Durante el mes de noviembre, la ensayista y poeta María Negroni está a cargo de curar los cuentos de la sección de ficción. Eligió textos clásicos que tienen que ver con pintores, o más bien con “la relación entre el mundo y su representación”. Para presentarla, tres de los fragmentos que componen Pequeño mundo ilustrado (Ed. Caja Negra), su último libro.
Por María Negroni.
Enciclopedias
La tecno-arcadia del Capitán Nemo y la Enciclopedia de Diderot y D’Alembert se parecen. Ambas son microcosmos –pequeños cofres alfabéticos—que permiten “ordenar” el caos de la historia, manteniendo a raya lo escurridizo, lo efímero, lo conjetural. En ellas, cada entrada es un espécimen momificado, una reliquia que ha sido aislada del continente referencial de la enunciación (de las violencias del mundo) y que, por eso mismo, tranquiliza.
Como fuere, la Encyclopédie ou Dictionnaire raisonné des Sciences, des Arts et des Métiers fue la primera enciclopedia del mundo (también fue un manual sobre cómo armar una enciclopedia, un tratado sobre el lenguaje, y una oda a la vanidad) y corresponde a Denis Diderot, que la llamó un “grand et maudit ouvrage”, y Jean le Rond d’Alembert la proeza de haber escrito, entre 1751 y 1772, 72,000 artículos que aparecieron en 75 volúmenes, y constituyeron, en su momento, una verdadera máquina de guerra al servicio del Iluminismo.
Que la Enciclopedia representó un vasto título de propiedad o, lo que es igual, que sus nomenclaturas fundan una posesión, en tanto firma humana del mundo, no es materia de discusión. Lo es, en cambio, la función que cumplen –en ese proyecto megalómano—las láminas que ilustran los texos. Fue Barthes quien detectó, en ellas, la súbita filtración del “mal” (¿la voz del deseo?). Su planteo es minucioso: dos planos –uno superior y otro inferior—presentan al “objeto” en imágenes. Si el primero lo capta en su relato novelesco, el segundo lo reduce a una gramática tan cruda y fragmentaria que lo vuelve incomprensible. El resultado es un subrepticio reemplazo de la realidad por “informaciones ensoñadas” o “souvenirs de la imaginación”, un colpaso de la razón triunfante, una constatación somera de que el mundo nombrado no es seguro jamás, siempre quedará fijado en algo que falta, un envés perturbador.
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