José María Brindisi, autor de Placebo, recomienda regalar a un amigo este policial negro de Raymond Chandler como una declaración de principios y de lealtad.
Por José María Brindisi.
El lugar común o la lectura superficial –o la no lectura, el guitarreo de sobremesa basado en pérfidas contratapas– quieren otra cosa, pero lo cierto es que la novela emblemática de Raymond Chandler, una de las cumbres del policial negro o simplemente una de las mejores historias que jamás se hayan escrito, es antes que nada una novela sobre la amistad. Por encima de los malos bien malos, mas allá de las mujeres glamorosas con corazones de piedra (la única salida que les han dejado, a fuerza de golpes), mas allá de las reglas con las que el género obliga a interactuar, Marlowe alcanza allí el límite de sus posibilidades dramáticas, y por eso resulta tan conmovedor. Es posible que no exista otra novela en que la lealtad, al menos en su faz irracional o intuitiva –la convicción de creer ciegamente en el otro–, haya sido llevada a tal extremo.
En ese sentido, aunque también en muchos otros (la buena literatura posee siempre múltiples usos), El largo adiós es el libro ideal para regalarle a un amigo, una suerte de pacto escrito, sí, pero por otro; algo así como una rotunda declaración de principios. Demasiado seguido nos toca escuchar el latiguillo favorito de los cínicos: la literatura no sirve para nada, bla bla bla. Qué mentira tan autocomplaciente, queridísimos colegas: un solo libro es capaz de cambiarnos la vida, al menos por un rato.
A mí me la cambió, sin duda, cuando lo leí por primera vez en plena adolescencia. A mi alrededor todo se derrumbaba, y yo comprendí con El largo adiós que casi todas las cosas que valían la pena eran en el fondo estúpidas, pero solo en el fondo, y que necesitaban siempre de una fe ciega. La de Marlowe es a prueba de balas. Aunque con frecuencia termine solo como un perro, y la tristeza se lo lleve puesto.

