Una lectura de los Cuentos Crueles de Saki ilustrados por Irene Singer (Ed. Comunicarte).
Por Coni Salgado.
Dice la contratapa del libro que:
Una fría noche de noviembre de 1916, durante la Primera Guerra Mundial, Saki se encuentra agazapado en una trinchera en tierra francesa. “Apaguen ese maldito cigarrillo”, se le escucha decir en un momento dado, y al siguiente, la bala del francotirador le agujerea la cabeza. El destino le ha reservado un final digno de sus cuentos. Tenía 46 años y era un escritor de fama.
El primero de los Cuentos crueles me lleva directamente a una experiencia personal. Subo al auto y saludo a los cuatro hijos de mi amiga. En el asiento de atrás del auto están las tres nenas de seis, cinco y cuatro años, y el bebé de diez meses en su sillita. En el auto hay cuentos, caramelos de cumpleaños, carteras de peluche, bebotes de goma, lápices, figuritas y muchas cosas más desparramadas. El bebé me mira y se ríe. Le doy la mano. Una de las nenas (mi ahijada) se quiere pasar adelante. Le digo que no, que recuerde la vez que el policía frenó con la moto junto al auto y le dijo que no tenía que estar a upa mío. Se acuerda de eso y no le gusta. Empiezo a hablar con mi amiga, nos olvidamos de las nenas. Escucharnos se complica. Las nenas cantan y gritan. El bebé mira a sus hermanas, se ríe de verlas y se concentra después en la ventana. Pasan unos minutos y no entendemos bien por qué, pero las tres hermanas se pelean por el lugar, por el cuento, por los caramelos, porque sí. Desde el asiento de adelante me es difícil calmar la situación. No sé qué decirles.
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El reloj del comedor dio las once con la respetuosa prudencia de alguien cuya misión en la vida es ser ignorado. Cuando el paso del tiempo hiciera imperativas la abstinencia y la migración, las luces darían la señal en la forma acostumbrada.