la primera guerra mundial cuando se alistó como voluntario con diecinueve años. El foco está en la descripción de la guerra de trincheras como novedad en la estrategia bélica. Es un libro muy pensado, desde su primera edición en la década del veinte tuvo cerca de treinta ediciones. Y a medida que adquiría mayor formación como escritor fue intercambiando, con cada reedición, el tono escrito con inocencia, simpleza y torpeza de un muchacho de las afueras de Alemania por un documento teórico filosófico de un pensador contemporáneo. El viejo Ernst corrigió y corrigió el libro hasta que se murió. En ese gesto hay una búsqueda y un tormento, no del todo claros, pero muy presentes.