Una lectura del libro basado en el corto animado de Kunio Kato y Kenya Hirata que ganó el Oscar en 2009: La casa de los cubos (Ed. por Adriana Hidalgo).
Por Coni Salgado.
Un niño arma una torre de cubos. Al llegar a lo alto de la torre, apuesta a poner un cubo más. La torre, si está firme, no se caerá.
El corto animado dirigido por Kunio Kato con guión de Kenya Hirata (ganador del Oscar como mejor cortometraje animado en 2009) incentivó a una editora a publicar una hermosa historia en papel. Al igual que el corto, el libro desborda de nostalgia y belleza. La editora, Adriana Hidalgo, acaba de ser reconocida por su labor en la Feria Internacional del Libro de Guadalajara. En las palabras de agradecimiento recuerda a su padre, a quien le rinde homenaje con la calidad editorial que hoy ve entre en sus manos.
En la misma feria, la más grande de Latinoamérica, hay un pabellón especial dedicado a Chile que parece tener ventanas en el techo. Ventanas que simbolizan una apertura total hacia las ideas y los sueños. Ventanas abiertas al mundo. Ventanas que miran al cielo.
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Están desapareciendo los gatos del Botánico. Y yo dejo a un costado la novela y me miro la espalda en el espejo. Me busco las alas. Me pregunto si pronto empezarán a salirme o si padezco el síndrome del ángel, como el protagonista de la historia. Me busco el hueco, no lo encuentro, no parece empezar a elevarse la piel para que aparezca nada parecido a una pluma ni varias plumas juntas formando una impresionante herramienta de vuelo. No soy pájaro aún y por el momento sigo siendo una mujer que lee una novela juvenil. Sin embargo, hago otra pausa y no sé bien por qué, no puedo dejar de mirar el cielo.
Hace un par de años, le escribí una carta a Papá Noel para mis dos ahijados, Juana y Matías. Me pareció que regalar vida es algo que no tiene precio, y que, aunque tiene costo, es de una alegría incalculable. Además carece de manual de instrucciones y el efecto lúdico no es algo que pueda predecirse. Lejos del aburrimiento, el regalo era simplemente perfecto. ¿Cuánto es?, le dije al chico de la tienda de mascotas. Ochenta y redondeamos. Así fue como dos conejitos llegaron a mis manos en vísperas de Navidad. La tarde previa a la Nochebuena, me la pasé armando corrales de cartón sobre el pasto, acariciando el pelaje más suave del mundo y jugando como una nena. Todo aquel que pasaba a saludar por la quinta me decía lo mismo. ¿Esos conejitos son para tus ahijados o en realidad los compraste para vos? Esa misma tarde cuando mi ahijado vino a buscarlo, debí responder un extenso cuestionario acerca de la forma en la que conseguí que el gran Santa me privilegiara haciendo una entrega a domicilio por adelantado. Sin muchas respuestas convincentes, mi ahijado se fue abrazado a su mascota con toda la felicidad dibujada en su sonrisa desdentada. Lo mismo pasó con Juana y sus hermanas. Delirio absoluto, turnos para dormirlo a upa y el conejo paseando en cochecito de muñecas. Los padres de mis ahijados todavía recuerdan ese diciembre. Después de unos días, por suerte, volvieron a hablarme. Otra vez, fui por peces… el agua debía ser cálida, el alimento no excesivo, cuidado con el sol. Las piedritas. Algo de verde. El pez era negro como el azabache. La cola larga de seda flameaba por el agua en cámara lenta. Los ojos saltones. Una belleza. Doce pesos.
En tiempos de ciento cuarenta caracteres, escribir para niños pequeños se convierte en un desafío aún mayor. ¿Llegó la literatura infantil minimalista? ¿Desaparecieron las historias románticas barrocas con onomatopeyas y descripciones exageradas?
¿Pueden los personajes de un libro salirse de las páginas y meterse en otro cuento? ¿Se puede volar a través del tiempo y modificar el final de la historia? En el libro Fuego de Dragón, todas esas cosas son posibles. No se trata de un cuento cualquiera, sino de uno creativo y sorprendente, cuya característica más llamativa es el salto de los protagonistas de una historia a la otra.
Esto sucedió hoy. El escenario es uno de esos supermercados gigantescos. Estoy perdida entre las góndolas. No encuentro el dulce de frutillas. Mientras miro hacia adelante y hacia ambos costados la infinidad de pasillos, empiezo a escuchar algo parecido al maullido de un gato que repite: mamá… mamá… mamá… Cuando me doy vuelta, solo estamos en el supermercado él y yo (afuera hay sudestada, a quién se le ocurre ir al súper). Un poco más lejos, un señor que suelta el pan y nos mira de reojo.
¿Quién puede resistirse a un libro cerrado? ¿Y a muchos libros cerrados en un mismo momento y en un mismo lugar? Bucear las librerías quizás sea una de las cosas más lindas de la vida. Sumergirse en los libros en busca de ninguno, o de aquel del que tanto nos hablaron, puede ser la aventura más necesaria y saludable del día, la semana, el mes o el mundo. Puede ser un acto íntimo o compartido, pero es sin dudas un encuentro profundo con uno mismo.
Para la astrología la posición de los astros en el zodíaco a la hora en que llegamos al mundo, determina cuál es nuestro signo y hacia dónde vamos. Nací un 21 de diciembre, el posicionamiento del sol y de los planetas determinaron que mi suerte y temperamento estarían regidos por Sagitario. El horóscopo dice que mi signo es uno de los de fuego. No creo en los horóscopos. Aunque tal vez sí creo en el fuego… Podría mirarlo durante horas sin aburrirme: los dibujos en las llamas no se repiten, las chispas siempre danzan hacia espacios diferentes. Y quien tenga el fuego a su cargo, sin duda se sentirá importante porque en la obstinación del fuego por extinguirse, quien logra desafiarlo y mantenerlo vivo, se convertirá en el héroe del asado o en el experto del refugio montañés. La amenaza de su extinción nos llevará a desearlo con más fuerzas todavía. A darlo todo por él.


