La nota de Roberto Bolaño sobre la novela El asco de Horacio Castellanos Moya (Ed. Tusquets). El texto forma parte de su libro Entre paréntesis. Ensayos, artículos y discursos (1998-2003).
Por Roberto Bolaño.
La primera persona que me habló de Castellanos Moya fue Rodrigo Rey Rosa, después de comernos una paella en Blanes en compañía de Ignacio Echeverría. La segunda persona que me habló de él fue Juan Villoro. De esto ya hace algún tiempo. Por supuesto, intenté buscar, sin mucha esperanza, sus libros en dos librerías de Barcelona, y tal como esperaba no los encontré. Poco después recibí una carta del mismísimo Castellanos Moya y a partir de entonces mantenemos correspondencia irregular y melancólica, por mi parte teñida además por admiración por su obra, que poco a poco ha ido engrosando mi biblioteca.
Hasta ahora he leído cuatro de sus libros. El primero fue El asco, tal vez el mejor de todos, el más crepuscular, una larga perorata en contra de El Salvador, y por el cual Castellanos Moya recibió amenazas de muerte que lo obligaron a partir, una vez más, al exilio. El asco, por supuesto, no es sólo un ajuste de cuentas o la expresión de profundo desaliento de un escritor ante una situación moral y política. Sino también un ejercicio estilístico, la parodia que hace Castellanos Moya de ciertas obras de Bernhard y también una novela para morirse de risa. Lamentablemente, en El Salvador muy pocas personas han leído a Bernhard, y aún muchas menos mantienen vivo el sentido del humor. Con la patria no se juega. Ésa es la divisa y no sólo en El Salvador, también en Chile y en Cuba, en Perú y en México, e incluso en Austria y más de otro país y región europeas. Si Castellanos Moya fuera bosnio o kosovar y hubiera escrito y publicado este libro allí, seguramente no hubiera tenido tiempo de tomar el avión. Aquí reside una de las muchas virtudes de este libro: se hace insoportable para los nacionalistas. Su humor ácido, similar a una película de Buster Keaton y a una bomba de relojería, amenaza la estabilidad hormonal de los imbéciles, quienes al leerlo sienten el irrefrenable deseo de colgar en la plaza pública al autor. La verdad, no concibo honor más alto para un escritor de verdad.
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