En el segundo número de la revista Mancilla Pablo Gasloli retoma la controversia que se generó alrededor de El Aleph engordado de Pablo Katchadjian, señalando el mismo procedimiento realizdo por Borges.
Por Pablo Gasloli.
A los cincomohos
Tengo en mi mesa uno de los doscientos ejemplares de El Aleph engordado que en el año 2009 distribuyó la Imprenta Argentina de Poesía. En diciembre de 2011, María Kodama –heredera universal de Borges– le inició un juicio penal a su autor, Pablo Katchadjian, por plagio. De ese error parte este trabajo.
I.
Un momento político ocurre cuando la temporalidad
del consenso es interrumpida, cuando una fuerza es
capaz de actualizar la imaginación de la comunidad
que está comprometida allí y de oponerle otra
configuración de la relación de cada uno con todos.
Jacques Rancière
A estas horas no es ya un secreto que El Aleph engordado (2009), así como su predecesor, El Martín Fierro ordenado alfabéticamente (2007), pasara casi inadvertido al público lector. Esto obedece, principalmente, a dos razones: la escasa tirada por parte de la Imprenta Argentina de Poesía (IAP) que dirige Katchadjian y, simultáneamente, el magro espacio que la crítica literaria de los suplementos y revistas destinó a ambos libros. A excepción de la conferencia pronunciada por Cesar Aira y de los artículos de Juan Terranova, Ezequiel Alemián y Alfredo Jaramillo, no ha habido mayores comentarios en las páginas de la crítica. ¿Por qué habría de haberlos? Creemos que entre ambos libros se teje una escena de disenso, una aventura literaria que es a la vez la expresión más potente de las voces contemporáneas de la literatura argentina. Las operaciones que realiza Katchadjian, en el centro del canon, hacen perceptibles nuevas y críticas posibilidades de hacer literatura. Y en la ambigua situación que vive la crítica literaria en tiempos de la reproductibilidad digital, la balanza desnivela –usualmente– hacia los nichos cómodos de la industria cultural. El silencio, ahora, se cobra retroactivamente.



Aquel invierno había nevado a pedir de boca.





Hay lecturas obligatorias, inútiles, formativas y reveladoras, es cierto. Y no hay lector que no lo haya experimentado alguna vez: encontrarse en medio de una lectura y sentir la necesidad imperiosa de recomendar ese libro a alguien. De pronto surge esa persona y son dos ahora los que están leyendo; uno lee por el otro con esa hermosa sensación de tener entre sus manos algo revelador y al mismo tiempo íntimo. Tiene que leer este libro, piensa uno; y en esa especie de mensaje cifrado para sí mismo surge la evidencia: la noción del tiempo se desbarata, retomar la lectura es querer postergarla todo lo posible. Ahora es fácil advertir que ocurre algo profundo y determinante: te asomás con vértigo al borde del libro temiendo su final. Algo de esto me sucedió cuando leí por primera vez Crónica de un iniciado de Abelardo Castillo. Según el propio autor le llevó treinta años escribir esta novela formidable ambientada en la ciudad de Córdoba, allá por los años sesenta, con todo lo que eso política y socialmente significa. Su personaje principal es Esteban Espósito, joven escritor, poeta maldito que hará un pacto fáustico con el diablo, a la manera de un Dostoievsky o un Thomas Mann, luego de treinta y seis horas en una ciudad que, como diría Borges, resulta tan anacrónica como Buenos Aires cuando llueve. Sólo en Marechal y en Saer encuentro una experiencia poética semejante, un modo de exigirle tanto al lenguaje hasta lograr un puente tendido entre la realidad y el modo tan particular que tiene de vivir un artista. Hay algo de Impresionismo en ese universo que recrea el autor de El que tiene sed, cierto hallazgo de lo real que inquieta y emociona, como cuando dice: “Melancolía o no sé, algo parecido al dolor, una vaga tristeza de sí mismos que caracteriza a ciertos hombres que tienen necesidad de regresar a lugares, pasar por antiguos zaguanes, sentarse en inmóviles plazas de ciudades o pueblos en los que quizá estuvieron sólo una vez”. Cuando leo esta novela de Abelardo Castillo me sucede algo muy similar a cuando me interno en la literatura de Henry Miller, mientras en un caso estoy leyendo al escritor postergado por sus experiencias vitales (uno siempre está leyendo al Henry que algún día va a escribir una gran novela) en el caso de Crónica de un iniciado tengo la sensación de estar frente a la radiografía metafísica de un poeta: su manera de contemplar el mundo un instante antes de que la palabra se materialice finalmente sobre una hoja en blanco.


