La edición de Cuenco de Plata de Eisejuaz, de Sara Gallardo, está prologada por Martín Kohan.
Por Martín Kohan.
Toda ficción nos convoca a suspender nuestras creencias para poner, en su lugar, un sistema de creencias diferente. El pacto de lectura de Eisejuaz parece en principio proceder del mismo modo. Sin embargo, no tardamos en advertir que estamos ante un caso muy distinto, que estamos ante un libro excepcional. Porque una vez que, como lectores, dispusimos esa habitual suspensión de certezas previas, una vez que aceptamos descreer de lo sabido para poder creer de otro modo, en ese espacio así despejado Eisejuaz prefiere no poner nada. Las creencias desplazadas no encontrarán su reemplazo desde el mundo de la ficción. Lo que en cambio proporciona Eisejuaz es un estado de vacilación perdurable, que no podrá –ni querrá– resolverse. No se trata, por supuesto, de esa clase de vacilación propia del género fantástico o de lo maravilloso, que cuando se publicó por primera vez este libro, en 1971, está ya tan fuertemente codificada en la literatura argentina que hasta puede equivaler a una certeza.






Un coche policial de incógnito vigila el barrio donde transcurre Una misma noche, de Leopoldo Brizuela. No es un patrullero, pero es un coche policial, y a nadie se le pasa por alto ese hecho. El lector de la novela bien podría esperar un Ford, y más concretamente un Ford Falcon, y más concretamente un Ford Falcon verde. Porque es lo que la convención de las representaciones de esos años (incluyendo a la memoria como sistema de representación) predispone y naturaliza. Y es por ende lo que predispone y naturaliza también la convención del realismo literario, en su pacto inalienable con la tipicidad, en su búsqueda primordial de lo reconocible. Es la clase de verdad que tantas veces la literatura indaga, la que encuentra en la realidad misma y ejecuta realismo mediante, la que en principio le garantiza un consabido carácter político.




