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Cuentos crueles

Thursday, July 26th, 2012

Una lectura de los Cuentos Crueles de Saki ilustrados por Irene Singer (Ed. Comunicarte).

Por Coni Salgado.

sakiDice la contratapa del libro que:

Una fría noche de noviembre de 1916, durante la Primera Guerra Mundial, Saki se encuentra agazapado en una trinchera en tierra francesa. “Apaguen ese maldito cigarrillo”, se le escucha decir en un momento dado, y al siguiente, la bala del francotirador le agujerea la cabeza. El destino le ha reservado un final digno de sus cuentos. Tenía 46 años y era un escritor de fama.

El primero de los Cuentos crueles me lleva directamente a una experiencia personal. Subo al auto y saludo a los cuatro hijos de mi amiga. En el asiento de atrás del auto están las tres nenas de seis, cinco y cuatro años, y el bebé de diez meses en su sillita. En el auto hay cuentos, caramelos de cumpleaños, carteras de peluche, bebotes de goma, lápices, figuritas y muchas cosas más desparramadas. El bebé me mira y se ríe. Le doy la mano. Una de las nenas (mi ahijada) se quiere pasar adelante. Le digo que no, que recuerde la vez que el policía frenó con la moto junto al auto y le dijo que no tenía que estar a upa mío. Se acuerda de eso y no le gusta. Empiezo a hablar con mi amiga, nos olvidamos de las nenas. Escucharnos se complica. Las nenas cantan y gritan. El bebé mira a sus hermanas, se ríe de verlas y se concentra después en la ventana. Pasan unos minutos y no entendemos bien por qué, pero las tres hermanas se pelean por el lugar, por el cuento, por los caramelos, porque sí. Desde el asiento de adelante me es difícil calmar la situación. No sé qué decirles.
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El casamentero

Thursday, June 2nd, 2011

Un diálogo exquisito como las ostras que el personaje se lleva a la boca. Incluído en los Cuentos de humor y de horror (Ed. Anagrama).

Por Saki.

cuentos de humor y de horrorEl reloj del comedor dio las once con la respetuosa prudencia de alguien cuya misión en la vida es ser ignorado. Cuando el paso del tiempo hiciera imperativas la abstinencia y la migración, las luces darían la señal en la forma acostumbrada.

Seis minutos más tarde Clovis se acercó a la mesa con la ferviente expectativa de quien ha comido esquemáticamente y mucho tiempo atrás.

–Me muero de hambre –anunció esforzándose por sentarse con gracia y leer el menú al mismo tiempo.

–Lo imaginé –respondió su anfitriona– al ver que ha sido usted casi puntual. Debí advertirle que soy una Revolucionaria Alimenticia. He pedido dos cuencos de pan y leche y algunos bizcochitos dietéticos. Espero que no tenga inconveniente.

Clovis pretendió después que no había palidecido durante una fracción de segundo.

–De cualquier modo –dijo–, no debería usted bromear con tales cosas. Esa especie de gente existe en realidad. Sé de quienes las han conocido. ¡Pensar en todos los manjares que existen, pasarse la vida masticando aserrín, y enorgullecerse por añadidura!

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La reticencia de Lady Anne

Thursday, September 23rd, 2010

Los cuentos de Saki desenmascaran con humor irreverente las grietas de la sociedad victoriana. “La reticencia de Lady Anne” está incluido en la antología Cuentos breves para leer en el colectivo II, con selección y prólogo de Maximiliano Tomas y traducción de Luz Freire publicado por Editorial Norma.

Por Saki.

cuentos breves para leer en el colectivo 2Egbert llegó a la amplia sala poco iluminada con la actitud de un hombre inseguro, que no sabe si está entrando en un palomar o en una fábrica de explosivos, pero listo para enfrentar cualquiera de las posibilidades. La pequeña discusión durante el almuerzo no había concluido, y el asunto era averiguar hasta qué punto Lady Anne estaba dispuesta a reanudar o suspender las hostilidades. Su pose sobre el brazo del sillón junto a la mesa de té era más bien rígida y forzada; en la penumbra de la tarde de diciembre los quevedos de Egbert no lo ayudaban casi nada a distinguir la expresión del rosto de Lady Anne.

Para romper el hielo que tal vez flotara en el ambiente, hizo un comentario sobre la calidad sombría de la luz. Tanto él como Lady Anne solían hacer esa observación entre las cuatro y media y las seis de la tarde durante el invierno y fines de otoño; formaba parte de su vida marital. No tenía respuesta precisa, y Lady Anne no aventuró ninguna.

Don Tarquinio estaba acostado en la alfombra persa, aprovechando el calor de la chimenea con soberbia indiferencia hacia el posible mal humor de Lady Anne. Su raza persa era tan pura como la alfombra, y su pelaje lucía ya el esplendor de su segundo invierno. El sirviente, que tenía inclinaciones renacentistas, lo había bautizado con el nombre de Don Tarquinio. De ser por ellos, Egbert y Lady Anne lo habrían llamado Pelusa, sin duda, pero no eran personas insistentes.

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