Agradecemos a la editorial independiente 13 x 13 que nos cedió el prólogo de Alberto Laiseca a las cuatro obras de E. A. Poe reunidas en The Stylus: “A todas estas ‘humoradas repelentes’ (según el decir de ignorantes críticos) me las inspira el humor de Mr. Poe, naturalmente. Yo lo leí mejor que otros”.
Por Alberto Laiseca.
Es para mí un misterio la razón por la cual el humor de Poe no tuvo continuadores. Se me dirá: “Cada escritor tiene su propio sentido del humor. Caso contrario nos andaríamos imitando unos a otros”. Cierto. Pero podrían existir aproximaciones, afinidades. No las hay. Al contrario: el sentido del humor de Edgar Allan Poe despierta hostilidad. Para muchos (y lo incluyo yo a Julio Cortázar) lo suyo no es más que muecas horripilantes o sonrisas de calavera.
Escribe Cortázar en sus comentarios a El Rey Peste: “Shanks ha visto aquí ‘una bufonada increíblemente estúpida e ineficaz’. Quizá cupiera ver también un gran fracaso; la primera mitad del relato es excelente, y la descripción de Londres bajo la peste parece digna de cualquiera de los buenos cuentos de Poe; pero hay algo de callejón sin salida al final…”. También cita Don Julio a Stevenson, archienemigo del humor de Poe: “Para R. L. Stevenson, ‘el ser capaz de escribir El Rey Peste había dejado de ser humano”. Un poco exagerado, ¿verdad?
Me llama mucho la atención que si bien la poesía y los cuentos de terror del Maestro son hoy universalmente admirados (a sus ensayos, incluso, si bien se los discute se los respeta), casi toda su obra satírica y humorística es vigorosamente negada. ¿Cuál es el motivo? Para averiguar las profundas razones yo debería ser Sigmund Freud. No lo soy, claro está, de modo que no aventuraré hipótesis psicológicas. Pero que el rechazo masivo me desagrada mucho es cosa clara.
Vuelven a imprimir Aventuras de un novelista atonal justo cuando se cumplen veinte años de su primera edición. El ochenta y dos fue un año significativo para la literatura argentina y para la obra de Laiseca celebrada entonces por su originalidad y desparpajo, pero más ponderada por su desobediencia al canon narrativo oficial. Por entonces se conocía su primer libro, Su turno para morir, y, subterráneamente, se rendía culto a sus inéditos Cien poemas chinos y a sus lecturas de los primeros fragmentos de Los sorias. Se trataba de un culto social a la “atonalidad” de un autor que sabía librarse del tono de la época y que desde entonces sigue su camino a espaldas de una demanda que combina la mesura en el lenguaje con la trivialidad de los temas. A comienzos de los ochenta Laiseca venía a ofertar desmesura temática y naturalidad en la lengua narrativa. Nada en ella es impostado, porque no escribe con la lengua hablada —ese artificio magistral del grado cero del decir— sino con la lengua natural de la literatura, que, en la parodia, remite permanente a la épica y a los orígenes de la novela. La obra de Laiseca diseminó una inolvidable fauna de magos, políticos, conspiradores, escritores, santos, linyeras, perversos e inventores y todos han quedado en nuestra literatura persiguiendo sus respectivos ideales de perfección y sus diversas tragedias.



