El tercer cuento de la selección de Luis Chitarroni para la ficción de este mes es de César Aira y está incluido en La trompeta de mimbre (Ed. Beatriz Viterbo).
“El espía” presentado por Luis Chitarroni:
El remordimiento y la angustia que me produce este cuento de Aira era lo único que persistía hasta que lo releí gracias a Florencia Parodi, porque mis ejemplares de La trompeta… los fui regalando, como se desprende uno de las cosas que ama para divulgarlas, sin hacernos los altruistas ni los generosos. Y la inmediatez y la vergüenza. Por algún secreto oscuro y genial, la veracidad narrativa entra en escena subrepticiamente y se ocupa de nosotros, como si cada línea que invadiera los ojos se convirtiera en un renglón propio –de uno–, como si la acción del relato fuera la vida misma. De más está decir que el recurso de lo autobiográfico nunca redunda en Aira. Y que la secuencia proporcional de realidad convertida en pasado urge como el reclamo de antídoto que acaso no nos merezcamos, con Menem, su ministro de economía y todos los componentes de intriga palaciega como si fueran hilachas silábicas de la década del noventa en una novela lejana, de capa y espada. O en una puesta escena que reemplazara los tópicos del género con detalles equivocados, nimios, que enfatizaran la ingravidez siniestra de los reales.
Por César Aira.
Si yo fuera un personaje de una obra teatral, la falta de verdadera privacidad me provocaría un sentimiento de desconfianza, de inquietud, de sospecha. De algún modo, no sé cómo, sentiría la presencia del público, silenciosa y atenta. Estaría consciente todo el tiempo de que mis palabras son oídas por otros, y si bien eso le puede convenir a alguna parte de mi conversación (hay cosas inteligentes que uno dice para lucirse ante la mayor cantidad posible, y de hecho hay veces en que uno lamenta que no haya un público para apreciarlas), estoy seguro de que habría otras partes que necesitarían ser pronunciadas en una intimidad auténtica, no ficticia. Y serían las partes más importantes para entender la trama: en ellas se basaría todo el interés y el valor de la pieza. Pero su importancia no estimularía mi locuacidad; todo lo contrario: me tomaría al pie de la letra la exigencia de secreto, como he hecho siempre. Directamente, preferiría no hablar. Diría: “vamos a otro cuarto, tengo que decirte algo importante que nadie debe oír”. Pero ahí caería el telón, y en la escena siguiente entraríamos al otro cuarto, que sería el mismo escenario con diferente decorado. Yo echaría una mirada a mi alrededor, olería lo inefable… Yo sé que en la ficción no hay platea, y en mi carácter de personaje lo sabría más todavía, porque mi existencia misma estaría fundada en ese conocimiento, pero aun así… “No, no puedo hablar aquí tampoco…”. Claro que entonces, convencido al fin de que el escenario va a seguirme hasta el fin del mundo, podría salir del paso diciendo cosas anodinas, no comprometedoras, sacrificando el interés de la pieza. Pero eso es justamente lo que no podría sacrificar jamás, porque de ello dependería mi existencia en tanto personaje. De modo que llegaría el momento en que no habría más remedio que hablar. ¡Pero aun entonces me resistiría, presa de un horror más fuerte que yo! Mi boca estaría sellada, las claves de la circunstancia (al menos las claves de las que yo dispusiera) no podrían salir a la luz, de ninguna manera, ¡jamás! Y vería, con la impotencia de una pesadilla, desvanecerse una franja, grande o chica, quizás importante, inclusive fundamental, del valor estético de la pieza. Por culpa mía. Los demás personajes, desorientados y como mutilados, empezarían a moverse y a actuar como fantoches, sin vida, sin destino, como en esos dramas fallidos en los que no pasa nada…
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